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24
SEP
2023
En un mundo difícil pero sembrado de oportunidades, el país se asoma a las elecciones afligido por un desconcierto muy peligroso. La amenaza de un triunfo del bando ultraliberal es un dato que debe ser revertido.

El sistema político institucional argentino está en crisis. Crisis que parece ser definitiva. En efecto, ¿de qué otra manera puede verse el hecho de que dos de los tres candidatos con posibilidad de asumir la presidencia de la república sean manifiestamente inhábiles para el cargo, y que, sin embargo, tengan una alta probabilidad de ocuparlo? Javier Milei es un hatajo de manifestaciones desatinadas y su personalidad ostenta rasgos de inestabilidad psicológica manifiesta. En cuanto a Patricia Bullrich es incomprensible que, dada su prestación ante las cámaras y su rotunda ignorancia en materia económica, pueda haber llegado adonde llegó, a lo largo de una carrera repleta de cambios de frente, pero de conspicua adhesión al poder de turno. En lo que ambos se identifican, empero, es en su defensa de la “apertura al mundo”: en el derribo de las barreras arancelarias, en la defensa de la portación de armas de fuego (más allá de algunas cosméticas correcciones para la platea); en la reivindicación de la tolerancia cero frente al delito, en el desmantelamiento del estado, en la abominación de los sindicatos, de la salud pública y de los subsidios sociales. Y, por último, en la execración del peronismo, que en el caso de Bullrich ésta prefiere denominar como kirchnerismo. Hay matices entre ambos, desde luego: la apelación al libre comercio llevó en algún momento, a Milei, a considerar admisible el tráfico de órganos…

 Del otro lado nos encontramos con la figura de Sergio Massa, un abogado y político muy calificado, con gran capacidad de gestión, ambición de poder, abundante experiencia parlamentaria y en el manejo de la cosa pública, que se está revelando como un excelente orador y que transmite una sensación de tranquilidad y firmeza. Está lastrado, y no sólo ante el grupo de presión conformado por La Cámpora, por sus lazos con la “embajada” y por sus buenos vínculos con figuras del establishment del país del norte. Pero esto no necesariamente debería ser una desventaja sino, más bien al contrario, en las presentes circunstancias podría representar un aditivo para mantener en un nivel de cierta fluidez unas relaciones que no podrán ser amenas, ni ahora ni en el futuro. Massa es, por estos rasgos y por el hecho de que se está revelando como un eficiente componedor de las relaciones entre el peronismo y el movimiento sindical, muy maltrechas durante la segunda presidencia de Cristina Kirchner, el único candidato que, a nuestro parecer, reviste entidad suficiente como para pilotar este avión en barrena en que el macrismo convirtió al país al contraer su deuda infame. Sin olvidar la contribución que a esta situación aportaron la pandemia, la sequía y las hesitaciones del actual gobierno frente a sectores del empresariado y el poder judicial.

El cuadro global

El candidato de Unión por la Patria ha puesto en el medio de su propuesta política la formación de un gobierno de unidad nacional para afrontar una crisis que tiene como factor fundamental la deuda legada por el PRO, pero que engarza con una situación internacional que tiene el carácter de un cambio de época. Se vive, en efecto, un momento de transición hacia un orden nuevo. La definición de este nuevo orden mundial emergente no es fácil, pues se enfrenta a la oposición del sistema neoliberal cohesionado por el bloque anglosajón que, si bien está en vías de perder su preeminencia, sigue anclado a un enorme poder financiero, tecnológico y militar. Este núcleo todavía representa un factor de poder cuyos dueños no responden a determinación democrática alguna, pues forman parte de un entramado anónimo de entidades financieras y bancarias que no posee una representación específica y resulta inalcanzable en su anonimato. Ante la amenaza de decadencia, tiende a tornarse cada vez más errático y a impulsar a su brazo ejecutivo, los gobiernos del llamado “mundo libre” (en especial el de Estados Unidos, que tiene su propia “hubris”, por otra parte) a políticas más agresivas, dirigidas a frenar o eventualmente destruir a las fuerzas que se le oponen.

Argentina tiene que encontrar un lugar en este gigantesco movimiento. Por primera vez las cartas parecen jugar a nuestro favor. La constitución de bloques que apuntan a configurar un mundo multipolar garantiza hasta cierto punto una libertad de maniobra que debería verse acrecentada por tener a nuestra disposición de materiales estratégicos de primera necesidad que son requeridos por todos: litio, petróleo, gas, alimentos, una enorme gama de minerales, reservas hídricas y forestales, tecnología nuclear, recursos humanos. Esto siempre y cuando nosotros mismos formemos parte del bloque al cual nos asigna nuestra fatalidad geopolítica –esto es, el conglomerado latinoamericano o iberoamericano, independizado de la tutela imperial y capaz de ir definiendo sus metas con una comprensión clara tanto de sus límites como de los momentos en que es posible modificarlos.

 La percepción histórica y política de esta coyuntura es esencial para poder sobrellevarla y aprovecharla. En este momento Iberoamérica cuenta con una figura excepcional capaz de resumir esta conciencia: el presidente de Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva. Su defensa de la Argentina ante el dogal sofocante de la deuda revela la agudeza de su percepción estratégica y su necesidad (que es también la nuestra) de contar con un aliado de peso y perfectamente complementario a su lado. Pero con él solo no basta; es preciso que, tanto en Brasil como en Argentina, crezca una noción de integración o si se quiere de proximidad, que fusione economía, política y defensa como una tríada capaz de imponerse sobre las tendencias reaccionarias y centrífugas de la casta oligárquica que ha crecido en simbiosis con el imperialismo y cuya mentalidad dependiente ha inficionado a sectores amplios de la burguesía y la clase media.

En la medida en que esta clase oligárquica no ha estado desprovista de méritos (aunque en ocasiones artificiosos y poco originales) su impronta ha permanecido. Nadie podrá arrancar del substrato de la cultura argentina a Sarmiento ni a Mitre, inventor del mito fundante de la historia oficial, y está bien que así sea. Desmontar su influencia es parte de una tarea abocada a reinterpretar el monumento en cartón maché que nos ha dejado. Ese trabajo ya ha sido realizado en gran parte por el revisionismo histórico, con un talante demoledor a veces excesivo. El monolito de la historia oficial está semiderruido, en buena hora, pero requiere ser superado sin ignorarlo. No podemos suprimir los valores intrínsecos de la forma que le han dado algunos de ellos, Sarmiento, por ejemplo. Incluso por su potencia narrativa, que lo tornó doblemente fascinante. Entender esto será empezar a entendernos. Y una buena manera de resolver o empezar a disolver los rencores y enconos que impiden la aproximación entre hermanos-enemigos y la consolidación de una política de estado en todo lo referido al interés nacional.

En medio de este trabajo que supondrá la batalla por la cultura se encuentra la tarea paralela y aún más urgente de encontrar las claves para desembarazarnos del atolladero en que nos encontramos. No parece haber otra vía que una concertación nacional. Pero esta sólo será posible en lo inmediato si triunfa –en una primera o en una segunda instancia- la fórmula de Unión por la Patria. Al menos esta agrupación no proclama la reducción del estado a proporciones pigmeas, volviendo a proponer, como hacen las otras dos fuerzas, la tercera o cuarta subasta de sus bienes –YPF, Aerolíneas, el litio, ¡la moneda!, etc.- y creemos que puede postular una política exterior que tome en cuenta los equilibrios que deben buscarse en un mundo en trance y en rápida evolución. Lamentablemente esa plataforma que puntualice y esclarezca estos asuntos no termina de tomar cuerpo; hasta aquí hay que contentarse con afirmaciones genéricas, que no comprometen demasiado.

No es tiempo el que ha faltado; más bien pareciera que no ha habido voluntad para asumir una tarea que requiere de voluntad, astucia, coherencia y una cierta grandeza para mantener el rumbo de la nave más allá de las inevitables oscilaciones que impone la coyuntura. Un posible gobierno de unidad nacional, como el que proclama Massa, es un buen principio, que no debe ser entendido ni como un expediente oportunista para salir del paso ni como un acomodamiento que rejunte a quienes se precipitarán a ese nuevo núcleo como forma de escapar al aislamiento o a la insignificancia a la que ellos mismos se han condenado al abandonar sus viejas formaciones en la persecución de su provecho personal o estrechamente sectorial (Schiaretti, Pichetto, etc). Pero hay grandes sectores en la oposición –buena parte del radicalismo, la izquierda doctrinaria, y sectores que no poseen un corpus ideológico conformado, pero que en el fondo de su desconcierto sienten un apego raigal por su tierra, que podrían responder al llamado.

Argentina se enfrenta a un momento difícil. Deberá realizar un largo recorrido para encontrarse. El primer movimiento para echar a andar, sin embargo, será conseguir que Unión por la Patria venza en las próximas elecciones, sea en la primera o en la segunda vuelta. Luego se verá cómo evolucionan las cosas. Desde mi modesto punto de vista, no hay otra alternativa. 

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