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13
MAY
2011

Conspiraciones y conspiradores

El papel de los servicios secretos es muy deletéreo en tiempos como los nuestros, cuando fallan los controles que deben mantener esa actividad subordinada a un poder responsable ante el pueblo.

La política global sigue moviéndose al compás de las directrices que le marca el sistema de poder asentado en Occidente y controlado desde Washington. Es allí donde se asientan las terminales ejecutivas del “capitalismo realmente existente”. A su orden se mueven los medios periodísticos, los cuadros políticos y las fuerzas militares que operan en todo el mundo. De allí surgen las consignas que se venden al público: guerra contra el terror y el narcotráfico, guerra humanitaria contra los tiranos que oprimen a sus pueblos, ingerencia directa en los asuntos de terceros países –siempre para preservar los derechos humanos- y relatos de la historia que limitan esta a una maniquea y simplista oposición entre “buenos” y “malos”. Estas adjetivaciones son perentorias y valen por sí mismas, sin que vayan acompañadas de prueba alguna que demuestre su presunta bondad de los primeros ni por cualquiera otra que atestigüe la paralela perversidad del enemigo. La sentencia es pronunciada desde arriba y se la multiplica de manera abrumadora, hasta hacerla valer por su peso como presencia. Cualquier objeción es condenada como una perversidad irreductible. O, como suele suceder, como una comprensión alucinada e incompetente de la realidad, empeñada en ver conspiraciones por todas partes.

Las teorías conspirativas de la historia, en efecto, han sabido ser buenos vehículos para los charlatanes o los demagogos dedicados a convencer a un público semiilustrado. Pero esto no obsta para que las conspiraciones existan y que, en ciertos momentos (como el actual, por ejemplo) donde no hay grandes movimientos de masa en condiciones de irrumpir en el tablero político para discutir el ordenamiento social, cobren una gran intensidad y se desplieguen con el poder que otorgan los modernos medios de espionaje y de saturación de la opinión, inmensamente potenciados con el aporte de la informática y por el crecimiento de la burocracia vinculada a las redes de inteligencia.

No hay más que mirar en retrospectiva a las últimas dos décadas para comprobar hasta qué punto ha aumentado, en las metrópolis del sistema, la capacidad de manipulación y aturdimiento del público. Y cuando algunos observadores reaccionan contra los lugares comunes del discurso “políticamente correcto” tratando de leer entre líneas una explicación verosímil de lo que está sucediendo, suelen ser descalificados como “adherentes a la teoría conspirativa de la historia”. Si no a todos ellos en persona –es difícil calificar de charlatán a Noam Chomsky, por ejemplo- sí a las corrientes de pensamiento que intentan explicar los acontecimientos fuera de los cánones establecidos por la propaganda oficial. Esta se funda en la descalificación de todo movimiento de ideas que ponga en tela de juicio el carácter avanzado y civilizador de las prácticas políticas de Occidente. Un Occidente muy peculiar, pues hace referencia a las potencias blancas, de preferencia anglosajonas, como fuentes de toda verdad y de toda justicia. Y a unas prácticas que no se sabe porqué se las estima como progresivas o meramente humanistas, toda vez que llevan a la concentración del beneficio en pocas manos y relegan a porciones cada vez más importantes de la población mundial al atraso o la miseria, llegando incluso a programar su exterminio. Un exterminio silente, hecho del fomento de las guerras de clanes, de embargos, de hambrunas sucesivas a la desarticulación de las estructuras productivas por obra de políticas de mercado y de operaciones de castigo que producen víctimas innumerables, cuya cifra no pesa de la misma manera en que lo hacen las bajas que pueden experimentar las fuerzas agresoras del Occidente, tutor y mentor de las bondades de la democracia representativa.

Con frecuencia se habla en forma condenatoria del “negacionismo”, en referencia a quienes pretenden negar el horror de Auschwitz y la “solución final” que el hitlerismo pretendió dar a lo que los nazis denominaban el “problema judío”: el exterminio sistemático de un pueblo entero, sin atender a sexo ni edades. No se observa, sin embargo, una condena similar en referido a las atrocidades del imperialismo occidental en este tiempo, y en especial a los procedimientos a través de los cuales se induce a error a la opinión pública en todo a lo referido a los mecanismos por los que ese horror se verifica. Aducir, como aduce la prensa hegemónica, que episodios como los magnicidios y las actividades del terrorismo son “accidentes” debidos a iniciativas individuales o de grupúsculos de inadaptados o de fanáticos, supone también un “negacionismo” que apunta a disimular las responsabilidades sistémicas. Frente a las preguntas que se formulan en torno de este punto surge de inmediato la acusación de “estar elaborando una teoría conspirativa de la historia”.

Y bien, los que dan pábulo a la floración de las teorías de este tipo son los que escamotean la información y pretenden que esta se atenga a lugares comunes insuficientes para explicar lo que sucede. Que a John F. Kennedy lo mató un tirador solitario de prodigiosa puntería, que a su hermano Bob lo eliminó un palestino loco sin otro móvil que su misma ira y sin que nadie haya soplado sobre su locura y le haya facilitado el acceso a su objetivo; que a Martin Luther King lo haya abatido otro marksman de notable precisión que actuaba solo, que la célula terrorista que llevó adelante el ataque contra las Torres Gemelas se haya desenvuelto con la facilidad con que lo hizo y que su acto vesánico se haya convertido en el pretexto y el acicate psicológico justo para desencadenar las operaciones que deberían llevar al posicionamiento de Estados Unidos como poder dominante global…, todo esto es visto como normal y lógico por el pensamiento político formal. Como le pareció lógico el general Colin Powell cuando manipulaba un chisme metálico (un “pituto”, como diría el hermano de María Marta García Belsunce) frente al Consejo de Seguridad de la ONU, para persuadir a este de que Saddam Hussein disponía de un arsenal atómico…

El historial de provocaciones de las potencias de Occidente para promover la confrontación con adversarios más débiles o a los que creen más débiles es muy largo. Y no excluye a las propias confrontaciones. La accidental voladura del acorazado Maine en Santiago de Cuba, inflada a proporciones de atentado por la prensa norteamericana, sirvió de pretexto para la guerra hispano-norteamericana de 1898 que fue el primer paso del imperialismo estadounidense hacia la conquista de posesiones exteriores al hemisferio. El bombardeo japonés a Pearl Harbor puede no haber sido facilitado –como muchos suponen- por la Casa Blanca, pero no hay duda de que Estados Unidos estaba consciente del peligro y había buscado con pertinacia provocar un ataque nipón contra sus bases. Ello se sustanció en largos meses de embargo de materias primas estratégicas que Japón necesitaba y que inexorablemente llevaban a una humillante retirada japonesa de China (cosa inconcebible en ese momento) o a una apertura de hostilidades a cortísimo plazo de parte del Imperio del Sol Naciente contra Estados Unidos. En cuanto los atentados del 11/S cayeron en el momento justo para desencadenar una política de represalias que llevaba al control de las reservas energéticas del Medio Oriente y a la obtención de bases estratégicas en el techo del mundo (Afganistán, etc.). ¿No son demasiadas casualidades?

El tema del papel de la conspiración en la historia se parece un poco al tema del papel del individuo en ella. Desde luego que hay corrientes de fondo que todo lo arrastran y que al cabo de cierto tiempo imponen cambios cuantitativos en el mundo que nos rodea, cualquiera sea el rol de los individuos a quienes les toca orientar la nave del Estado en la tormenta. Esas modificaciones se producirán tarde o temprano, pero la calidad de estas, su costo, lo largo y difícil que resulten y, en última instancia, incluso la eventualidad de que esas posibilidades se arruinen, postergando en forma indefinida un cambio necesario y condenando a generaciones enteras a seguir padeciendo los mismos problemas, dependen de los movimientos políticos y de las personalidades en mayor o menor medida excepcionales que se ponen en la tarea de resolver los nudos problemáticos que se les ponen por delante. ¿Se hubiera producido la segunda guerra mundial sin la presencia de Adolfo Hitler? ¿Habría tenido el carácter que tuvo? Y asimismo, la presencia en el mundo actual de corporaciones de inteligencia que actúan en forma clandestina y casi autónoma, sin asumir responsabilidad ética alguna, ¿no puede resultar infinitamente más peligrosa en razón de la potencialidad de aniquilación que tienen los armamentos modernos y de la inexistencia de contrapesos democráticos que sean capaces de poner un límite a su actividad?

Por desgracia, esta es una época en la cual este género maquinaciones se encuentra a la orden del día y que otorga a nuestro tiempo una tonalidad particularmente sórdida. Hace falta una brisa –o un huracán- para disolver esta bruma.

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