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07
DIC
2021

Momento de decisión: a 80 años del ataque a Pearl Harbor (II)

El acorazado
El acorazado "Arizona" arde después de volar tras ser alcanzado.
En diciembre de 1941 los aliados ofrecían a Japón una doble alternativa: suicidarse atacando a occidente o suicidarse en una guerra civil. Los japoneses eligieron la primera salida, en la expectativa de que ganarían tiempo y quizá se saliesen con la suya.

Desde antes de comenzar la guerra las altas esferas del establishment y en particular el presidente Roosevelt, tenían el sentimiento de que la opinión pública  norteamericana necesitaba de un sacudón para movilizarse y apoyar el ingreso a la contienda. No quiere esto decir que el ataque a Pearl Harbor haya sido una maquinación orquestada en todas sus piezas por el gobierno de Washington,  pero la búsqueda de un choque con Japón para forzar el ingreso norteamericano a la guerra es un hecho que no puede disimularse y que está corroborado tanto por la marcha de los acontecimientos como por los documentos oficiales conocidos después del  conflicto. Uno de ellos es revelador. Se trata de un boletín emanado de la oficina de inteligencia de la Armada a la que hemos citado en la nota anterior y que consistía en una hoja de ruta que indicaba los movimientos necesarios que se habían de adoptar para provocar a Japón. Había sido redactado por el capitán de corbeta Arthur H. McCollum, jefe de dicha oficina y experto en Japón.[i] El documento fue hecho llegar a los más próximos asesores del  presidente Roosevelt en octubre de 1940; es decir, 14 meses antes del ataque japonés. Su texto puntualizaba ocho acciones que Estados Unidos debía cumplir para impulsar a Japón a realizar un ataque directo contra la Unión. Ellas eran:

1 – Acordar con los británicos el uso de bases inglesas por la armada norteamericana en la región del Indopacífico, sobre todo Singapur.

2 – Acordar un arreglo similar para usar las bases de las Indias Orientales Holandesas, hoy Indonesia.

3 – Brindar el máximo apoyo posible al gobierno chino, en guerra con Japón.

4 – Enviar a oriente, a Filipinas o a Singapur una división de cruceros pesados de largo radio de acción.

5 – Enviar a la misma zona dos divisiones de submarinos.

6 – Enviar a la flota principal de Estados Unidos, hasta ese momento apostada sobre todo en el Atlántico y en la costa Oeste de Estados Unidos, a las bases ubicadas en las islas Hawaii.

7 – Estimular a los holandeses para que no cediesen a las presiones japonesas demandantes de  mayores abastecimientos en materiales estratégicos.

8 – Declarar un embargo comercial contra Japón, conjuntamente con similar decisión adoptada por Holanda y el Imperio Británico.

Casi todos estos pasos fueron dados entre fines de 1940 y diciembre de 1941. Algunos no llegaron a cumplirse, aunque estaban en carpeta, como fondear naves de guerra norteamericanas en Singapur; pero sí se produjeron movimientos aún más peligrosos, como tres incursiones de grupos navales dirigidos a violar las aguas territoriales japonesas. La más riesgosa fue la efectuada en el estrecho de Bungo, entre las islas de Kyushu y Shikoku, donde los cazatorpederos japoneses avistaron a buques de guerra  no nipones que se retiraron detrás de una cortina de humo tras ser intimados a identificarse.  Roosevelt confió a sus próximos que estaba dispuesto a aceptar la pérdida de una o dos unidades con tal de inducir a Japón a cumplir un primer movimiento agresivo que permitiera movilizar a la opinión pública. El estacionamiento del grueso de la flota en las Hawaii, por otra parte, provocó conmoción e incluso resistencia en la Armada, pues si aumentaba la presión contra Japón, también significaba poner a unidades capitales en un emplazamiento que no era totalmente seguro: podían quedar al alcance de la armada japonesa, aunque en principio se suponía que ello era difícil porque requería un largo viaje durante el cual esta podía ser detectada. El problema se ”resolvió” con la sustitución del comandante de la armada, el almirante James Richardson, que había protestado directamente ante el presidente por un movimiento que estimaba imprudente, a la  que siguió una vasta reorganización de los mandos y la efectiva relocalización de la flota en Pearl Harbor.[ii]

El dilema japonés

El gobierno japonés, por su lado, se debatía con el dilema de qué hacer en una coyuntura mundial que ofrecía oportunidades irrepetibles pero también riesgos tremendos. Como se indicó en notas anteriores, la sociedad japonesa era una peligrosa caldera en ebullición. El Japón se había modernizado, pero no necesariamente se había occidentalizado: conservaba toda su capacidad para reelaborar los aportes venidos del exterior con su propia aptitud para desarrollarlos a su modo. La participación de las masas en la vida social no se produjo por lo tanto de la misma manera que en occidente: la estructura de partidos influyó pero no modificó el  temperamento severo y autoritario de una cultural marcial. O al menos, solo lo hizo mientras las cosas marchaban más o menos bien; con la irrupción de la crisis económica en la década de los ’30, ese precario equilibrio se descompensó y el factor militar y su tendencia al abordaje directo y tajante de los problemas empezó a gravitar en el escenario. La búsqueda de una salida a través de la expansión exterior, cuya primera víctima sería China, fue incentivada como la principal vía de escape y ello, naturalmente, llevó a exacerbar las tensiones con las potencias occidentales que tenían sus propias miras en ese mercado y que además temían –con razón- que las aspiraciones del nacionalismo japonés no se detuvieran allí y apuntasen a carcomer los ya frágiles fundamentos que sostenían su aparato imperial en toda Asia.

El gobierno japonés estaba atrapado en su “victoriosa” guerra contra los chinos, que demandaba recursos ingentes. Sin embargo, la invasión alemana a Rusia, el eclipse de Francia y el debilitamiento de Gran Bretaña, que debía atender urgentes necesidades en su propia casa y en el medio oriente, ofrecían oportunidades inéditas para que Japón se proyectase por fin como actor protagónico del acontecer mundial. La situación de Rusia era propicia para activar una operación del ejército de Kwantung contra los soviéticos, y podía fungir como un factor extra en desestabilización de la URSS en un momento en el cual la fractura del régimen comunista parecía posible. Pero el gobierno nipón, encabezado en esos momentos por el general Tojo, tendía a desatender los consejos que ese sentido prodigaba Yosuke Matsuoka, el ministro de relaciones exteriores y paladín de la alianza con la Alemania nazi. En el caso de tener que ingresar abiertamente a la guerra, tanto el ejército como la armada preferían el botín que ofrecía el frente sur, con las Filipinas y sobre todo las Indias orientales Holandesas y la península malaya, donde era posible apropiarse de las materias primas que Japón tanto necesitaba y desde donde se abría la perspectiva de un desborde hacia la India británica, que vivía en el descontento y antagonizaba fuertemente al gobierno del “Raj”, el orden representado por la Corona.

Un poco tambaleante, tironeado por las necesidades del frente externo y por las tensiones de un frente interno donde los intereses de las clases conservadoras predominaban y la tendencia democrática estaba ausente pero tendía a expresarse de una manera atormentada y furiosa en el extremismo de la oficialidad joven del ejército, el gobierno japonés siguió la ruta de la expansión hacia el sur. Esa tiene que haber sido la razón por la cual, pese a todas las señales de peligro que podían percibirse en el camino, Tokio ordenó la ocupación total de la Indochina francesa en julio de 1941, suministrando así el pretexto que necesitaba el presidente Roosevelt para implementar la última y más decisiva orientación del memorándum McCollum: declarar el embargo de todo el comercio con el Japón, en especial el del petróleo y hierro, de consuno con Holanda y la Gran Bretaña. Si se tiene en cuenta que la flota japonesa disponía de apenas seis meses de reservas para mantenerse en plena actividad, se podrá comprender la magnitud del abismo que se abría ante el gobierno de Tokio; abismo hacia el cual, sin embargo, se había dirigido con los ojos abiertos.

A esa disposición norteamericana siguió, poco después, la exigencia de que Japón evacuase tanto Indochina como China como condición previa a cualquier negociación para levantar las sanciones.[iii] Si se tiene en cuenta los enormes gastos y las pérdidas humanas que había requerido la guerra en China se debe comprender que esta exigencia era imposible de satisfacer, a menos que Japón aceptase una rendición incondicional sin haber peleado y pasase por una guerra civil previa para imponer esa solución. Esto era simplemente imposible para la mentalidad de la dirigencia japonesa y dejaba a la guerra como única opción.

Este artículo, fundado en la revisión y reminiscencia de muchas lecturas, no pretende elaborar justificaciones para nadie. Pretende, más sencillamente, constituirse en una versión de un episodio histórico que objetive, en la medida de lo posible, los mecanismos políticos, geopolíticos, psicológicos y sociales que llevaron a uno de los episodios más espectaculares de los tiempos modernos y que, como tal, ha sido objeto de decenas de versiones  cinematográficas y televisivas, ficcionales o documentales. Pero frente a las cuales, justamente por nuestro carácter de clientes involuntarios de la versión norteamericana y hollywoodense de la historia, conviene guardar reservas.

El juego de los códigos y las claves

El argumento de la sorpresa y el ataque a traición que fue usado con gran eficacia por la propaganda oficial de Washington, dirigida no solo a la opinión mundial sino sobre todo al mismo  pueblo estadounidense, es una mentira. No hubo sorpresa no sólo porque el riesgo entrañado por la política de hostigamiento a Japón era obvio y había sido deliberadamente buscado, cabiendo  esperar una reacción extrema, sino  porque el gobierno  y las fuerzas armadas de Estados Unidos estaban anoticiados de los movimientos de su enemigo a través del desciframiento parcial de las claves –primero diplomáticas y luego también militares- del antagonista japonés.

La cuestión, en todo caso, sería más bien saber en qué medida ese conocimiento afectó a los hechos y si fue torpedeado a sabiendas por las propias autoridades para incrementar los efectos del desastre e imbuir a la opinión con un salvaje espíritu de revancha; o si se trató de una serie de tropiezos burocráticos y de errores militares que terminaron agravando fuera de proporción las consecuencias de un ataque que se suponía iba a ser grave, pero después del cual podían quedar opciones contraofensivas más o menos inmediatas. El caso fue que el domingo 7 de diciembre de 1941 una fuerza combinada japonesa llegó a las proximidades de las Hawaii sin ser detectada y lanzó un ataque devastador contra la flota norteamericana fondeada en Pearl Harbor. 353 aviones basados en cuatro portaaviones llegaron en dos oleadas a la base y hundieron a cuatro acorazados, averiaron a otros cuatro, destruyeron o impactaron a varias unidades menores y destruyeron a varios cientos de aviones hacinados en el centro de las pistas de los aeródromos de Hickham y Wheeler, en previsión de posibles atentados por una inexistente “quinta columna” de saboteadores japoneses que se presumía podía existir en la isla de Oahu. Alrededor de 2.500 norteamericanos perdieron la vida y más de un millar resultaron heridos, contra la pérdida de 30 aviones atacantes y la de cinco minusubmarinos, que intentaron penetrar en el puerto sin éxito; en total, 66 japoneses muertos.

El balance pudo parecer desastroso para Estados Unidos, pero no lo fue tanto: los portaaviones norteamericanos no estaban en el puerto, los acorazados, como ese mismo acto de guerra acababa de comprobarlo, no eran ya las naves más importantes de la flota; y las reservas de combustible almacenadas en la isla, así como las instalaciones de la base, habían quedado intactas. Los mandos nipones deliberaron sobre la posibilidad de lanzar un tercer ataque dirigido a esos blancos, pero, razonablemente, el almirante Nagumo decidió no realizarlo: no sabía dónde se encontraban los portaaviones enemigos, estaba corto de combustible para enzarzarse en otra operación y la noche iba a complicar el retorno de los aviones que sobreviviesen al ataque. La precisión y eficacia del fuego de la defensa había aumentado considerablemente después de la primera ola, en efecto,  y eran de prever pérdidas que podían disminuir en demasía el potencial del aguijón aéreo.

A la pregunta de si el desastre norteamericano fue favorecido deliberadamente por la Casa Blanca, la respuesta seguirá siendo hipotética. Es cierto que el gobierno retaceó la información recopilada por las operaciones de descifrado que penetraron las claves niponas y aportaron numerosas noticias  sobre los movimientos de la flota japonesa y sobre todo acerca de la decisión nipona de ir a la guerra. Pero también es verdad que las advertencias claves sobre la inminencia de un acto bélico de parte de Japón circularon profusamente. Aunque no hayan mencionado a Pearl como objetivo, como sí en cambio se lo hizo respecto a otras posesiones en el Pacífico,  el riesgo era evidente y se debían haber tomado las prevenciones de un alerta de  guerra en vez de proseguir con la rutina festiva de un fin de semana corriente. Las falencias detectadas en Pearl Harbor –desaprovechamiento de la información del flamante equipo de radar que alertó sobre la aproximación una gran cantidad de aviones, la decisión de no patrullar las aguas desde donde se podía lanzar un ataque aeronaval– fueron graves, pero pueden caber dentro del catálogo de burradas que los militares de todos los países cometen antes de caer en la cuenta de que la rutina de la paz acaba de terminar. Pero los errores de Kimmel, Short y Martin (los comandantes de la armada, el ejército y a fuerza aérea en Oahu) empalidecen frente a lo que sucedió en las Filipinas, donde el general Douglas Mac Arthur, que ya estaba prevenido del ataque japonés pues la incursión sobre Pearl Harbor se había producido mucho antes de que llegaran los japoneses, se dejó estar durante nueve horas sin poner su fuerza aérea en el aire, con el resultado de que casi todos los aviones fueron destruidos en tierra. Curiosamente, Mac Arthur, al revés de lo que ocurrió con los comandantes en Hawaii, jamás fue reprochado ni sancionado por esta falla manifiesta; al contrario, se lo elogió y se le permitió seguir labrando su carrera militar, que nunca estuvo desprendida de su ambición política ni de sus capacidades de intrigante.[iv]                                                                                                                                                                                                                             

Así, de una manera aparentemente desastrosa, Estados Unidos se encontró a las puertas de su “destino manifiesto”.  Con la nación unida en un espíritu  de indignación por la afrenta recibida, Franklin D. Roosevelt había hecho llegar a su país al momento en que podía liberar toda su potencia. Poco después daría el impulso final a las investigaciones sobre el átomo, autorizando el proyecto “Manhattan”, una iniciativa dirigida a fabricar el arma atómica, empeño en el que estaban sumidos los principales países beligerantes, pero que solo Estados Unidos, por su capacidad dineraria, su acervo intelectual en materia de física e ingeniería, su enorme  “know how” industrial y su capacidad para atraer a los principales científicos extranjeros que estaban decididos a combatir al régimen nazi, se encontraba en condiciones de llevar a cabo a corto plazo. La coalición aliada –EE.UU., Gran Bretaña y la URSS- era abrumadoramente superior a los países del Eje, que por otra parte estaban descoordinados en su estrategia. El final de la guerra vio a Estados Unidos emerger como prácticamente el único beneficiario del conflicto. Sus bajas habían sido relativamente pocas, su territorio estaba intacto, concentraba la mayor masa financiera en el mundo y sus tropas se distribuían en todo el planeta. Gran Bretaña estaba agotada, Francia de rodillas, Alemania pulverizada y la Unión Soviética desangrada y con la mitad europea de su territorio en ruinas. Pronto el planeta volvería a dividirse en dos o mejor tres secciones –el llamado mundo libre, el bloque soviético y el tercer mundo-, pero Washington señoreaba sobre el conjunto, pese a todo.

El cumplimiento de “destino manifiesto”, sin embargo, había dado una señal aterradora sobre su naturaleza cuando los hongos atómicos se elevaron sobre Hiroshima y Nagasaki. La luz siniestra de una ciencia escapada de la Caja de Pandora, iba a iluminar de ahí en más a un mundo lleno de contradicciones cuya dínamo central era y es la crisis del capitalismo. En su marcha por la globalización asimétrica, liderada por Estados Unidos, barrió al socialismo real y abatió a la mayor parte de sus enemigos. Pero los rasgos peculiares del país conductor han multiplicado las tendencias explosivas del capitalismo, redoblado su desaforado afán de hegemonía y su incapacidad para auto-restringirse, terminando por devolver al planeta al estado en que se encontraba al comenzar el período de las guerras mundiales. Es decir,  a una pugna entre potencias que se disputan la primacía. Solo que los hombres de 1914, si bien disponían de medios devastadores para hacer daño, con estos no podían infligir un golpe aniquilador y definitivo, como es el caso hoy. Además no caían exactamente en la cuenta de qué era a lo que se arriesgaban, mientras que quienes disponen de las palancas del poder en este momento sí saben cuál puede ser el resultado final y extremo del juego de tensiones e intervenciones armadas que están dispuestos a practicar en cualquier ocasión propicia.

Se dirá que en última instancia nadie va a pulsar el botón… Pero esta es una hipótesis optimista. Para que el recurso a la amenaza sea válido es preciso que quien la emite persuada a su enemigo que es capaz de ponerla en práctica. Lo cual supone que en consecuencia temerá un anticipo de la respuesta del otro; es decir, una acción preventiva. Con lo que se crea un círculo vicioso que en algún momento puede explotar.

Las preguntas que plantea este panorama no tienen respuesta. Pues estas sólo pueden brotar si existe una base social contestataria que sea capaz de cuestionar el quehacer de la capa dirigente y de sus intermediarios de la clase política, que en general son cómplices del sistema o parte de este, o practican un realismo de patas cortas, interesado sobre todo por la faceta maniobrera del oficio, sin cuidarse mucho del cariz humano, social e ideológico que debería tener la comunidad de la que son representantes. Mirando alrededor se percibe que la inquietud cunde en las bases sociales en gran parte del mundo, sólo que hasta aquí está en fase gaseosa, sin encontrar el vehículo ideológico que sea capaz de comprimir su energía y dirigirla en la dirección correcta. Como lo dijo Gramsci, gran intérprete de nuestro tiempo: “Lo viejo no acaba de morir, y lo nuevo no termina de nacer”.

 

 

[i] McCollum, hijo de un misionero bautista, había nacido en Nagasaki, había transcurrido su infancia en Japón, hablaba fluidamente el idioma y conocía desde dentro los repliegues de la psicología japonesa.

 

[ii] Todos estos datos y precisiones, incluido el reporte McCollum, provienen del minucioso, interesantísimo y controvertido libro de Robert B. Stinnet: “Day of Deceit. The Truth about FDR and Pearl Harbor, al que leí en su versión italiana, publicada por Il Saggiatore con el título “Il Giorno dell’ Inganno”, Milán 2000.

 

[iii] Salvo el estado títere del Manchukúo, anexado por Japón tras el incidente de Mukden, en 1931.

 

[iv] Adam Schom: “La guerra del Pacífico”, Barcelona 2005.

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