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18
OCT
2022
El sabotaje a los gasoductos del Nord Stream es un flagrante acto de guerra de doble objetivo, que todos se esfuerzan por no llamar por su nombre.

El mundo aparece atravesado por conflictos tenaces que no llevan muestras de resolverse ni a corto ni a largo plazo. Es como si, después del fracaso del “asalto al cielo” que implicó la fractura del proyecto comunista, se hubiese ingresado a una etapa oscura,  donde lo único que se vislumbra es una conflictividad permanente que, a pesar del desgaste y el agotamiento que ella significa, no origina ninguna opción de cambio real que termine de abrirse camino. Mucho se habla, con horror, de una derechización de la política como revelación de un cambio regresivo en la temperatura ambiente. Ejemplos como Trump en Estados Unidos, Bolsonaro en Brasil, Giorgia Meloni en Italia darían fe de esta tendencia. Creo que es peor. Pues en el fondo se trata de síntomas más que de programas; de expresiones de un desajuste psicológico más que de posicionamientos de fondo. La masa, harta de un discurso progresista que confunde revolución con una catarata de benevolentes inanidades –políticas de género, lenguaje inclusivo, indigenismos sobredimensionados y sospechosamente coincidentes con las políticas centrífugas que practica el imperialismo sobre las sociedades insuficientemente constituidas- la masa, digo, ya trabajada por la aculturación mediática, se prende al discurso simplista de una anti-política que en la generalidad de los casos no ofrece otra cosa que la reconfirmación de los programas neoliberales en materia económica. Si no, observemos el cambio de tono de la posfascista Giorgia Meloni en Italia cuando ha tenido la casi certeza de ser nombrada primera ministra: ya declarada defensora de las políticas de ajuste, se ha tornado también acomodaticia ahora con la UE y se ha transformado en una acérrima defensora de Ucrania en su guerra con Rusia.

Este último conflicto no es otra cosa que un emprendimiento estadounidense para desarticular a Rusia como potencia y cancelar a la Unión Europea como posibilidad de poder autónomo cortándole el nexo con su vecino del Este. Azuzados a enfrentar a  Rusia y a cortar sus lazos económicos con esta, los países de la UE están en tren de sumirse en una crisis inacabable como consecuencia de tener que pasar a depender de la energía carísima que habrán de suministrarle Estados Unidos y sus aliados del medio oriente, para reemplazar la provisión del gas ruso.

La CPE

Hay indicios de reacción, como puede ser la creación de la Comunidad Política Europea, una iniciativa de Emmanuel Macron asistida por el canciller alemán Olaf Scholz. La primera reunión del nuevo organismo tuvo lugar el pasado lunes en el Castillo de Praga. Su objetivo es crear una Europa más dura en el plano de la seguridad, más autosuficiente en defensa, lo que podría verse como un intento de organizarse fuera del marco de la OTAN, que se encuentra absolutamente subordinada a las órdenes de Washington. Pero esta creación, que podría considerarse  como un intento para escapar hacia mar abierto, saliendo de los marcos que plantea la alianza noratlántica, no tardó en ser desvirtuada por las declaraciones del alto representante para la política exterior de la UE, el español Josep Borrell, quien dijo que “esta Rusia, la Rusia de Putin, no tiene lugar aquí”.  El servilismo de la casta política y de la tecnocracia económica que comanda Europa, su obediencia automática a los dictados de Washington, son factores que sorprenden y que sólo son posibles por el fracaso de los partidos que conformaran la vieja izquierda para escapar al lazo de hierro del conformismo ideológico que implica la adhesión a la “corrección política”: caballito de batalla al que se montaron las tendencias anticonformistas de todos los matices después de la segunda guerra mundial.[i]

Pero es que izquierda y derecha son vocablos que han perdido entidad. Suenan a hueco, no alcanzan a significar nada. Son a menudo un comodín para describir genéricamente dos tipos de postura frente a las cosas: malhumorada, irracional y cerril, una; beata o alucinadamente optimista la otra. Desde luego que hay ámbitos de reflexión seria en los que muchos se esfuerzan por decantar un discurso que se reconoce en esas dos matrices del pensamiento y buscan fusionar la praxis con el pensamiento crítico, pero a nivel de calle o de panel televisivo esas cualidades más bien brillan por su ausencia.

Ahora bien, cualesquiera hayan sido los horrores que se cometieron en nombre del comunismo o del fascismo en el período de entreguerras y durante la guerra misma, poseían características fuertes, se proponían metas sociales, geopolíticas y culturales y asumían compromisos que apuntaban a quebrar o a modificar los pilares del estatus quo. El comunismo lo hacía –idealmente- para proponer una alternativa radicalmente opuesta al capitalismo. El fascismo y el nazismo, que eran la proyección de  la frustración del imperialismo de Italia y Alemania porque habían llegado tarde al reparto de un mundo del que ya se habían apropiado Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos, con Holanda y Bélgica como socios menores. El de Japón fue un caso similar, aunque sin los oropeles ideológicos que investía la derecha en los países “blancos” y con la originalidad de representar a un imperialismo “de color”, primer síntoma de la crisis que pronto afectaría al colonialismo europeo de viejo estilo.

Sabotaje

En la actualidad no existen perfiles ideológicos que puedan competir con los de aquel entonces. Lo que ha quedado en pie después de la guerra mundial y de la guerra fría es la política de poder, expresada sin cortapisas por Wall Street y la City de Londres a través de su brazo ejecutivo, las oligarquías políticas norteamericana y británica, que buscan una globalización asimétrica a través de la cual poder controlar el mundo. En estos días ese brazo ejecutivo ha cometido uno de las violaciones más flagrantes que se recuerden en materia de derecho internacional. Para corroborar su política de cerco a Rusia y a su forzada  desconexión de Europa occidental, especialmente de Alemania, ha saboteado los dos gasoductos Nord Stream mediante explosiones cuya naturaleza en principio no se ha podido determinar, pero sobre cuyo origen nadie se llama a engaño: esos episodios forman parte de la imposición de un cambio en el aprovisionamiento energético a todos los países de Europa occidental y central, cambio urdido por los servicios de inteligencia estadounidenses, británicos y con toda seguridad también bálticos, donde las regurgitaciones del nazismo siguen activas.

En otras condiciones este acto hubiera significado un casus belli. La necesidad de Rusia de no dejarse involucrar (por ahora) en un conflicto abierto con Estados Unidos que acercaría al mundo entero al borde de una guerra nuclear, frena una represalia. Pero hay que comprender que este sabotaje es un acto de guerra, ostensiblemente dirigido contra Rusia, pero también contra Alemania y contra Francia y Holanda, coproprietarios de esas gigantescas estructuras. A esto se suma el dato de que la tercera vía por donde fluía el gas ruso hacia Europa, el Turkish Stream, está paralizado porque no puede recibir el mantenimiento técnico que necesita porque lo impiden las sanciones que la misma Unión Europea ha adoptado en obediencia a las órdenes de Estados Unidos...[ii]

Los mass -media y los portavoces oficiales del sistema cada vez se preocupan menos de negar a estas hipótesis como parte de una concepción “conspirativa”  de la  política o la historia: hay tanta coincidencia entre las necesidades tácticas y estratégicas del imperialismo y los crímenes que aportan agua a su molino, que los desmentidos y las auto-exculpaciones se parecen cada vez más a un acto reflejo antes que a un honesto rechazo de unas presuntas fake-news. Los ejemplos son legión. Arrancando con los confesados intentos de asesinato contra Fidel Castro, los atentados frustrados, logrados o disimulados a lo largo de medio siglo forman fila. [iii] Los intentos de asesinato contra el general De Gaulle fueron obra de la OAS, pero quienes pudieron influir desde las sombras para urdir esos proyectos fueron varios. La desaparición del defensor de una Europa de las naciones extendida desde París a los Urales era cosa apetecible para la inteligencia norteamericana. Nadie lo afirmó en ese momento, pero el ministro de exteriores francés Maurice Couve de Murville mencionó más adelante el papel del Opus Dei y de la CIA en el financiamiento de esos intentos de magnicidio. A esto cabe sumar otra hipótesis no menos escandalosa, el asesinato por ETA del almirante Carrero Blanco, que obturó el intento de prolongar el franquismo después de Franco y allanó el camino para el ingreso de España a la plena sociedad de mercado y a su liberalización, y  también a potenciar sus tendencias centrífugas. En esta gira en tinieblas, las muertes de Yasser Arafat y de Hugo Chávez envueltas en un halo de sospechas que más bien son certezas, aunque no se las pueda comprobar de manera fehaciente; la sangrienta partición de Yugoslavia; la liquidación de Saddam Hussein en un juicio amañado; el linchamiento de Muammar Gadafi y la deliberada sumersión de Libia en el caos, más la procesión de asesinatos selectivos que marcan el accionar anglo-norteamericano-israelí en Medio Oriente, todos son hechos califican una realidad que se vuelve cada vez más sombría. Y no hay razón alguna para excluir de este circuito siniestro al frustrado atentado contra nuestra dos veces presidenta y actual vicepresidenta Cristina Kirchner.

Los bailarines en esta danza macabra son múltiples. Los personeros del turbocapitalismo, también llamado neoliberalismo, afincados o enquistados tanto en las sociedades del subdesarrollo como en las que no lo son, tienen la ventaja del anonimato, reflejo a su vez del carácter huidizo de los flujos financieros y de la dificultad para fijarlos en un lugar, lo que dificulta la posibilidad de intervenirlos. Desde esa galaxia aparentemente intangible operan irresponsablemente.

Winston Churchill, adalid del sistema imperial anglo-estadounidense que hoy cursa su propia decadencia pero que prosigue proyectando su influencia sobre el mundo, tituló al primer volumen de sus memorias sobre la segunda guerra mundial: “Se cierne la tormenta”. De igual forma cabe definir a los tiempos que están corriendo.

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[i] Aunque el motivo invocado por la nueva comunidad es defenderse de Rusia, habrá que ver sin embargo cómo evoluciona el organismo. Una nueva teoría militar para Europa sólo tendrá sentido si el viejo mundo recalibra la proyección geopolítica que practica desde la segunda posguerra. En cuyo caso el actual antagonismo respecto a Rusia habrá pasado a mejor vida. No es la primera vez que con una declaración ostensible se velan variantes potenciales que podrían discurrir en sentido contrario…

 

[ii] Datos consignados en el artículo de Thierry Meissan “Estados Unidos declara la guerra…”, aparecido en Red Voltaire el 4.10.22.

 

 [iii] También los ha habido del otro lado, desde luego, pero en ningún caso tan frecuentes ni dirigidos contra objetivos tan conspicuos.

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