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08
ABR
2015

En el laberinto de la diplomacia y la guerra

El acuerdo-marco de Lausana reactiva las posibilidades de un rediseño estratégico del medio oriente y, por extensión, de las relaciones globales.

La actualidad internacional aparece dominada, en estos días, por el acuerdo firmado en Lausana entre el grupo 5 + 1, compuesto por los miembros permanentes del Consejo de Seguridad (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Rusia y China), más Alemania, y el gobierno de Irán, en torno al controvertido tema de la capacidad nuclear iraní. Las negociaciones en torno a este asunto se han prolongado durante años y llegaron varias veces a un punto muerto. Tales impasses dieron lugar a no pocas versiones sobre alguna intervención militar inminente de parte de la OTAN o más probablemente de Israel, para golpear las instalaciones nucleares persas. La acción del Mossad, por otra parte, se cobró la vida de varios importantes científicos iraníes, víctimas designadas para los “asesinatos selectivos” con los que se intentó ralentizar las investigaciones iraníes para elaborar el uranio enriquecido que podría, eventualmente, haber colocado a Teherán en condiciones de librar una guerra nuclear. Aunque el gobierno persa negó enfáticamente la existencia de ese propósito y a pesar de que la comunidad de inteligencia norteamericana reveló hace poco  que no era ese el objetivo iraní prácticamente desde la época en que el ayatolah Ruhollah Khomeini publicó una fatwa condenando a las armas de destrucción masiva, los grupos de presión de la derecha radical en el Congreso y la frenética insistencia de Israel en apelar a todos los recursos para recortar la capacidad militar de Irán mantuvieron a la situación en un andarivel peligroso.

Aunque no se trate de pacto propiamente dicho, sino de un acuerdo-marco para seguir negociando, hasta cierto punto el trato firmado en Lausana ha abierto el paisaje. Si bien Irán aparece como la parte perdidosa del convenio, si su propósito no era fabricar la bomba, como ha venido insistiendo durante años, las condiciones del mismo le abren una buena perspectiva. El acta firmada en Suiza estipula que Teherán realizará recortes severos en su infraestructura nuclear, incluida la reducción de sus actuales 19.000 centrifugadoras para enriquecer uranio, a poco más de 6.000. También accedió a reconstruir su reactor de agua pesada en Arak para que no tenga capacidad de reelaboración y por lo tanto no pueda producir plutonio. Su combustible se exportará y la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), dependiente de la ONU, tendrá permiso para realizar inspecciones no anunciadas, con lo que la capacidad iraní de proseguir con un desarrollo clandestino de sus capacidades se verá prácticamente nulificada.

A cambio de esto Irán sería beneficiado por una resolución de la ONU que sustituya a las actuales sanciones económicas por una nueva disposición que levante esas sanciones, dejando en pie algunas restricciones. Por otra parte, Estados Unidos y sus socios en el G 5+ 1 reconocerán el programa nuclear pacífico de Irán y no cuestionarán un mesurado incremento de su capacidad enriquecimiento del uranio con esos fines. Estas disposiciones, sin embargo, sólo entrarán en vigor una vez que la AIEA haya verificado que Irán ha aplicado todas sus obligaciones. A partir de allí Irán podría emerger como la gran potencia regional que es -85 millones de habitantes, enormes riquezas energéticas y un gran poderío militar convencional- surgiendo como un factor capaz de convertirse en un actor decisivo de una reorganización del medio oriente acorde a pautas más virtuosas que la que están en práctica en la actualidad. Y que algunos expertos sostienen que pasaría por un reacomodo de la estrategia norteamericana, que dejaría que Irán recuperase protagonismo regional a cambio de no expandir su revolución, para desplazar el eje de la atención militar estadounidense al Pacífico y al Extremo Oriente, que Obama ya definió como el área estratégica vital para su país.

Esto implicaría que en el Levante bajara la intensidad del propósito hegemónico llevado adelante por Estados Unidos e Israel. Se haría posible un arreglo en Siria y la liquidación del DAESH implantado en Irak, el estado islámico que escapó de la caja de Pandora abierta por la CIA desde los ya distantes tiempos de la guerra en Afganistán contra la URSS; cuando la agencia norteamericana dio el vía libre a Osama bin Laden y comenzó a potenciar al salafismo como caballo de Troya para deshacerse de los gobiernos que no la satisfacían en la región, manipulando –o creyendo manipular- con ese propósito el descontento o la ira de los sectores más pobres, retrasados y retrógrados de la población.

Pero hay muchos imponderables en este camino. Desde luego Israel, a través del recién reelecto primer ministro Binyamin Netanyahu, ha rechazado de plano de convenio      marco, y en el Congreso norteamericano la mayoría republicana se presenta intratable. Sea por acomodamiento al lobby pro israelí o al complejo militar-industrial o a ambos a la vez, el acuerdo propulsado por Obama va a encontrar muchas dificultades para ser ratificado tanto en la cámara de representantes como en la de senadores. Por otra parte, no sólo por razones de estrategia global la mayoría republicana se opone a la política del presidente, sino porque también es su propósito vedar a los demócratas el camino a la victoria en las elecciones presidenciales de 2016. Ambos elementos hacen pensar que el pacto tendrá un camino difícil.

En Irán, aunque la inmensa mayoría de la población se manifiesta aliviada ante esta salida, es de esperar una resistencia bastante enconada de parte de los sectores más intransigentes. Sin embargo, el hecho de que el ayatolá Ali Jamenei, la máxima autoridad religiosa del país, apoye el acuerdo, es un factor decisivo para volcar la balanza a favor de este en cualquier discusión que se origine a su propósito.

Rusia

Al mismo tiempo, el acuerdo de Lausana plantea una intrigante perspectiva en el campo de la dinámica de la política exterior rusa. Moscú ha tenido actitudes ambiguas respecto de su vecino iraní. Hasta no hace muchos años tendía a cooperar con Estados Unidos en el aislamiento de Irán, llegando incluso a reducir la ayuda que estaba suministrando a este país para la construcción de la gran planta nuclear de Bushehr. Más adelante congeló la venta de misiles S-300 tierra-aire a Teherán justo en el momento en que Estados Unidos estaba pronunciando su presión contra el gobierno de los ayatolas. Sin embargo, la hostilidad norteamericana hacia Rusia, que se profundizó en los últimos dos años a causa del golpe pro occidental en Ucrania y la aparición en los países bálticos de tropas de despliegue rápido de la OTAN, más el suministro de armas y asesores militares a Kiev para preparar al ejército ucraniano para desencadenar un asalto que acabe con los rebeldes del Donbass, pusieron las relaciones entre Moscú y occidente en su registro más bajo desde el fin de la guerra fría. Esto propulsó un acercamiento entre Rusia e Irán que podría verse desacelerado por el eventual éxito de una remodelación de la política en oriente medio en el sentido auspiciado por el pacto de Lausana.

Tempestad sobre Yemen

¿Es posible una reorganización positiva de las coordenadas que han definido hasta ahora la posición de Estados Unidos en la región? Pese a los signos alentadores que brinda el acuerdo de Lausana, uno tiende a ser un tanto escéptico al respecto. Toda la zona, al igual que África, hierve de conflictos determinados en casi todos los casos por las diversas fases y modalidades de la injerencia de Estados Unidos y sus socios en el espacio que ocupaban las viejas configuraciones coloniales, cuyas fronteras fueron trazadas con tiralíneas de acuerdo a los intereses de los dominadores y de sus contrastes, y sin atender a las diferencias tribales y confesionales que existían dentro de ellas. Ello dejó un sinfín de focos explosivos sin desarmar en las naciones de nueva factura, que fueron utilizados una y otra vez por los viejos poderes coloniales para condicionar la evolución de esas colonias cuando estas devinieron en países independientes.

Arabia saudita, la más reaccionaria de las potencias árabes, propulsora del terrorismo salafista y al mismo tiempo estrecha aliada de Estados Unidos y tácitamente de Israel, ha desencadenado una ofensiva aérea contra Yemen, como preludio a una probable invasión terrestre. ¿Por qué pasa esto? Porque ese país árabe, balcón que se asoma al estrecho de Bab el Mandeb, está recorrido por una guerra civil en la que se enfrentan shiítas con sunnitas. El presidente Hadi, sunnita, desalojado de la capital Sanaa por una rebelión chiíta, se replegó primero sobre Adén, puerto que mira hacia el golfo del mismo nombre, y luego huyó a Arabia Saudita para escapar de los rebeldes hutíes, chiítas provenientes del norte del país. En Ryad encontró un respaldo que se daba por descontado. Ahora, mientras atacan desde el aire a los rebeldes hutíes, los saudíes solicitan el apoyo de otros países árabes y de Pakistán para profundizar la tarea. Cuentan con la anuencia de Estados Unidos, que lo último que desearía ver es el asentamiento en Yemen de un gobierno henchido de simpatías hacia Irán, el más populoso hogar de los chiítas y su principal valedor en la zona. Si el acuerdo de Lausana marcha, es posible que estas tensiones se aminoren; de no ser así, la situación no podría sino degenerar en otro de esos conflictos inacabables que son la marca de fábrica del medio oriente. En efecto, hay un componente geoestratégico de mucha cuantía en cualquier disputa que se produzca en ese lugar. Yemen ocupa una posición privilegiada para controlar el tráfico del comercio que circula desde el oriente hacia el medio oriente y Europa y, consecuentemente, para permitir la corriente del petróleo o para cerrar la espita a través del cual este fluye si desde allí se decide cortar el estrecho de Bab el Mandeb, donde se enlazan las rutas marítimas que unen a oriente con occidente a través del Mar Rojo, el canal de Suez y el Mediterráneo.

La compleja entidad que revisten las relaciones globales configura un laberinto de contradicciones que encierra una bomba en su seno. Lo de Lausana parecería ser un intento para desarmar algo de ese mecanismo explosivo, pero no se puede estar seguro de nada. Por ejemplo, ¿se resignará el estado judío a perder su condición de aliado primordial de Estados Unidos en medio oriente y a ver disminuido drásticamente su papel, con las consecuencias que esto tendría para la ultraderecha que hoy lo gobierna y que no ha renunciado un ápice a la aspiración de un Gran Israel que vaya desde el Nilo hasta el Éufrates?

Hay muchas preguntas que sólo irán encontrando respuesta en el curso de los acontecimientos.

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Fuentes: Global Research, Asia Times, Rebelión, Red Voltaire.

                           

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