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11
AGO
2021
Caparrós y Sarlo.
Caparrós y Sarlo.
Se ha reavivado la polémica sobre nuestros derechos a Malvinas. Mucha necesidad de “pasmar al burgués” y un coqueto desenfado en las afirmaciones de Sarlo y Caparrós a ese propósito. Los dueños del poder no se inmutan.

El derecho a la refutación crítica a veces se confunde con la provocación. Ciertos pedantes que ejercen el oficio de intelectual con papeles han desempolvado sus diplomas y salido a la palestra para plantear el carácter no argentino de las islas Malvinas y su pertenencia a la Gran Bretaña. Beatriz Sarlo y Martín Caparrós han proseguido la línea abierta en estos días por la candidata a diputada nacional de Juntos por el Cambio, la historiadora Sabrina Ajmechet, quien manifestó que las islas eran inglesas. “Las Malvinas no existen: las Falkland islands son de los kelpers”.

Sobre preferencias no hay nada escrito, pero no puedo dejar de preguntarme por qué una persona que piensa así se presenta como candidata a diputada nacional. De ser elegida tendría que jurar sobre una Constitución que proclama exactamente lo contrario de lo que ella cree. En fin, allá ella; en definitiva, su persona no reviste gran importancia política. Pero Sarlo y Caparrós tienen gran exposición mediática y son referentes de la cultura pituca, de raíz progresista y oblicuamente gorila, que hace de cierta superioridad intelectual o cultural un arma para demoler a los que desprecian, que se tiene la impresión de que son la mayoría de sus compatriotas. Si no fuera porque replican un fenómeno largamente arraigado en el pensamiento de las élites que desgobernaron al país a lo largo de su historia, y que son la emanación subrepticia del racismo de parte de nuestra clase media, tan orgullosa de sus orígenes europeos, tampoco serían demasiado importantes; pero el caso es que tienen facultades intelectuales apreciables y mucho lugar en los medios para expresarse, lo cual obliga a darles una respuesta a nuestra modesta escala.

Sarlo volvió a calificar a la gigantesca manifestación en Plaza de Mayo de respaldo a la recuperación de las islas como “la plaza de la vergüenza”. Y victimizó nuevamente a los conscriptos que participaron de la guerra, a pesar de que los excombatientes se sienten orgullosos haber estado en ella y siguen reivindicando a sus camaradas caídos en batalla y a la gesta a la que vieron precipitados. En cuanto a Caparrós expresó: “No sé si las Malvinas son argentinas o no lo son. Me da igual… A quién le cambia que esas islas del Atlántico Sur sean inglesas o no lo sean. Este es el relato por excelencia. Las Malvinas tienen alrededor de 12 mil kilómetros cuadrados. Es casi exactamente el millón de hectáreas que tiene Benetton en la Patagonia, pero la preocupación son las Malvinas...”

Esto último es cierto, ¿pero qué tiene que ver una cosa con la otra? ¿Por qué no se pueden denunciar los dos casos en sus respectivos foros? Por supuesto tampoco faltaron las referencias al nacionalismo como fenómeno “trasnochado” y algunas acotaciones jurídicas sobre la presuntamente discutible legitimidad de los títulos con los cuales nuestro país puede ejercer su soberanía sobre el archipiélago.

Ahora bien, la cuestión, en el fondo, no pasa rigurosamente por allí sino por la voluntad que debe tener un país que se quiere dotado de una voluntad de destino para asegurarse una presencia en el mundo. Para los Caparrós o Sarlo el problema consiste (aparte de practicar el tiro al blanco contra el peronismo, encarnación de todos los males en tanto que en él se manifiestan, en forma impura, las esencias populares de una nación que se busca), el problema consiste, digo, en ser presentables ante las potencias dotadas de prestigio. Pero a esas potencias no les importa si nos babeamos de admiración frente a sus logros. Y ese prestigio no les viene solamente de su cultura y del más o menos afiatado funcionamiento de sus instituciones, sino también de haberse hecho un lugar entre sus pares, de haberse hecho respetar y también de haber saqueado y explotado a países o civilizaciones que eran más débiles que ellas o que carecían de una identidad integrada.

El problema de Malvinas no es solamente un hecho jurídico. Aunque por supuesto hay que sostener nuestros títulos a reclamar la soberanía por los antecedentes históricos, por el carácter usurpatorio que tuvo la ocupación británica y por la proximidad de las islas a nuestro territorio continental, también hay que hacerlo porque este es un problema geopolítico que nos atañe como nación y como parte de la región latinoamericana. Es decir, como nuestro lugar en el mundo.

Para el “medio pelo” y para la intelectualidad que no logra desprenderse de una visión exógena de nuestra realidad y se empeña en mirarla desde afuera, el problema malvinero es insignificante y la recuperación de las islas en 1982 una patochada. Algunos la ven como incomprensible. “Es como la pelea de dos calvos por un peine” dijo Borges, con mucha gracia, a propósito de la guerra. Otros creyeron discernir en ella un expediente de la dictadura para encontrar una salida externa a la trampa en que habían metido en el plano interno.

 Son estos, ojo, argumentos parcialmente atendibles, en tanto y en cuanto la empresa militar estuvo descoordinada en razón de las rivalidades entre las tres armas y porque no fue precedida por un cálculo medianamente racional y realista de las posibilidades diplomáticas de la Argentina en el plano mundial. No hubo sondeos acerca de posibles respaldos de la URSS y otras potencias; simplemente Galtieri y otros como él se creyeron los halagos que les habían prodigado los militares norteamericanos y supusieron que Washington los había de preferir sobre Inglaterra dado el apoyo incondicional que las Juntas había brindado a los crímenes cometidos por la CIA y el Pentágono en Centroamérica. ¡Como si Estados Unidos hubiera debido privilegiar a un socio regional por sobre su gran aliado global!

Por otra parte, era evidente que se vivían los últimos momentos para intentar una recuperación armada del archipiélago; se anunciaba la inminencia de refuerzos para la guarnición inglesa y la llegada de un submarino nuclear al archipiélago, lo que hubiera cancelado –como efectivamente ocurrió poco después- toda posibilidad de navegar en sus aguas. También es probable que la dictadura militar haya pisado el palito y se haya lanzado de cabeza a una emboscada planificada por los angloamericanos, deseosos de sacarse de encima a un socio embarazoso, que ya había cumplido su tarea y estaba ensuciado por demasiados crímenes.

Un dilema de hierro

La cuestión es que, una vez que las cartas están echadas entre una potencia imperialista y tu propio país, un conflicto de esas características no permite muchas discusiones. Hay que optar: estás a favor de defender tu patria, eventualmente con la esperanza de que esa fuga hacia adelante fuerce a un gobierno que detestas a invertir su carácter y posiblemente a reventar en el esfuerzo, dando lugar a otro fenómeno de naturaleza superior o diferente; o bien te conviertes en un renegado que apoya a un poder externo que se ha señalado siempre por su carácter deformador de tus propias opciones de crecimiento. Ya lo dijo muy claro León Trotsky: cuando un poder imperialista ataca a un régimen fascista o semifascista que está al frente de un país oprimido, hay que apoyar al segundo contra el primero. O palabras al mismo efecto. Nacionalismo opresor y nacionalismo oprimido; esta distinción es clásica, pero no suele ser discernida con claridad por quienes se arrogan la facultad de volar “au dessus de la meleé” y desdeñan la dura prosa de los hechos. En el fondo, los exponentes del pensamiento que cree que el nacionalismo es invariablemente una ecuación tramposa, lo que no quieren es tomarse el trabajo de analizar cuál es el contexto en que este se manifiesta. Están cómodos donde están y lo que temen, en realidad, es el cambio.

 Sea como fuere, a pesar de la ineptitud de los altos mandos y de los errores que se cometieron en la evaluación política de las relaciones globales, la “Operación Rosario” no fue improvisada para escapar al callejón sin salida en que se había metido la dictadura. No fueron las manifestaciones obreras que recusaron al gobierno en la calle lo que provocó el desembarco como expediente para recuperar popularidad ante la opinión pública. La expedición estaba pronta para partir desde bastante antes y desde luego no habría podido organizarse en el par de días que mediaron entre las manifestaciones y el desembarco. Desde luego que la esperanza de lograr una salida elegante a la cuestión Malvinas gracias a la mediación norteamericana y tal vez de convertir al “partido militar” en una opción política en unas próximas elecciones tienen que haber estado presentes como componentes psicológicos que estimularon a la Junta a lanzarse, pero entre esos móviles también influyó la deformación profesional: no olvidemos que apenas cuatro años antes habíamos estado a punto de sumirnos en un conflicto con Chile por la cuestión del Beagle. Y esto sí habría sido catastrófico, porque no hubiera hecho más que cavar una zanja de sangre entre dos pueblos hermanos que deberían estar mancomunados en una tarea común. Esta sigue siendo saboteada, sin embargo. En Chile por un complejo de superioridad que hace que su oligarquía se sienta insular y se conciba como la Inglaterra de América latina. Y acá por un extraño complejo que afecta al estrato superior y a algunas capas de la clase media y que hizo que el economista norteamericano Lester Thurow definiera a la Argentina -con mala leche y de manera inexacta, pero con ingenio- “como un país de italianos que hablan español y quisieran ser ingleses”…

Es curiosa la manera que tenemos de alienarnos de nuestro propio ser. Más allá de los hechos concretos que lo explican (el atraso estructural, la pobreza a que esa situación nos condena, la saturación de un discurso que tiende a fomentar el autodesprecio y el complejo de inferioridad), el problema pasa, para muchos, por la incapacidad para vernos en nuestra identidad dividida. Pues es verdad, como en otros países latinoamericanos y más que en otros países latinoamericanos, los estamentos intelectuales argentinos tenemos una identidad escindida entre la pertenencia a la tierra y la proveniencia europea; entre lo que instintivamente creemos que podemos ser y lo que efectivamente somos. El problema de Malvinas excita como pocos esta susceptibilidad.

Ahora bien, en este caso hay también razones específicas y muy concretas para que esto suceda. Lejos de ser un tema sobre el que cabe encarnizarse por un prurito simbólico, Malvinas es una cuestión que atañe al equilibrio global y a las relaciones de poder entre las potencias y entre estas y el conjunto de países que componen el subcontinente suramericano. Gran Bretaña, potencia marítima e insular, siempre se sintió necesitada de controlar los pasos del tráfico. Gibraltar, el canal de Suez, las Malvinas, Malta, Singapur, Ciudad del Cabo, Hong Kong, los estrechos de Ormuz, Bab el Mandeb y Malaca son o fueron en algún momento posesiones del gobierno de su Graciosa Majestad, que ejerció un control directo sobre esos lugares o dispuso en las inmediaciones de bases que facilitaban su vigilancia. Más de una vez se libraron batallas por el dominio de alguna de ellas. El rol de Malvinas, antiguamente un puesto interesante para establecer una estación carbonera en la ruta que rodeaba el Cabo de Hornos y establecía la comunicación entre el Atlántico y el Pacífico antes de la apertura del Canal de Panamá, se ha significado aún más con la creciente importancia que tendrá el aprovechamiento de la Antártida, y por la fauna ictícola y las potenciales existencias  de petróleo en el subsuelo marítimo. La”fortaleza de las Falklands” no es un capricho, un expediente inventado por Londres para gastar dinero; es un dato que comprueba que Gran Bretaña no piensa sacar un pie de un enclave situado en los accesos al continente blanco, a pesar de que se encuentra fijado en un área geográfica remota y donde no puede reclamar ningún otro derecho que el que le da la fuerza.

Este complejo tramado de causas no parece inquietar a los exquisitos que por estos días han encontrado una forma, que les parece inteligente, para distinguirse posando de originales al refutar un dicho popular: “Las Malvinas son argentinas”. No parecen comprender que este lema no es un dicho rimbombante sino que refleja una actitud voluntaria: es un acto de afirmación de nosotros mismos y que excede al territorio que denomina. Cuánto tiempo y cuáles serán las vías por las que esta voluntad podrá abrirse camino es cosa que no puede saberse. Pero la cuestión Malvinas forma parte de esa lucha por la autoconciencia.

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