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15
FEB
2017
Dimitente general Flynn.
Dimitente general Flynn.
El gobierno de Donald Trump parece terminado antes de empezar. Sobre el presidente empieza a sobrevolar el fantasma del “impeachment”.

La frase del cartel que cerraba los dibujos animados del Conejo Loco, “Esto es todo, gente” (“That’s all, folks”), bien puede aplicarse a la breve trayectoria de Donald Trump al frente del gobierno norteamericano. Breve al menos en lo referido a su calidad de personaje capaz de suscitar una expectativa de cambio en relación al “Deep state”, o Estado Profundo, que ha venido manejando la administración de Estados Unidos desde mediados del siglo XX. La remoción del general Michael T. Flynn de su cargo de Asesor de Seguridad Nacional apenas 24 días después de su designación, sumada a la paralización judicial de la medida que prohibía la entrada a Estados Unidos de los ciudadanos de ocho países de mayoría musulmana, ha infligido al recién asumido presidente dos reveses de esos de los que no se vuelve. No sólo por la humillación que significan por sí mismos, sino porque lo han hecho aparecer como inseguro, inflado y fanfarrón. El primero de esos hechos, la expulsión de Flynn, es decisivo, pues toca el fondo de la cuestión en la política exterior USA y porque socava la confianza que los eventuales colaboradores del mandatario pueden tener respecto a la capacidad de este para mostrar lealtad a sus amigos. ¿Qué pueden esperar los eventuales colaboradores de Trump después de la expulsión del general Flynn, su más próximo asesor en torno a temas tan capitales como la política exterior, la inteligencia y la defensa?

Flynn era el principal consejero de Trump en materia de política exterior y el pivote sobre el que podría haber girado una aproximación a Rusia. Tenía posiciones que iban desde lo sensato -como era el deseo de buscar un arreglo con Moscú que permitiera salirse del curso envenenado por la gestión Obama-Hillary en torno a la cuestión de Ucrania y las sanciones económicas que se generaron en su estela-, a lo desaforado, como era el odio manifiesto que manifestaba a Irán, pasando por posiciones en última instancia correctas a propósito de terminar con el terrorismo salafista que inunda el Medio Oriente. El cual es también, en buena medida, parte de la “pesada herencia” de la administración Obama.

El motivo invocado por los demócratas y el establishment para embestir contra Flynn es irrelevante, como suelen serlo todos los puntos de partida que sirven para una puesta en escena impregnada de una retórica monumental y jugada sobre los tecnicismos judiciales que tanto complacen al público estadounidense. Se acusa al general de haber conversado con el embajador ruso en Washington sobre temas de alta confidencialidad antes del acceso de Trump a la presidencia y no haber informado debidamente y con antelación al vicepresidente Mike Pence, quien salió a respaldarlo cuando los medios, validos de las filtraciones de la CIA, dieron comienzo al alboroto. Aproximaciones personales como las de Flynn y el embajador Sergei Kysliak, sin embargo, suelen ser corrientes en un período transicional; sólo cuando se les quiere sacar jugo político son tomadas en cuenta con malevolencia.

Ahora bien, detrás de esta movida puede intuirse la espada de Damocles del “impeachment”: la unanimidad mediática suele soplar sobre los pequeños detalles o las transgresiones éticas de importancia secundaria hasta convertirlos en una tormenta perfecta. ¿Qué diablos fue Watergate, después de todo? A un presidente culpable de atrocidades de lesa humanidad se lo atrapa no por esa ejecutoria criminal (que es más bien representada como loable) sino por un delito menor de espionaje político. Y no hablemos del sexo oral entre Bill Clinton y Mónica Lewinsky, pretexto para un juego de masacre que manchó a todos los involucrados, no por esa práctica privada, sino por los trapicheos, el sensacionalismo, las degradantes mentiras del presidente, los chismes y las hipocresías que rodearon a todo el asunto.

Rápidamente, antes incluso de que asumiera, a Donald Trump le han hecho la cama. Toda la parafernalia de acusaciones en torno al presunto “hackeo” de las comunicaciones del partido demócrata por el espionaje ruso, la embestida contra Flynn y la súbita conciencia humanista que sobrecoge al sistema a propósito de la paridad y dignidad étnicas, usadas para dejar mal parado a un nuevo presidente, son humo. Lo que cuenta es la preparación del terreno para sacarse de encima o volver a la obediencia a un personaje que no parece caer en la cuenta de que no dispone de las agallas de las que presume. Trump, por otra parte, por un lado está mostrando un temor cerval a su presunta “conexión rusa” y asimismo demuestra una increíble torpeza política buscándose enemigos donde no los tiene, con el tema del Muro en la frontera con México. No comprende que esa escaramuza, con la que cree quedar bien con la opinión híper-conservadora que lo votó, ha sido convertida por sus enemigos en el prolegómeno de una batalla que quizá ni siquiera llegue a librarse: la pelea por el poder en la cúspide de la primera potencia mundial entre los “neocons” y otro segmento del establishment que tiene miras menos ambiciosas que la hegemonía global, aunque entiende igualmente seguir siendo el primer protagonista de la política mundial.

 Se tiene la sensación de que la gestión Trump, en lo que podía tener de renovador, ha terminado antes de empezar. Su promesa de sanear el pantano político de Washington y de reformar los servicios de inteligencia (para lo cual la colaboración de Flynn era esencial, pues el general había sido director de la Agencia de Inteligencia para la Defensa[i]) no parece que vaya a poder o a querer resistir a la presión del estado profundo compuesto por demócratas, republicanos, el Pentágono, los servicios de inteligencia, la finanza transnacional, el lobby sionista y el complejo militar-industrial.

Hay muchos lugares en los que en estos días la orientación de la política exterior de Trump podrá definirse. La visita que realiza hoy el premier israelí Benjamín Netanyahu al presidente, con la cuestión de darle el visto bueno o no a los nuevos asentamientos judíos en Cisjordania, el reconocimiento o no de Jerusalén como capital de Israel, el recrudecimiento de las hostilidades de los ucranianos contra los rebeldes rusófonos del Donetsk y la amenaza de nuevas sanciones contra Irán van a servir de termómetro para saber hacia dónde se inclinará el péndulo de la política exterior USA. Los síntomas no son para nada alentadores.

Pero por supuesto que esto no cierra toda la historia. No creemos habernos equivocado cuando definimos la victoria de Trump como una brecha en el sistema. Pues el rechazo del aparato político-jurídico instaurado por el establishment proviene de las profundidades de la sociedad norteamericana. Se expresa de manera confusa, desde luego, pero existe. En esta ocasión se ha manifestado a través del voto de sectores de la mayoría blanca de clase media que se han visto desposeídos de las gratificaciones –que presumían inalienables- del confort y la seguridad laboral. Pero en el otro extremo del espectro político, el hartazgo respecto al sistema también se expresó en la rebelión de los sectores juveniles, dentro o fuera del partido demócrata, que respaldaron al senador Bernie Sanders; aunque por fin este, cuando se vio derrotado por la maquinaria del partido, que prefería a Hillary Clinton, haya defeccionado y apoyado la candidatura de la ex-primera dama.

Aunque algunos puedan suponer, por la tónica general de esta columna, que quien la escribe siente animosidad hacia los norteamericanos, ello no es así. Detesto la hipocresía y el carácter criminoso de su clase dirigente, pero no dejo de apreciar las cualidades de individualismo, energía, espíritu independiente, ética del trabajo y portentosa capacidad constructora de ese pueblo. Estas virtudes han sido subsumidas por la maquinaria de la comunicación en un océano de mentiras, necedades y lavado de cerebro. Se dirá que la ingenuidad, cuando traspasa cierto límite y prefiere cegarse respecto a lo evidente, es culpable. Es muy cierto, pero, ¿quién está en condiciones de tirar la primera piedra? No nosotros, precisamente, que estamos viviendo uno de los períodos más deplorables de nuestra historia a manos de una administración irreprochablemente elegida por la voluntad popular.

El pueblo estadounidense tiene un gran repositorio de energía en su seno. Es de esperar que, puesto a la prueba, sepa encontrar su camino. De lo contrario, tiempos aciagos le aguardan al mundo, pues el turbocapitalismo desencadenado no va a cesar en su carrera hasta generar un estallido de alcances imposibles de prever. 

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[i] Flynn hubo de renunciar también a ese cargo a consecuencia de sus choques con el personal de esa y otras agencias de la comunidad de inteligencia en torno a su propósito de reformarlas de arriba abajo.

 

 

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