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15
ENE
2024

El Waterloo de Ridley Scott

Joaquín Phoenix hace de Napoleón.
Joaquín Phoenix hace de Napoleón.
La biografía de Napoleón intentada por Ridley Scott no convence. Muchas banderas, pero el viento no sopla en ellas.

Fue Talleyrand quien dijo, refiriéndose al fusilamiento del duque d’Enghien ordenado por Napoleón: “Se trató de algo peor que un crimen; fue un error”. La frase fue retomada por un catedrático español para evaluar la película sobre el gran corso que recientemente filmara Ridley Scott, invirtiendo su sentido: “el filme de Scott no es un error, es un crimen”. Suscribo ese parecer, haciendo la salvedad de que no lo hago por arrogancia crítica pues comprendo muy bien las enormes dificultades que implica un emprendimiento narrativo de ese tipo, sino como amateur de historia y como apasionado cultor de la literatura y el cine que abordan el tema.

Se dice que la versión original del producto dura más de cuatro horas, ¿las reservarán para fragmentarlas en una miniserie? Quizá. Pero a estar por lo visto en la versión que se ha proyectado en los cines me temo que no haya muchas mejoras; quizá un mejor dibujo de algunos caracteres secundarios, tal vez una relación más circunstanciada de la vida de Napoleón, pero nada podrá evitar la sensación de incomodidad y hastío que al menos a mí produce la película, pese a los muchos méritos técnicos y a algunos rasgos de humor que deben reconocérsele.

Es cierto que no se debe requerir que una obra de ficción reproduzca con rigor los datos biográficos de un personaje histórico. Ridley Scott está muy consciente de esto y se valió del argumento antes incluso de que aparecieran las críticas que le reprocharían sus falencias en este rubro. No hay mejor defensa que un buen ataque. Pero es no significa que se deba perder el sentido de la realidad y se suprima hasta la mención de facetas decisivas para la caracterización del personaje, como fue su obra política amén de la militar, y se lo muestre como a un individuo zafio, grosero, y responsable de la muerte de 3 millones de personas a lo largo de sus campañas. Las guerras de la Revolución y del Imperio en efecto costaron la vida a millones de soldados, pero atribuir la responsabilidad de esa hecatombe exclusivamente a Napoleón es una licencia que Scott y su libretista asumen como consecuencia de su compenetración con las tesis británicas que presentan siempre a la isla como baluarte de las libertades cuando, en realidad, el período 1789-1815 es el de la afirmación de la potencia inglesa a través de la eliminación de su competidor histórico, Francia. Gran Bretaña pagó coalición tras coalición a las monarquías absolutistas  europeas para ayudarlas a guerrear contra la potencia revolucionaria que había osado barrer a la nobleza y a las supervivencias feudales de su propio territorio. Mientras Napoleón lidiaba contra esa hidra constantemente renovada, Gran Bretaña se expandía sobre el planeta, compensando así la pérdida de sus colonias norteamericanas: se afirmó en Sudáfrica, el Caribe, la India... Y no olvidemos las dos invasiones inglesas a Buenos Aires y la fugaz toma de Montevideo.

Ahora bien, la apreciación subjetiva de un director anglosajón respecto a Napoleón no tendría que haber invalidado su filme sobre este personaje. Hay en esta obra errores de factura que son mucho más graves. Después de todo a Alejandro Dumas se le perdonan sus múltiples inverosimilitudes históricas en aras del arrollador entretenimiento que otorga su arte de narrador. Y con frecuencia el retrato de los personajes históricos con los que el autor francés lidia es convincente, como lo son los del cardenal Richelieu o Enrique de Navarra. El problema de Scott reside en que las personalidades a las que dibuja en “Napoleón”, al revés de lo que sucede con Dumas, carecen de atractivo, son artificiosas, y la puesta en escena de los acontecimientos de los que participan es asimismo burda.

Joaquín Phoenix está a años luz de sus mejores interpretaciones. Tal vez abrumado por la magnitud del personaje o quizá temiendo la comparación inevitable que habría de hacerse con otros actores que también se pusieron en la piel de Napoleón, como Rod Steiger, Marlon Brando o el estupendo Albert Dieudonné de la versión muda rodada por Abel Gance. Phoenix no encuentra otro modo de escapar al desafío que fijarse en una actitud hierática y para nada comunicativa; salvo en algunas de las escenas, jugadas con humor, en que lidia con Vanessa Kirby en el papel de su esposa Josefina.

Kirby resulta mucho más convincente que Phoenix, aunque también aquí salta a la vista una contradicción flagrante con la verdad histórica: Josefina era una mujer hecha y digamos que “transitada” en el momento que conoció a Napoleón, y Kirby, al lado de Phoenix, que tiene en este momento más o menos la edad en que murió Napoleón, parece una adolescente.

La narración es incoherente. Procede a los saltos. Quizá con el metraje total mejoraría un poco, pero, tal como está, incluso a los versados en la historia del período les resulta difícil conectar los hechos. Faltan Marengo, Jena, Eylau, Wagram, la guerra de España, las campañas de 1813 y 1814, el Código Napoleón, el ordenamiento jurídico y fiscal de Francia bajo el mandato napoleónico; y la herida mortal que en ese momento se infiere al viejo orden europeo que, aunque se vuelva a estructurar en el Congreso de Viena, queda vulnerado en sus cimientos.

El catálogo de absurdos que se cuela en el relato no podría ser remediado por ninguna versión nueva. Napoleón joven es igual a Napoleón ya maduro: Scott ni se preocupó de maquillar adecuadamente a su actor, de modo que el héroe que aparece en la escena en que María Antonieta sube la guillotina es igual al Napoleón de Santa Helena. Esta presencia del futuro emperador en la plaza de la Revolución, que luego sería la plaza de la Concordia, es el primer disparate histórico en que incurre el filme: en ese momento Napoleón, de 25 años, estaba haciendo sus primeras armas en el sitio de Tolón. Pero las licencias van a acumularse. Empezando con la que se produce en esa misma escena: María Antonieta luce una larga cabellera blanca cuando la ex monarca en realidad tenía el pelo cortado a la altura de la nuca, como era de práctica con todos los condenados al patíbulo para facilitar el golpe de la cuchilla. Pero el expediente le sirve a Scott para pronunciar la crueldad de la escena cuando tienen que acomodar la cabeza de la reina en el tajo. Otras licencias son menos excusables. La carga de Napoleón a caballo en Waterloo, luchando a sablazo limpio como si fuera Maximo Decimo Meridio en “Gladiador”, es, como su infiltración en las líneas enemigas para espiar sus actividades en el sitio de Tolón y en Austerlitz, una pavada y un disparate. La descripción de las batallas también es inexacta y no se entiende por qué, contando con el presupuesto del que dispuso, Scott no lo invirtió más adecuadamente para representar a las formaciones militares en el orden característico de la época. Eso de las baterías disimuladas con lonas blancas en Austerlitz, el sobredimensionamiento del episodio del cañoneo de la superficie helada de un río que provoca el ahogamiento de los soldados austríacos y rusos en esa misma batalla, mientras que se resume la táctica de la victoria francesa con dos o tres órdenes que no tienen nada que ver con nada, son ejemplos de la gratuita discordancia que se establece entre la verdad histórica y una imaginación narrativa limitada. ¿Y qué me dicen de las estacas clavadas frente a las formaciones británicas en Waterloo, o del atrincheramiento de las tropas en el frente, como si se tratase del Somme o de Verdun en la primera guerra mundial? ¿Y qué hay de ese mosquete Brown Bess -¡con alza óptica!- con que un tirador inglés pretende alcanzar a un blanco situado a más de 1000 metros de distancia? Otras cosas son más pertinentes, como el acribillamiento con botes de metralla a las secciones realistas durante la sublevación monárquica contra el Directorio el 13 de Vendimiario de 1795, una secuencia verdaderamente lograda.

Pero, en suma, el conjunto aplasta. Hay, como no apuntarlo, una dirección de arte estupenda, los vestuaristas son una maravilla y la fotografía es riquísima. Pero, ¿quieren explicarme porqué todas las escenas de batallas están filmadas con filtros que simulan la noche o producen una media luz? ¿Dónde fue a parar el “sol de Austerlitz”? El gusto de Scott por la media sombra y por la luz crepuscular ya eran perceptibles en su primer largo metraje –y para mí su mejor película- “Los duelistas”. Esa maravilla también estaba ambientada en la época napoleónica y se sustentaba en una trama más limitada y a la vez más profunda: la rivalidad entre dos “sabreurs” de la Grande Armée que sostienen durante dos de décadas, por la locura de uno de ellos y por el peso de un código de honor absurdo, una serie de desafíos a muerte. Pero en ese filme Scott estaba sustentado por un cuento de Joseph Conrad que era a su vez una joya literaria dotada de un fino sustrato psicológico. En su actual “biopic” sobre el corso Scott ha contado con los servicios de David Scarpa, un guionista norteamericano con quien estaría trabajando ahora en una secuela de “Gladiador”. Este autor obviamente no dispone de la profundidad ni del refinamiento del escritor anglo-polaco.

La música del filme por suerte ha prescindido por esta vez de la ocurrencia de usar música rock, puesta de moda por Sofía Coppola para ambientar su María Antonieta; recurre a fragmentos de música clásica entre los que se llegan a reconocer unos acordes -¿de Haydn tal vez?- que escuchamos en la última adaptación de “Orgullo y prejuicio”. ¿Casualidad u homenaje a la muy bella adaptación que Joe Wright realizó de la novela de Jane Austen?

Tal como está, el “Napoleón” de Ridley Scott es un mamotreto bastante intransitable. Puede servir eso sí para incentivar la curiosidad de los más jóvenes en torno al personaje. Pero convendría recomendarle al director que se apee un poco de su desdén respecto a los críticos que meten mano en una obra de ficción apelando al rigor histórico: el arte se independiza solo hasta un cierto punto de la materia de la que un autor extrae los elementos para “narrar su sueño”. Napoleón es un personaje demasiado complejo y demasiado moderno para usarlo como pretexto para una fantasía que por otro lado requeriría en este caso de ligazón orgánica y de una ponderación dramática que el filme de Scott no tiene. Haría falta también un cierto grado de empatía con el personaje. No es fructífero intentar la biografía de alguien que no interesa o por quien sólo se siente una cierta antipatía.

A todos los cinéfilos nos hubiera gustado ver la película que Stanley Kubrick preparó sobre Napoleón y a la que no llegó porque la muerte le cortó el camino. Ahora se dice que Steven Spielberg se apresta a retomar el proyecto y a filmarlo de acuerdo a la ingente masa de material que Kubrick había acumulado. Promete ser una experiencia interesante, pero, de cualquier manera, no será lo mismo.

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“Napoleón”: Dirección, Ridley Scott; guión, David Scarpa; fotografía, Danusz Wolski; montaje: Claire Simpson y Sam Restivo; música, Martin Phipps; vestuario: Janty Yates. Intérpretes: Joaquín Phoenix, Vanessa Kirby, Tahar Rahim, Rupert Everett. Duración: 157 minutos.

 

 

 

 

                                                                                                            

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