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04
AGO
2021
Pedro Castillo asume en Perú.
Pedro Castillo asume en Perú.
Significativo discurso de López Obrador. Los países latinoamericanos se asoman a una etapa que les replanteará la elección entre ser una presencia regional integrada o seguir siendo una entidad fragmentada: original, pero sin peso específico.

Más allá del obsesionante ritmo de la pandemia que recorre al mundo entero, no hay duda de que en él pasan cosas que no se vinculan al Covid 19 y que continúan las grandes líneas del devenir de nuestro tiempo. Una de ellas es lo que está ocurriendo en América Latina donde, después de la peste neoliberal que barrió al subcontinente desde el Rio Bravo a la Patagonia, empiezan a verse algunos signos de recuperación. No hay que suponer que estos síntomas indiquen una inversión de las tornas y el comienzo de una era de recuperación a toda máquina de la economía y de la iniciativa popular. Alentar esperanzas desmedidas suele ser el primer paso hacia el derrotismo. Pero esos síntomas sí dan fe de la persistencia de una resistencia al sometimiento y de una voluntad de seguir buscando vías de salida a una situación que una gran parte de la población latinoamericana percibe como insostenible. Y es también la expresión de una voluntad de querer escapar de ella.

El triunfo de Pedro Castillo en las elecciones peruanas ha de ser considerado como un disparo en el centro del blanco. Cualquiera sea destino final de su gestión, su primer resultado ha sido hacer volar en pedazos al Grupo de Lima, una invención de la coalición de los gobiernos conservadores del área del Pacífico, con la adenda para nada desdeñable del Brasil de Jair Bolsonaro, la Argentina de Mauricio Macri y la Bolivia posterior al golpe de estado que derrocó a Evo Morales, más Estados Unidos, Canadá, la OEA y una constelación de pequeños estados del Caribe. Esta agrupación, que tenía como el principal móvil acosar al gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela, ahora ha quedado descabalada con la salida o el apartamiento de Perú, Bolivia, Argentina y México tras las asunciones de Pedro Castillo, Luis Arce Catacora, Alberto Fernández y Andrés Manuel López Obrador.

El discurso de AMLO pronunciado en el 238 aniversario del natalicio de Simón Bolívar es quizá el más significativo pronunciado por un presidente latinoamericano en muchos años, en especial porque no proviene de un tribuno popular sino de un mandatario ponderado y consecuente, que se encuentra al frente del país más poblado de la América hispana y del provisto de su más vieja y compleja cultura. Es el primero que después de Perón, Castro y Hugo Chávez lanza una propuesta explícita de reordenamiento geopolítico para las Américas. El presidente mexicano pide el reemplazo de la Organización de Estados Americanos (OEA) por un organismo que integre a los países de América latina y el Caribe y resuelva los conflictos entre ellos. Con una franqueza desusada López Obrador se ha referido al creciente papel de China en la economía mundial, ha rechazado la posibilidad de que Estados Unidos siga ejerciendo una tutela incontestada sobre la América iberoamericana y, al mismo tiempo, ha reconocido el poderío norteamericano y la necesidad de buscar acuerdos con este. “Nuestra cercanía nos obliga a buscar acuerdos y sería un grave error ponernos con Sansón a las patadas, pero al mismo tiempo tenemos poderosas razones para hacer valer nuestra soberanía, con argumentos, sin balandronadas, que no somos un protectorado, una colonia o su patio trasero”. Predicando con el ejemplo, poco después del discurso del presidente mexicano envió a Cuba dos barcos cargados con ayuda alimentaria y sanitaria para ayudar a paliar los efectos que la pandemia y el reforzado embargo norteamericano provocan en la isla.

América latina resiste, pues. Hay que aprovechar la explosión del Grupo de Lima para buscar alternativas a la UNASUR, que fuera reventada por ese experimento reaccionario. La CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños) llena hasta cierto punto este rol, pero es necesario que, sea esta u otra organización, potencie sus instrumentos de coordinación en el plano económico y diplomático, tratando de componer una política homogénea frente a los imperialismos (todos los países ricos y fuertes lo son, de manera efectiva o potencial), mientras se elaboran estrategias que pongan en su centro la cooperación regional en planos cada vez más avanzados, desde la creación del postergado Banco del Sur a la elaboración de políticas militares que miren al futuro desde una proyección Mercator invertida.

Ahora bien, esta es una realidad hipotética, que debemos tener presente como hoja de ruta, pero que no anula la necesidad de ocuparnos de lo inmediato. Y lo inmediato es combatir al sistema interno que hasta aquí ha asegurado la neutralización o el fracaso de los movimientos de liberación nacional populares. Nunca hasta ahora –salvo en el caso de Cuba, que es un caso especial que merece un tratamiento diferenciado- esos movimientos han conseguido revertir de una buena vez el mal que nos corroe. Hasta aquí se han revelado incapaces –y han pagado un altísimo precio por ello- de domar a las oligarquías portuarias, extractivas, rentísticas, privilegiadas y financieras que solo se conciben como rueda de transmisión de los intereses externos y que se acunan desde hace demasiado tiempo en una molicie ahistórica en la que digieren sus beneficios y de la cual solo salen para reprimir salvajemente a todo cuanto las molesta. No todas ellas son lo mismo, como tampoco son iguales las sociedades a las que han manejado la mayor parte del tiempo, pero un hecho las mancomuna: su incapacidad para concebir una política nacional y regional orientada hacia el desarrollo integrado.

En cuanto a “los de abajo”, al pueblo llano, en estos momentos su indefensión es fomentada por el totalitarismo mediático que se ejerce con la dictadura de los oligopolios de la comunicación, cuya desinformación deja un sedimento tóxico que inhabilita o pretende inhabilitar a quienes la consumen al arrebatarles la claridad de ideas e impedir que se formen la composición de lugar que es necesaria para discernir cuál es el camino. La niebla informativa, hecha de una saturación de noticias desprovistas de rango y arrojadas a la bartola, pero guionadas a pesar de ello por el peso que en el conjunto cobra el discurso neoliberal, anti estatal y carente de rigor histórico, termina de envolver a un público ignaro, cocinado a fuego lento durante décadas con una prédica que por su misma omnipresencia termina siendo inaparente.

Este totalitarismo blando requiere de la confusión de las lenguas, de la Torre de Babel, de la idiotez impuesta con las mismas herramientas que deberían servir para combatirla. La ingesta del mensaje es favorecida por su disolución en un líquido pastoso, que fusiona información con espectáculo y que duplica su eficacia al prestarle la cara de unos monigotes reconocibles, autocalificados como periodistas, ramplones y muy bien remunerados por los oligopolios, que se ocupan de deformar los hechos o de mentir directamente. No es un problema menor, al menos entre nosotros, que algunos de los comunicadores que se encuentran en la corriente contraria se hayan contagiado de los tics de sus adversarios y que, cada vez con mayor frecuencia, se tenga que asistir a una recusación estridente de las mentiras del contrario, encerrando el debate en ese estrecho espacio donde se entrecruzan acusaciones de corrupción (ciertísimas algunas de ellas) mientras se desatienden los planteos y los proyectos de gran aliento. Esto se complica por la irritante costumbre de los “anchors” de querer ser ellos mismos noticia, invadiendo la pantalla con sus despliegues histriónicos. Un poco de moderación y algo más de seriedad no les vendrían mal a nuestros periodistas, siempre y cuando no caigan en la otra afectación que suele atacar a algunos –pocos- locutores: la asunción de un tono engolado al que creen convertir en estilo.

Bueno, dirán algunos, este tipo no quiere a nadie. No es tan así, sin embargo; ocurre que la comunicación es el nervio vital de la política moderna y que no se puede descuidar ninguno de los aspectos que pueden devolverle algo de credibilidad en medio de la hipocresía o el cinismo ambiente.

Divertimentos tóxicos que apartan de la cuestión central

Cuando hablamos de la confusión de las lenguas y de la Torre de Babel no lo hacemos solo en un sentido simbólico sino también en el literal. Por ejemplo, ¿de qué otra manera puede entenderse la corrupción del idioma que en Argentina se fomenta a través del lenguaje inclusivo y de las políticas de género, que han cobrado un protagonismo político predominante en los últimos tiempos y que cierto progresismo hace flamear como si fuesen banderas tanto o más importantes que la discusión en torno a la soberanía, el modelo socio-económico, la geopolítica, la historia, la región y la pobreza? Conscientemente o no, los militantes de ese discurso participan de la confusión decretada por el sistema mundo y generan en mucha gente un rechazo que debilita la causa que debería unirnos. Los trabalenguas que salpican el lenguaje inclusivo con su profusión de formas desdobladas en masculino y femenino –ellos y ellas, todos y todas-, y la proliferación de las equis y arrobas (@) para expresar un género neutro, hacen desagradabilísima la lectura silente e imposible la oral. Esta afectación rompe nuestro principal vínculo unitario, el español, nos incomunica y quiebra uno de los principios que gobiernan a todas las lenguas cultas, la economía; es decir, la aptitud para significar más con menos palabras y menos circunloquios.

Otro elemento que contribuye a la confusión es la proliferación de siglas asociadas a las políticas de género: cada día se suman más letras para expresar la existencia de las peculiaridades sexuales. LGTB (lesbianas, gays, transexuales y bisexuales) fue la primera. Ahora hemos llegado a una ensalada de letras, como LGTBKIAK, cuyo significado no pretendo indagar. Las luchas por la liberación femenina, que formaron parte de la épica del siglo XX y que siempre estuvieron asociadas a la lucha por la liberación del conjunto de la sociedad, en estos años corren el riesgo de contaminarse con estas originalidades; en parte, seguramente, porque no existe en este momento una corriente que dote a los términos reforma y revolución de una dinámica precisa. Multiplicar la confusión entre los que se quiere dominar, crear divertimentos, es el objetivo del imperialismo y del proyecto neoliberal que pugna por imponer la dictadura del gran capital financiero sobre los intereses de las grandes mayorías. De ahí la vigencia de esta moda ridícula.

El factor indigenista

Hay en gran parte de la América latina otro un filón muy grande y más peligroso que el anterior para que las fuerzas que siempre se han opuesto a la integración del subcontinente se ceben en este tipo de prácticas. El indigenismo, la presunta inocencia de los pueblos originarios arrasados por la conquista es un asunto saladísimo y que se presta a todo tipo de manipulaciones. En especial en una época en la cual, debido al difundido desencanto por la política, las causas que parecen impregnadas de cierta pureza ecológica resultan especialmente atractivas para los jóvenes.

La conquista y colonización de estas tierras por España y Portugal fue prolífica en barbaridades, desde luego: la historia no es un picnic y cada época arrastra consigo un sinfín de crímenes. La conquista ibérica, sin embargo, se señaló por un rasgo positivo que no informó al proceso de ocupación de la América anglosajona, señalado por la indiferencia o el exterminio de las tribus allí presentes. Sin las ataduras sexuales del puritanismo protestante, los católicos españoles y portugueses se fusionaron rápidamente con las poblaciones locales. De esa mixtura nacieron una raza, una religión, una arquitectura y una civilización nuevas. Este es, en el fondo, el sentido en que debe ser comprendido el Día de la Raza, tan abominado por la progresía al uso, que prefiere entenderlo como una especie de “arianización” a la tudesca, como una especie de nazismo, en una palabra. A partir de este equívoco -y del hecho innegable de que en el mestizaje en que acabó la conquista los más explotados hayan sido y sigan siendo las masas de tez cetrina- el imperialismo intenta introducir otro elemento de fragmentación: los servicios de inteligencia trabajan tan activa como disimuladamente en las ONG y en otros organismos para fomentar resistencias autóctonas que a menudo interfieren políticas progresivas del estado central. Por ejemplo, como ha ocurrido en Bolivia, impedir la apertura de una ruta estratégica o reivindicar como propios recursos naturales que pertenecen a la nación, pero cuya explotación el organismo indígena quiere negociar por su cuenta con las empresas transnacionales.

El tema del indigenismo y de los pueblos llamados originarios es un asunto peligroso. Se pretende usarlo como como un resbaladero desde donde los movimientos nacional-populares patinen y pierdan el rumbo. El imperialismo siempre busca meter cuñas que fragmenten a los movimientos que se le oponen. Así como se han explotado las rispideces confesionales entre chiitas y sunnitas, o entre serbios y croatas, o entre musulmanes e hindúes, los sufrimientos inferidos en el pasado por la colonización y la conquista han dejado una memoria que, si se la absolutiza y convierte en un fetiche, va a ser explotada para reivindicar una serie de reclamos signados por una especificidad étnica, que tenderán a destruir la operatividad del poder central y desarticular al Estado.

Este es un problema serio, que no se puede desatender y que requiere de una lectura y relectura del pasado que se esfuerce en exhibir para la generalidad de la gente el carácter dialéctico del trabajo de la historia. Por esto no se puede mirar sin inquietud la proclividad que tienen incluso los políticos de la línea más orientada hacia la izquierda o a la línea nacional-popular, a caer en la trampa y a sumarse a la tendencia por comodidad, ignorancia u oportunismo.                                                            

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