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02
JUN
2021

Consideraciones en torno a “Overlord”, el desembarco en Normandía

Tropas norteamericanas se aprestan a desembarcar en el Día D.
Tropas norteamericanas se aprestan a desembarcar en el Día D.
El contexto de los grandes hechos de armas suele proporcionar visiones de conjunto que pintan en toda su crudeza los conflictos geopolíticos e ideológicos que los cruzan.

Se avecina el septuagésimo séptimo aniversario del desembarco en Normandía. Como es normal en occidente y en todo el mundo sometido al enfoque histórico que proviene del bloque anglosajón, de una manera tácita la fecha es celebrada como la batalla decisiva de la segunda guerra mundial. Si no se lo dice abiertamente, se deja flotar esa imagen, que tiene por supuesto mucha aceptación en los países europeos que fueron liberados por esa operación que, además, preludió el definitivo hundimiento del Tercer Reich, que se produciría apenas 11 meses más tarde. Todos saben, sin embargo, que si hubo alguna batalla a la que se pueda denominar como decisiva en ese conflicto fue la victoria soviética de Stalingrado, así como resulta innegable que fue el sacrificio de los pueblos de la URSS, su portentosa capacidad de sufrimiento y el enorme volumen de su producción industrial y de su peso militar lo que en definitiva desangró a Alemania y quebró su capacidad de resistencia. La participación aliada en esa victoria fue importantísima, pero lo fundamental pasó en el Este.

Sin embargo, hay en esta composición de lugar tan común en occidente un elemento de verdad  que no obedece solamente al efecto de la propaganda, sea esta subliminal o explícita. Resulta que la guerra global, desparramada sobre el espacio del mundo entero, con invenciones tecnológicas sensacionales –el radar, el sonar, la guerra submarina, las bombas volantes dirigidas por radio, el papel de la fuerza  aérea, los primeros misiles de larga distancia, los portaaviones, los aviones a reacción, los kamikazes y, por fin, el arma atómica-, sumado al hecho de que los escenarios requerían de múltiples y complejas soluciones logísticas, a que tocaban a pueblos de diversísimas culturas, a que exigían operaciones combinadas que involucraban a marinas, ejércitos y aviación, implicaba un conjunto de espectáculos de una envergadura sensacional. Esta espectacularidad era fascinante no sólo por sí misma sino porque ponía en movimiento a masas enormes de gente en Asia, África e incluso América latina, liberando  aspiraciones de independencia y justicia social en pueblos que hasta ahí habían estado sometidos a una sujeción colonial o semicolonial. Frente a este espectáculo empalidece la sombría tragedia del frente oriental, donde dos colosos se hacen pedazos a golpes de maza y donde se multiplican los campos de exterminio. No porque allí no hubiera habido inventiva táctica y decisiones estratégicas de decisiva importancia, sino porque frente al otro panorama esta brutalidad parecía monótona y decuplicaba el carácter repulsivo de la guerra en sí.                                                                      

La segunda guerra removió al mundo de arriba abajo y promovió cambios que se hacen sentir todavía, en una estructura cuya complejidad es enorme y donde gran parte de las ilusiones y esperanzas que habían alumbrado antes de 1917 y después de 1945 se han disipado, pero donde muchos de los protagonistas emergentes de ese drama y que en aquel entonces eran comparsas en él, se mueven hoy con el talante de potencias de primer o primerísimo orden. China, en primer lugar, pero también la India, mientras que los países europeos no terminan de encontrar un lugar equiparable a lo que representaban antes de la guerra. La Unión Europea, en efecto,  que debería haber replicado, en términos democráticos, lo que déspotas como Napoleón o Hitler aspiraron a instituir como fuerza prevaleciente en el ordenamiento global, desalojando el poderío marítimo de Gran Bretaña y Estados Unidos, no termina de verse a sí misma en su conexión con Rusia[i], que,  empujada por la hostilidad de una OTAN manipulada por Washington, se repliega a la asociación con China. Esta asociación es de mutua conveniencia, en este momento, debido a la desatinada pretensión del sistema norteamericano de persistir en su política de cerco a esos dos estados de manera simultánea. Pero tal alianza no necesariamente hace feliz a Rusia ni a China. A China,  porque no olvida que Rusia fue a fines del siglo XIX y principios del XX uno de los “demonios blancos” que la explotaron con los “tratados desiguales” y que, ya como Rusia soviética, tras apadrinar la revolución de Mao, intentó después estrangularla cuando los chinos exhibieron su pretensión de ser potencia por sí mismos. Y a Rusia no le gusta verse subordinada al papel de un socio menor en su relación con China; papel que sin embargo no puede evitar toda vez que su tamaño (el tamaño del Imperio Soviético, del cual Moscú era el emblema) se ha reducido dramáticamente con la pérdida de Ucrania, de Bielorrusia tal vez, de parte de los países del Cáucaso y de los países bálticos. Es difícil pretender la paridad con una potencia como China, cuyo producto económico multiplica cinco veces al propio y que cuenta diez veces tu población. Es verdad que Rusia posee un poderío militar y un know how tecnológico de gran envergadura, pero los chinos están dando pruebas de avanzar de forma muy rápida en ese mismo rubro, inquietando incluso a los Estados Unidos, hasta aquí el pionero indiscutido en los procesos de nanotecnología, digitalización y robotización. De todos modos la formación del bloque euroasiático es por ahora inevitable y supone un trastrocamiento de las relaciones globales: los rusos y los chinos están obligados a entenderse, así sea porque los vincula, como diría Borges, “no el amor sino el espanto”.

“El segundo frente”

Históricamente,  el tema de la batalla de Normandía da de lleno en el centro del debate sobre el balance de poderes, asunto en torno al cual hoy más que nunca se enhebra la política mundial. Tras el eclipse de las ideologías (me niego a definirlo como un ocaso) la política de poder campa por sus fueros. Y bien, a partir del ingreso de la URSS en la guerra como consecuencia de la agresión alemana, y sobre todo tras entrar Estados Unidos al conflicto después de Pearl Harbor, el reclamo de un “segundo frente” que aliviase la presión que sufría el Ejército Rojo, se convirtió en la primera exigencia del gobierno ruso a los aliados. No se trataba ya de buenas palabras, ni de una supuesta comunión ideológica bajo el neutro pasaporte de la palabra democracia, ni de la devolución al estado paria comunista de una entidad humana y reconocible[ii], ni de la importante ayuda material que llegaba a la URSS por el Mar del Norte o a través de Persia, sino de la ayuda concreta, computable en carne y sangre, que podía significar un desembarco angloamericano en las playas de Francia, lo suficientemente próximo a la frontera alemana como para obligar a Hitler a librar una guerra en dos frentes, tal como había sucedido entre 1914 y 1917.

Las razones por las cuales los aliados no sentían simpatía por ese requerimiento eran dos. Primero, no estaban preparados en 1942 para semejante empresa: no disponían de los buques y lanchas de desembarco que eran necesarios para depositar un ejército en playas bien defendidas, no querían exponerse a masacres como las de Ypres y el Somme, temían una derrota abrumadora y, por último, no les disgustaba la idea de que la URSS solventase a sus expensas el costo mayor de la guerra, mientras que los occidentales se entretenían en operaciones diversivas en el Mediterráneo y pagaban el precio bombardeando a Alemania a una escala nunca vista hasta entonces. Este era sobre todo el punto de vista británico, que ha tenido siempre como clave de bóveda de su concepción de la guerra el principio de la “aproximación indirecta”. Conceptualizado y adecuado a los tiempos modernos por el coronel Sir Basil Liddell Hart, este esquema de acción siempre estuvo presente en la política militar de Inglaterra por la sencilla razón de su situación insular y su poderío marítimo, que aconsejaban dejar la guerra continental por cuenta de terceros, a los que abastecía pecuniariamente desde la City, mientras Londres se apropiaba de las posesiones extramuros de sus enemigos y sólo intervenía en el conflicto principal para dar la puntilla al rival más importante o para sacar, in extremis, a un socio de apuros.[iii]

Los norteamericanos tenían una posición algo distinta. Aunque también ellos entendían que cuánto más se desgastase Alemania en el frente ruso menores sacrificios habría que hacer en el segundo frente, su creencia en “el destino manifiesto” y la misión hegemónica a la que se creían –y se creen- llamados, requerían de un acto de efectiva presencia en el viejo continente. Su reticencia a cumplir con su deber de aliado de Rusia era mucho menor que la de los británicos, pero de cualquier modo se dejaron persuadir, quizá con demasiada facilidad, de postergar el desembarco hasta 1944. En 1942 este era imposible, pero al año siguiente, si no se hubiera seguido con la estrategia mediterránea y se hubieran concentrado los esfuerzos en la operación “Round up” (luego denominada “Overlord”) se podría haber acudido en auxilio del aliado ruso, que se aprestaba a resistir el que sería el último intento de Hitler de mantener la iniciativa: la operación Ciudadela, contra el saliente de Kursk. Esa quizá prematura iniciativa aliada de invasión al continente hubiera tenido un alto costo en vidas humanas; pero eso es la guerra y los rusos lo estaban probando de una manera que excedía todos los parámetros conocidos de sacrificio.

Tres golpes de timbal

Es en ese momento que se producen los movimientos diplomáticos y militares que entre junio y noviembre de 1943 llevarían a definir para el bando aliado el camino hacia el final de la guerra. Todos ellos pusieron en evidencia que Washington y Londres no podían contemporizar más con la asunción de un compromiso terrestre a gran escala en Europa. En ese lapso se produjeron tres hechos fundamentales: uno, casi inadvertido, y otros dos de una evidencia apabullante. El primero fue una entrevista clandestina (tan secreta que casi ni figura en los libros de historia) entre los ministros de relaciones exteriores alemán y ruso detrás de las líneas germanas, en la por entonces Kírovgrado, en Ucrania. Los otros fueron el fracaso de la ofensiva alemana en Kursk, seguido de una serie de victoriosas ofensivas soviéticas en todo el frente (batallas de Smolensk, del Dniéper, de Oriol, de Bielgorod y de Karkov); y, mientras duraban todavía algunas de esas esas operaciones, la conferencia de los Tres Grandes en Teherán.

La reunión de Ribbentrop y Molotov en Kírovgrado tenía por presunto propósito llegar a un arreglo para detener las hostilidades. Las partes no se pusieron en absoluto de acuerdo –los alemanes querían fijar la frontera en el Dniéper y los rusos no aceptaban otra cosa que no fuera el retorno a las fronteras de junio de 1941-, pero es posible que se haya tratado, de parte soviética, de una forma indirecta de presionar a los aliados occidentales -que recibieron noticia de la reunión por vía de una fuente en Estocolmo- para obligarlos a comprometerse en serio en la lucha haciendo brillar ante sus ojos el fantasma de una paz por separado al estilo de la de Brest Litovsk en 1918, sin los componentes desastrosos que esta última tuvo, por un tiempo, para Rusia.[iv]

El segundo factor que marcó ese segundo semestre de 1943 fue el fracaso alemán en romper el frente en Kursk y, sobre todo, la avalancha de ofensivas soviéticas que lo siguió, que a alto precio consiguió todos sus objetivos e hizo evidente que, incluso en soledad, la URSS por una cuestión de peso específico podía terminar dando cuenta de su enemigo. El desembarco aliado en occidente se convirtió entonces no ya en una forma de acudir en auxilio de un aliado en apuros, sino en la manera de adelantársele antes de que este se llevase la parte del león y terminara gravitando fuera de toda proporción más allá de su frontera. En la conferencia de Teherán –tercer momento- estas consideraciones tomaron forma concreta con los acuerdos que establecían el desembarco aliado para mayo de 1944 (finalmente se postergó hasta el 6 de junio) y con la admisión a regañadientes de las pretensiones soviéticas respecto a las fronteras polacas, verdadero preludio de los pactos que, primero informalmente en Moscú en octubre del 44, y después oficialmente en Yalta en febrero del 45, definirían las zonas de influencia de que dispondrían los Tres Grandes en Europa. Más allá del desarrollo de los debates internos que ocurrían en las sociedades involucradas por los acuerdos, el destino de griegos, yugoslavos, búlgaros, húngaros, checos, rumanos, polacos, etc., quedaría  fijado a priori por el mercadeo efectuado en las alturas.[v]

El resto fue la aplicación de la abrumadora superioridad material de aliados, en especial de Estados Unidos, en el frente occidental. Y no sólo occidental. Volviendo a lo que decíamos al principio de este artículo, la espectacularidad del despliegue occidental devoraba la imagen de los sacrificios terribles consumados en el frente oriental. El caso norteamericano lo testifica y es asimismo la explicación de porqué y cómo la sensación de omnipotencia que irradia la superpotencia mantiene todavía hoy en una actitud de sumisa obediencia a muchos de sus socios, que tal vez aspirarían a un rol más autónomo de no estar aún hipnotizados por aquel sensacional despliegue de potencia. Porque Estados Unidos en 1944 no sólo desembarcaba en Normandía y pocos meses más tarde cruzaba el Rin, superando problemas logísticos de gran envergadura, sino que simultáneamente mantenía una enorme campaña de bombardeo contra Alemania y Japón, sostenía un frente en Italia, libraba dos campañas simultáneas en el Pacífico (o tres, si sumamos a Birmania) y terminaba la económicamente costosísima investigación para hacerse con la bomba atómica, que probaría trece meses después. Primero en el desierto de Nuevo México y luego sobre la desdichada humanidad de cientos de miles de japoneses que perecerían bajo la tempestad de fuego.

Quien quiera oír que oiga.

 

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[i] Rusia es el complemento natural del bloque atlántico. De Gaulle quería una “Europa del Atlántico a los Urales” y creo recordar que fue Gorbachov quien habló de una entidad que fuera de “Lisboa a Vladivostock”. La escasa envergadura política e intelectual de la mayor parte de los dirigentes políticos europeos actuales les impide imaginarse proyectos de semejante magnitud. Prefieren seguir atados al “realismo” de la colaboración con Estados Unidos y a los presupuestos del neoliberalismo en busca de la hegemonía que resultaría de una globalización asimétrica: una “aggiornada” emulación del imperialismo de vieja estampa.

 

[ii] Eliminando con complacencia cualquier recuerdo del exterminio estalinista de los sectores más puros del partido, y borrando con el codo lo que se había escrito con la mano sobre las hambrunas provocadas por la colectivización forzosa del campo.

 

[iii] Desde luego que aquí aludimos al tema de la “aproximación indirecta” en su perspectiva geopolítica más que en el ámbito más restringido de la maniobra militar en el campo. Pero ambos conceptos están estrechamente ligados. Es más, podría decirse que el uno se deduce naturalmente del otro.

 

[iv] Liddell Hart es una de las pocas fuentes que refieren este misterioso asunto en su libro “Historia de la Segunda Guerra Mundial”, ediciones Marabout, página 491, en su versión francesa. Es un episodio apasionante, que parece no haber sido desclasificado, ideal para una novela de suspenso.

 

[v] Churchill relató con cándido cinismo (si vale la paradoja) esta manera de negociar con Stalin en el último tomo de sus memorias guerra: “Triunfo y Tragedia”, págs. 208, 209, Ed. Peuser, Buenos Aires, 1955.

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