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05
DIC
2022
Los medios son el primer campo de batalla de la política moderna. En Argentina escasean los debates medulares que ayuden a comprender la situación del país en su contexto histórico y global.

Si se desea seguir la programación dirigida a relevar la actualidad política en los canales de televisión argentinos es imposible no sentirse abrumado por el carácter caótico, bullanguero y pendenciero que suelen revestir la generalidad de los programas que se proponen debatir la actualidad del país a través de paneles periodísticos. La mesa periodística abocada al análisis, más algunos invitados, por lo general se interesa en discernir culpas por todo lo que está mal, a formular denuncias –algunas justificadas, otras elaboradas con evidente mala leche-; a develar conspiraciones y a significar los peligros que depara la situación que nos envuelve; pero pocas veces se recomiendan medidas dirigidas a enmendar el caos. Y una y otra vez la culpa es siempre del otro.

Los programas que portan el sello del monopolio Clarín-La Nación son simplemente abominables y no requieren de mayor análisis: consisten en la demonización de la figura de la vicepresidenta, en la repetición obsesiva de mentiras como la de “¡se robaron un presupuesto!” (o dos, o diez), que machacadas hasta el cansancio pueden convencer al espectador predispuesto en contra de Cristina, o al perteneciente a esa masa flotante de indiferentes o de perezosos intelectuales, vagamente racistas, en busca de un chivo expiatorio en el cual desahogar su resentimiento de clase y su frustración por no formar parte de un país y una raza “superiores”. Esta propaganda tóxica es en parte responsable del intento de asesinato contra la ex presidenta; la otra parte de la responsabilidad puede corresponder a los todavía incomprobables gestores del atentado, manipuladores de los hilos que movieron a los “loquitos” de turno, sobre quienes el ex presidente Macri descargó la culpa no bien el hecho se produjo.[i]

El cuanto a los programas que se pueden adscribir a este lado de la grieta se señalan por una disposición menos histérica y más genuina por su comprensión de una pertenencia más arraigada a nuestra realidad. El concepto de nación e incluso el de nación latinoamericana los sobrevuela. No cabe la menor duda de que, puestos a elegir entre los bandos que confusamente se enredan en esta no menos confusa disputa, nuestro lugar estará siempre en el de los que de una manera imperfecta y desordenada se alinean en el bando nacional y popular. Pero al mismo tiempo es imposible no deplorar la falta de consistencia que ostentan algunos de sus elementos más en evidencia y su propensión a hacer ruido más que a producir “efectividades conducentes”, como decía Irigoyen.

Sé que debe resultar medio odioso para la progresía la insistencia de esta página en la  crítica que le dirige: a su tendencia a tomar sus deseos por realidades y a creerse en posesión de una verdad superior, sin nunca ocuparse de revisar sus propios errores. Que fueron muchos y graves, desde la década de los 70 para acá, y cuyas raíces cabe rastrear desde mucho antes. Concretamente, desde la aparición del peronismo: ecuación difícil de resolver para las mentalidades tentadas por los sistemas de raciocinio cuya lógica suele vertebrarse rígidamente: silogística antes que dialécticamente.

Esto viene a propósito del “Caníbales” del pasado domingo, difundido por C5N. Junto a “Brotes Verdes”, manejado por Alejandro Bercovich los martes a través de ese mismo canal, se cuenta entre los programas políticos que cabe seguir con más interés. El de Bercovich por su profusión de datos económicos explicados de manera clara y diáfanamente vinculados a la situación política, y el piloteado por Julián Guarino por la agilidad, vivacidad y franqueza de los intercambios que se producen entre los integrantes del panel.

Esta franqueza viene a poner de manifiesto datos que la “astucia” política tendería a disimular, pero que resultan refrescantes y que son útiles a la hora de discernir tanto las fortalezas como las debilidades del progresismo –categoría tal vez más psicológica que política que imbuye a la generación de la clase media ilustrada que, en los 70, se decantó por el bando nacional y popular, rebelándose contra el gorilismo que afligió a la generación de sus padres.

En esta ocasión el dato revelador surgió de una discusión entre el doctor José Manuel Ubeira, uno de los abogados de Cristina Kirchner, y Liliana Hendel, psicóloga, periodista y feminista. Según lo que recuerdo del programa, las chispas saltaron cuando el Dr. Ubeira defendió la necesidad de instaurar el juicio por jurados en el sistema jurídico argentino, en razón del carácter positivo del recurso, más apto que el juicio por jueces para garantizar una representación abarcadora de los estratos sociales argentinos y establecer, en consecuencia, un contrapeso a las decisiones de unos magistrados que eventualmente pueden estar determinados por intereses sectoriales o por influencias económicas y políticas.

A esta postura reaccionó vivamente la licenciada Hendel, quien invitó a Ubeira a visitar las barriadas donde ella trabaja y a pulsar la sensibilidad de la gente que allí habita para comprobar lo vinculada que aún se encuentra a lo que ella estima –no recuerdo bien los términos exactos, pero este era, creo, su sentido- la subordinación de los hombres y las mujeres a los criterios patriarcales o, en cualquier caso, apartados de las nociones de la política de género. Lo cual, naturalmente, crearía un riesgo de una predisposición contraria a esta en cualquier diferendo jurídico que se jugase en torno a casos vinculados a la problemática familiar y fuera sometido a la decisión de un jurado popular.

Pero, ¿no es esto sustitutismo? ¿No es incurrir en el error de afirmar que el pueblo soberano no puede serlo porque no está en condiciones de gobernarse a sí mismo? Este tipo de afirmaciones nos recuerda la irónica frase de Arturo Jauretche para evaluar a los miembros de la “junta consultiva” que los golpistas de 1955 formaron para sustentar ideológicamente los actos de la revolución fusiladora: “La democracia no es el gobierno de las mayorías, sino el gobierno de los democráticos”.

Según Hendel, un juez, más preparado y avanzado (atento siempre a lo políticamente correcto, añadiríamos nosotros) sería en consecuencia más permeable a los criterios feministas, mientras que un jurado popular, carente de ese cuidado y apegado tal vez al criterio tradicional de la familia núcleo, podría ser en cambio mucho más coriáceo a las demandas de la modernidad.

La posición de Hendel es inquietante, sobre todo si se toma en cuenta una declaración suya de unos años atrás, en la cual afirmaba que en las situaciones de violencia de género, por la dimensión del problema, debía invertirse la carga de la prueba. “Es decir, si yo digo que él es culpable, él es culpable hasta que demuestre lo contrario.”

Este tipo de disquisición plantea un problema que no es menor. La Argentina fue conformada a viva fuerza por una casta que se presumía ilustrada, pero que en realidad era la correa de transmisión de un poder foráneo. No fue este el caso del progresismo de cuño setentista, ni lo es en el de ahora, por supuesto; pero en el plano de los hechos su voluntad sustitutiva fungió prácticamente en el mismo sentido durante “los años de plomo” y contribuyó decisivamente a desarticular un frente nacional recién constituido al sabotear la autoridad de Perón y la de su patética sucesora. Y ahora los ecos y las rémoras de esa actitud persisten en un ámbito tan determinante como es el de la impartición de justicia y de la organización (o desorganización) de la vida familiar. Dictaminar desde arriba (o más bien desde una imaginaria superioridad) lo que está bien o está mal en función de una convicción previa en temas que atañen a la sensibilidad privada, y oponerse por esta razón a la institucionalización de un recurso como el juicio por jurados que introduciría un cierto balance en ese espacio, es marcadamente autoritario. Y poco seductor.

El problema de la comunicación política por vía audiovisual, la manera de plantear el tema de la liberación nacional y social, y toda una serie de asuntos a ella anejos, exige un tratamiento muy largo y difícil. La apertura del año electoral y el incómodo camino que ofrece van a demandar un esfuerzo muy grande para poder remontarlo. Con todo lo decepcionante y frustrante que ha sido la administración de Alberto Fernández, ha supuesto, a pesar de todo, un relativo freno a la devastación neoliberal. Pero es evidente que ese freno no ha bastado. La crisis va en aumento y la ausencia de planes coherentes para oponérsele y para generar un cambio drástico en las coordenadas por las que marcha el país, inducen a la indiferencia, a la bronca sin objetivo preciso o a predisponer a la escucha de los demagogos estilo Milei. Tal como están las cosas las fuerzas del conglomerado reaccionario se relamen en este momento porque creen que nada podrá obstaculizar su regreso a tambor batiente, con un programa que ya ni siquiera se preocupa de disimular su decisión de proceder a un ajuste feroz que remate lo operado por la “libertadora”, el onganiato, la dictadura y los gobiernos de Menem y Macri.

Es por esto que el asunto que apenas rozamos hoy es prioritario. Utilizar a fondo los escasos recursos de los que el frente nacional y popular dispone para contrabatir la artillería mediática del sistema, es un expediente para establecer una primera línea de resistencia. Pero por supuesto que nada de lo que se pueda argumentar allí bastará por sí solo para suplir la inexistencia de políticas de fondo dirigidas a cambiar la estructura que sostiene al país. Estamos necesitados de señales al menos, que indiquen que hemos comenzado a recorrer ese camino.

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[i] Incomprobables en buena medida porque la jueza, el fiscal y las fuerzas de seguridad encargados de llevar adelante la investigación extraviaron o dejaron que se borraran pistas que podrían haber establecido responsabilidades a un nivel más alto que el de los perpetradores directos del frustrado crimen.

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