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28
JUL
2021
El cine y la televisión son reservorios de la memoria de nuestro tiempo. Incluso en sus ficciones más oportunistas.

Viendo “Narcos” y “Narcos México”, dos de las series de Netflix que abordan el tema del caos que cunde en dos sociedades donde la producción y el tráfico de estupefacientes es uno de los primeros recursos económicos, uno no puede dejar de admirar la habilidad con que los realizadores saben transmitir la locura que impregna ese mundo. Pero, ¿este no es acaso otra cosa que la expresión concentrada de una vesania que traspasa al entero sistema neocapitalista? Desde luego, tratándose de una producción estadounidense las referencias al papel que Estados Unidos o el imperialismo en general han tenido en la gestación de esas condiciones son mínimas; pero no se disimula la responsabilidad de los agentes de la DEA[i] y de los gobiernos en Washington como “deus ex machina” del proceso, cosa que si por un lado coincide con el papel de Superman que los norteamericanos se arrogan, también resulta revelador acerca de la identidad de quienes manejan realmente el juego.

Pues la cuestión no atañe solamente a la eficacia narrativa y al testimonio social que cabe rastrear en los recovecos de estos filmes. Lo que importa es deducir de ellos la clase de mundo en que vivimos. La sucesión de asesinatos, atentados, corruptela política, torturas y cinismo, mechados con la observación de personajes inmersos como si nada en ese torbellino, tiende a naturalizar esos hechos y a normalizarlos como parte de la vida cotidiana. La sensación que queda al público respecto al proceso que se le describe es de impotencia, sumada al temor y a esa voluptuosidad culpable que da ver a “los toros detrás de la barrera”. Ahora bien, esta sensibilización o más bien insensibilización que impregna al espectador frente a tantas atrocidades puede acabar en un clamor para que se proceda pronto a la liquidación de esa ignominia por la vía más expeditiva, como sería la invasión o la intervención directa de los Estados Unidos a los lugares donde prolifera el tráfico. Carta blanca para la intervención. Total, ya que estamos frente a un círculo vicioso que siempre se repite, una tutela directa de la Unión sobre la América morena podría terminar con él. Si no se la expresa directamente, esta idea queda flotando en el aire.

El problema consiste en que tal presunción es falsa de toda falsedad, ya que Estados Unidos es parte esencial del problema en la medida en que es el principal mercado de la droga que se cultiva en el Caribe y la zona andina de Sudamérica. Por otra parte semejante golpe no sería necesario si Washington desamparase a los gobiernos que transigen con el fenómeno narco. Pero es justamente la patente falta de voluntad de hacerlo debido a la reiterada alianza de los gobiernos de Estados Unidos con los responsables políticos locales que asumen el narcotráfico como una fuente de ingresos con la cual financian sus campañas o se llenan los bolsillos, lo que resulta fundamental.

¿Qué motivo hace que Washington se esfuerce en aliarse a gobiernos oligárquicos que combaten equívocamente la plaga? ¿El temor al comunismo? Pero el comunismo ya no es una amenaza y, en el caso de Cuba, el régimen se encargó en su hora de amputar a los miembros infiltrados por el tráfico por la vía más implacable apenas el fenómeno se insinuó en la isla, impidiendo que la gangrena se propagase.

El marco geopolítico

Obviamente no es el comunismo, sino la simple voluntad de ejercer la soberanía de parte de algunos países como Venezuela, Cuba o Nicaragua lo que preocupa a la Casa Blanca. Buena parte de la explicación proviene de que la Unión no soporta atisbos de independencia en lo referido al Mar Caribe: es su “Mare Nostrum”, el Mediterráneo de los norteamericanos. Sobre todo cuando, como sucede en este momento, una potencia como China quiere abrir un canal bioceánico en Nicaragua o en algún otro lugar de Centro América, superando las capacidades del Canal de Panamá y redondeando la estrategia de Pekín de la “Nueva Ruta de la Seda”. Dícese que el asesinado mandatario de Haití, Juvenel Moïse, estaba coqueteando con Pekín y que, al igual que otros gobernantes de la zona, se aprestaba a reemplazar el reconocimiento a Taiwan como legítimo gobierno de China por la admisión de la República Popular China en ese mismo papel.[ii]  

La ambigüedad reina en las dos series patrocinadas por Netflix: “Narcos y “Narcos México”. La primera se ocupa de los cárteles de Medellín y de Cali, la segunda se concentra en la evolución y crecimiento del tráfico en México, con su horrible progresión de crímenes y masacres. Si bien para la observación superficial de un público estadounidense desprevenido, la pintura de la caótica realidad latinoamericana en las dos sociedades más castigadas por el negocio de la droga puede pillarlo desprevenido y confirmarlo en sus prejuicios, para cualquier espectador advertido queda claro que el rol de esos gobiernos está estrechamente ligado al interés estadounidense. Pues tener al narcotráfico como comodín para aplicárselo a los gobiernos que molestan es muy útil para Washington.

Históricamente ninguno de los países que rodean al Caribe ha podido librarse de las intervenciones norteamericanas o al menos de las injerencias desembozadas de Washington. México fue el peor librado: perdió la mitad de su territorio. Colombia perdió Panamá, donde los estadounidenses excavaron el canal para franquear el paso de su flota hacia el Pacífico: la vía de agua se abrió en agosto de 1914, justo al comenzar la primera guerra mundial. Cuba nació apadrinada por Estados Unidos, que se inventó una guerra para acudir en su auxilio contra los españoles y acto seguido la ocupó por varios años, para después manipular sus gobiernos y convertir a la isla en el casino y el prostíbulo de Miami, hasta que la revolución de 1959 capitaneada por Fidel Castro dio un vuelco a la situación. Desde entonces Cuba ha estado sometida a sitio. Haití estuvo ocupada de 1915 a 1934 y nunca pudo levantar cabeza. En cuanto a Puerto Rico terminó incorporado al territorio norteamericano en condición de “Estado Libre Asociado”. Y no hablemos de las intervenciones esporádicas pero frecuentes efectuadas contra Nicaragua, Guatemala, Granada y el mismo Panamá, criatura parida por el mismo poder que se encargó de deponer al presidente Noriega por unos alegados lazos con el narcotráfico colombiano, cuando de esos vínculos se había hablado antes y que sólo después de verificarse la sospechosa muerte del presidente Omar Torrijos en un accidente de avión y de asumir Noriega la presidencia, agotada su posible funcionalidad como contrapeso del caudillo nacionalista, su presencia empezó a resultar un fastidio. En especial cuando dícese que puso de manifiesto su renuencia a renegociar los tratados Torrijos-Carter por los cuales Panamá recuperaría el canal en 1999.[iii]

El gran juego

Pero, ¿bastan las consideraciones geopolíticas o los negocios de los “capos” y de los políticos para explicar la magnitud del fenómeno que asuela a Colombia y México? El tráfico de drogas produce una ingente masa de capital que debe ser lavada y colocada. El fenómeno no es exclusivamente latinoamericano. Están los países asiáticos del llamado “Triángulo de Oro”: Laos, Tailandia, Birmania (o Myanmar), y luego los del “Cuerno de Oro”, Afganistán y Pakistán. Y con esto apenas si se nombra los más involucrados. Qué decir de los mismos Estados Unidos, principal consumidor de droga, sin cuya demanda el tráfico perdería gran parte de su sentido, y proveedor de insumos químicos, armamento, tecnología de transporte y comunicación. También Europa Occidental, Japón, Rusia y otros integrantes de la ex-Unión Soviética, van incorporándose a esta multifuncionalidad, como países sedes de viejas y de nuevas organizaciones narcotraficantes, consumidores, importadores y re-exportadores de drogas, lavadores de narcodineros, proveedores de insumos, tecnologías y pericias criminales.[iv]

La enorme masa dineraria derivada de los negocios ilegales, una vez lavada, va a engrasar, según muchos economistas, al sistema financiero. En este sentido es muy importante para el mantener la actual economía global. El ex Jefe de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, Antonio María Costa, declaró en 2009 que los activos del crimen representaban “el único capital de inversión líquido” disponible para los bancos en peligro de colapsar durante la crisis de 2008 y que algunos zafaron de la situación gracias a ellos.

De todo este revoltijo puede deducirse que el narcotráfico es una forma del Gran Juego. Las series a que hacemos referencia lo insinúan con bastante claridad. La DEA corre detrás de los narcotraficantes, apelando a prácticas no menos sucias que las de sus oponentes, sorteando las múltiples trapisondas que se le tienden desde los nichos del poder donde los narcos se han aposentado para servir sus propios intereses, y finalmente, cuando han conseguido descabezar a los cárteles, el mismo gobierno de Washington,a través de la embajada, se encarga de frenar su activismo o lo redirige hacia otro frente que acaba de abrirse y donde se puede proseguir la caza del gato al ratón, en una guerra casi privada.

El caso es que el mercado se rige por la demanda y que mientras esta exista no podrá cegarse el chorro de droga, sangre y dinero que fluyen, entremezclados. Y ese mercado son, fundamentalmente, Estados Unidos y Europa. Lo cual nos habla, en suma, de la naturaleza inviable del mundo en que vivimos y de la necesidad no sólo de ser conscientes de ello sino de la obligación de romper el impasse. Esto implicará hacerse cargo de que el narco medra en las sociedades fragilizadas, donde se convierte en una fuente de ingresos descomunal que permite a los dueños del negocio reclutar a un ejército de sicarios que obedecen las órdenes del patrón. Librados a sí mismos desde la infancia, esos asesinos a sueldo no pueden elaborar un contradiscurso que se oponga a su sino; más bien lo aceptan como inevitable y admiten su condición de desechables: tratarán de ganar dinero en grande mientras matan y mueren de acuerdo a una ley de la selva que ellos aceptan porque no conocen otra.

Superar este círculo vicioso va a requerir de un empeño constante, de una praxis política fundada en la comprensión crítica del pasado y del presente, y de una decisión de desconectarse de este sistema económico infame, basada en una voluntad de hierro. Menuda tarea para las generaciones que vienen.

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[i] DEA: Drug Enforcement Agency.

[ii] Daniele Perra, “La crisi caraibica”, en Eurasia del 19/07/21.

[iii] Conviene recordar, en esta época de fijaciones mediáticas que corren juntas con amnesias deliberadas, que la intervención en Panamá en diciembre de 1989 costó cientos, si no miles, de muertos panameños, y la virtual demolición por bombardeo de un barrio popular densamente poblado adyacente a los cuarteles de la Guardia Nacional. A este operativo la lírica inventiva de los planificadores del Pentágono lo bautizó “Causa Justa”.                                                                                                                                                                                                [iv] Datos levantados de un artículo de Marcos Kaplan publicado en el Boletín México de Derecho Comparado, UNAM.                                                                                                                                         

 

 

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