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02
MAY
2009

El 1ro. de Mayo en el cuadro de la crisis global

La “fiesta de los trabajadores” se está desprendiendo de su ropaje de celebración y volviendo obligadamente al tono polémico que la distinguía hace un siglo.

Este 1ro. de Mayo de 2009, Día del Trabajador, se ha dado en un momento paradojal de la historia contemporánea. Una crisis económica de dimensiones aun difíciles de pronosticar, pero que en cualquier caso está representando ya el momento más grave que viven las economías capitalistas desarrolladas desde el crac de 1929, no encuentra, ni de parte de los pueblos ni del lado de los gobiernos, respuestas adecuadas a su magnitud. El primero de esos fracasos puede explicarse, tentativa y muy provisionalmente, por el hecho de que la derrota de los proyectos socialistas revolucionarios ha dejado a grandes cantidades de gente sin una representación o mejor dicho sin una esperanza política válida, en la cual pueda reconocerse. La brutal ofensiva del neoliberalismo llevada adelante sin pausa durante las décadas finales del siglo pasado disgregó mucho de la capacidad de resistencia de la clase obrera, y el impacto de la revolución tecnológica, que fue atado a esa embestida, sirvió para deshacer la compacidad, la consistencia que hasta ahí había tenido el proletariado organizado. Los viejos sindicatos de masa han visto mermado parte de su poder, el Estado ha perdido mucho de su capacidad como factor mediador entre las clases y el rechazo hacia la periferia urbana y el empobrecimiento económico, cultural y sanitario de los desplazados por el sistema, han trabado la capacidad de las masas para reaccionar de una manera coherente contra el modelo económico del neocapitalismo. La multiplicación de los paraísos fiscales y la fuga del dinero volcado a la timba especulativa han hecho proliferar el poder de las mafias ligadas a una economía en negro, donde circula el tráfico de las armas y de la droga; y los gobiernos investidos de una autoridad formalmente legítima son incapaces de reaccionar frente a él, como no sea de boca. Esta situación es expresiva de la dependencia en que el poder político ha caído frente a las grandes concentraciones del capital anónimo, inasible detrás de lobbies o de las burocracias cooptadas del Banco Mundial y el FMI.

Incluso en este momento, en el cual el núcleo duro del sistema -el tramado financiero que tiene su centro en las Bolsas de Nueva York y Londres, y su sustento teórico en los profetas de la Escuela de Chicago-, ha promovido con su práctica de la libre empresa irrestricta una catástrofe de la magnitud como la que estamos viviendo; incluso en este momento, decimos, los gobiernos de las potencias y los grandes organismos a través de los cuales se orientan las coordenadas de la economía global no encuentran otra manera de combatir la crisis que inyectar cantidades ingentes de dinero público en los bancos más importantes mientras algunos empresarios reclaman nuevas medidas de ajuste que precaricen aun más el empleo. Pretenden así, se dice, sanear el mercado e inducir a los organismos financieros a restablecer el crédito. Pero esto, como hemos dicho en otra ocasión, es como regalar dinero a los ladrones para que no sigan robando. La concentración monopólica del dinero seguirá creciendo. No hay ningún signo creíble en el sentido de que las grandes potencias se apresten a enmendar el rumbo que asumieran en los años ’70, cuando comenzaron a enterrar las nociones del Estado Benefactor.

En América latina y en especial en nuestro país, el tsunami neoliberal barrió con todo entre 1976 y 2001. Las redes de asistencia y seguridad social fueron rotas de forma implacable durante ese período negro. Hacia el momento en que giraba el gozne del siglo, sin embargo, se hizo evidente la inviabilidad del estado de cosas que se había creado. Una serie de de explosiones populares frenaron al experimento y dieron lugar a una etapa que dura hasta hoy, en la cual gobiernos de izquierda o de contenido popular comenzaron a revertir esa tendencia, sin dar lugar, sin embargo, a una formulación de neto corte progresivo, provista de un programa coherente de desarrollo y que esté articulado en naciones que, como Brasil, están en condiciones objetivas para asumirlo.

A tropezones, con errores garrafales en materia política, con una errática conducta mediática (el canal oficial por ejemplo no transmitió el multitudinario acto de la CGT del jueves) e inhibido de asumir un compromiso pleno con la reforma, el actual gobierno representa, sin embargo, un salto cualitativo considerable en relación a las gestiones que lo habían precedido y a las fuerzas que lo hostigan. Defenderlo de la conspiración mediático-corporativa es una actitud de racionalidad política, pues, ¿qué nos ofrecen sus enemigos?

Es importante destacar el componente racista que está expresado de forma explícita o implícita en la descripción que los medios del sistema dan de manifestaciones como la del acto que la CGT en ocasión del Día del Trabajo. “Masas transportadas en ómnibus”, “atraídas por el choripán”, “clientes del sistema de subsidios”, son frases que reiteran, en tono menor, como insinuaciones más que afirmaciones, las canallescas diatribas que el arco de fuerzas políticas que luego conformarían la Unión Democrática dio a la jornada del 17 de Octubre de 1945 en la Plaza de Mayo. Izquierdas y derechas se ocupaban de denigrar al peronismo por entonces naciente. Es de señalar que, a pesar del tiempo transcurrido, una conjunción semejante sigue verificándose hoy.

Como suele suceder en las segundas oportunidades, sin embargo, en un registro cómico más que dramático. El oportunismo más desfachatado toma las veces de la convicción errada, pero convicción al fin. Como sucede con Elisa Carrió, por ejemplo. Antenoche hubo ocasión también de contemplar a Luis Zamora en un programa de televisión en el cual se ocupaba de atacar al gobierno de los Kirchner. Decía que no se quería detener en las cosas buenas que había hecho este gobierno sino evaluarlo en su conjunto. Sus argumentos en contra de este eran de peso, claro. Haber desaprovechado cinco años de crecimiento a “tasas chinas” sin haber acometido un cambio a fondo es un pecado imperdonable, decía. Y bien, hay mucho de cierto en esto. Pero a la realidad se la juzga desde la perspectiva no sólo de lo que pudo haber sido, sino de lo que es y sobre todo de lo que puede llegar a ser. Y si uno no nutre excesivas esperanzas respecto de la voluntad del actual gobierno en el sentido de realizar en el marco de la crisis mundial lo que no hizo en un momento de plenitud, por otro lado no puede olvidar que las crisis alimentan el instinto de supervivencia, empujando a avanzar con iniciativas que hasta el momento no se habían adoptado. Asimismo no puede dejar de considerar que si se lo neutraliza en su capacidad de maniobra, el poder ejecutivo no va a negociar con la izquierda para recabar su apoyo, sino obligadamente con la derecha, pues las formaciones “progresistas” ni arrastran a nadie ni tienen un programa articulado respecto de lo que corresponde hacer, no sólo en el plano nacional sino en el estratégico terreno de las relaciones exteriores, en particular con Brasil. Brasil, el hermano grande que vive también en un precario equilibrio entre su misión potencial en América latina y los intereses de su gran burguesía, tan ávida y corta de miras como la nuestra. Con la diferencia de que la brasileña es industrialista a rajatabla, capaz de encarnarse como un subimperialismo continental, y la nuestra no termina de desprenderse de la ilusión de retornar a la condición de semicolonia privilegiada.

La celebración del Día del Trabajador, pues, no puede limitarse a un recuerdo conmovido de los mártires de Chicago ni regresar al carácter festivo que había llegado a revestir en los tiempos del Estado Benefactor, sino impregnarse de los contenidos críticos de esta hora. Entre nosotros esto pasa por empujar al gobierno para que asuma una reforma a fondo de las coordenadas sociales, apoyándose en los sectores organizados de lo que resta de la masa obrera y de los sectores más nacionalizados de la clase media; o servir, directa o indirectamente, a quienes quieren volver a los ’90.

Nos guste o no, esto es lo que hay.

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