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01
ABR
2024
Presidente Milei y vice Villarruel.
Presidente Milei y vice Villarruel.
Argentina orilla el manicomio. Los despropósitos de su presidente a propósito de otros líderes latinoamericanos arruinan la política exterior del país, mientras en el plano interno se pronuncia el desbarajuste. Tributo a Malvinas.

El presidente Javier Milei acaba de operar otro de los desaguisados que comprometen al país ante la opinión pública internacional y que dañan perdurablemente las relaciones entre Argentina y los hermanos países latinoamericanos. Que son, justamente, los que constituyen el espacio regional que debe conformar la proyección geoestratégica de la nación, su área vital de integración y crecimiento común.

En ocasión de una entrevista con el periodista Andrés Oppenheimer, Milei calificó al presidente mexicano Andrés Miguel López Obrador de ignorante. Antes había calificado al primer mandatario colombiano, Gustavo Petro, de marxista y “asesino terrorista”.

La canciller Diana Mondino, que quiso quitarle espinas al asunto, lo agravó aún más al decir que, “después de todo Petro fue terrorista (en otros tiempos)”, pretendiendo de paso reducir el choque entre los jefes de gobierno a un “diferendo personal”. Ahora bien, si Zutano hostiliza verbalmente a Mengano tal vez el asunto puede ser reducido a las proporciones de una discusión banal, pero cuando se trata de un presidente que se dirige al presidente de otro país la cosa cambia completamente de carácter, pues no se trata de un individuo cualquiera sino de una entidad simbólica tras la cual se encuentra el peso del país al que representa…

Este es un momento muy triste para la Argentina. Tiene por presidente a un impresentable. A un individuo que –más allá de cualquier psicopatología que pudiera o no afectarlo- es manifiestamente errático en sus comportamientos, carece del menor tacto político y divaga por las redes sociales en las horas que debería consagrar al descanso. Su orientación económica, social, ideológica y cultural es aberrante: propone la abolición del Estado y la preeminencia absoluta de la sociedad de mercado. En los tres meses que lleva gobernando no sólo ha producido un berenjenal institucional con su decreto de necesidad y urgencia sino que ha llevado adelante una ofensiva contra las provincias que devuelve actualidad a los litigios entre unitarios y federales, sentando como expediente natural de la política la extorsión económica del ejecutivo nacional –ese estado abominado por Milei- al país interior, a través de la retención de las partidas que constitucionalmente corresponden a las provincias. La analogía con el escamoteo de las rentas de la Aduana practicado por Buenos Aires para disciplinar al interior durante gran parte del siglo XIX es sorprendente y debería enseñar a los argentinos cómo los problemas de vieja data que cavaron la “grieta”, todavía hoy nos afligen. Con otras tónicas y otros registros, desde luego, pero siempre como factor distorsionante que traba el desarrollo del país.

 Aunque Milei se perfile como un “nerd” en política y parezca por momentos flotar en una nube de divagaciones y afirmaciones contundentes tan disparatadas como la imagen que se ha construido, no está solo. A su alrededor fluctúan las fuerzas del establishment conservador que lo sostienen y que forman los grandes empresarios, los oligopolios de la producción agroganadera, de los medios de comunicación, de la Bolsa y de la Banca transnacional, más o menos cohesionados detrás de la figura de Mauricio Macri, que de alguna manera domina el engendro del PRO, pero que no logra recuperar los niveles de credibilidad que perdió durante su presidencia. Milei, con su proceder tosco y antipolítico les está haciendo un doble favor: por un lado abre brecha en las defensas populares que todavía persisten frente al arrasamiento neoliberal que pende sobre las últimas estructuras de nuestro embrionario proyecto nacional; y por otro con su comportamiento rayano en la insania favorece la posibilidad de desplazarlo apenas sus truculentas maniobras le exploten en la cara y generen un desquicio nacional que imponga su relevo. Sea por insolvencia moral, inhabilidad en la gestión o renuncia. De ahí en más los equipos de demolición de la antipatria podrían operar con soltura, sobre un terreno allanado y hasta recibiendo el reconocimiento por el alivio que significaría salir del caos previamente elaborado. El recambio podría tener ya nombre: la vicepresidenta Victoria Villarruel ostenta una inteligencia, una habilidad política y un don de gentes que contrasta con el desequilibrio del presidente. Su vínculo con las fuerzas armadas es natural y fluido. Y se sabe que en un cambio en la cúpula, durante una circunstancia de conmoción general, el papel estas últimas será gravitante.

Claro está que para eso es necesario que exista esa conmoción pública. Y bien, hasta el momento, pese al programa arrasador puesto en práctica por el gobierno, esa reacción no se manifiesta. La oposición aparece perdida en sus internas, ningún programa alternativo al del gobierno se formula, se siguen balbuceando ñoñeces como esa que afirma que “deseamos que al gobierno le vaya bien, pues si le va bien, nos va bien a todos”. Que es como desearle suerte al ladrón que se apresta a desvalijarnos.

El impulso tiene que venir de otro lado. De la base social, fundamentalmente. Pero el nivel de apoyo al presidente que muestran las encuestas ha descendido apenas en unos tres puntos pesar de la carretada de desastres que provocaron la desvalorización del tipo de cambio, la quita de subsidios, los despidos en el estado, la ofensiva contra la salud pública y la educación, y el aumento constante de las tarifas . La gente espera, todavía.

¿Pero, qué espera y por qué? Hay sectores que están muy bien: son los que forman parte de la minoría privilegiada que se favorece con la brutal transferencia de ganancias. Hay otros que están bien, otros que pueden sobrellevar el temporal y que creen que serán favorecidos cuando la acumulación del sector privilegiado genere el efecto derrame, etc., etc. Estos últimos parecen olvidar que arrastramos el peso de una deuda externa cuyos intereses bloquean cualquier intento de desarrollo autónomo, lo cual inevitablemente arrojará a la periferia social y económica a una buena mitad de la población. Esto ya está sucediendo hoy día, pero aún se vive con la esperanza de que este proceso pueda ser revertido. Y cuando se comprenda que la “optimista” evaluación de Milei cuando dijo durante la campaña que si su plan era adoptado la Argentina podría alcanzar en 45 años el nivel de Irlanda era cierta o algo parecido a la verdad, ya será tarde para lágrimas.

Lo más duro está por venir. Si se sigue por el camino adoptado los despidos y cierres de firmas industriales, esencialmente Pymes, van a producirse en catarata, con las consiguientes ondas expansivas que castigarán al comercio, al trabajo independiente y a los mini emprendedores. La incógnita mayor la produce sin embargo esa masa de votantes jóvenes, en su mayoría provenientes de sectores empobrecidos, que le valió a Milei el respaldo más entusiasta y aparentemente más persistente. ¿Cómo reaccionarán ante la estafa intelectual de un candidato anti-casta que se revela como un fenomenal integrante de la casta? Porque por mucho que Milei se esfuerce en denostar a sus colegas echándoles la culpa de sus propios fracasos legislativos, los hechos son demasiado evidentes para ocultarlos.

Frente a esta perspectiva se hace doblemente acuciante el tema de la inoperancia de la oposición. Si se precipita una crisis, el bando al que puede denominarse un poco forzadamente como nacional y popular, ¿seguirá tan irresoluto y despistado como hasta ahora? Esta ha sido una lamentable constante en nuestra historia. La carencia de un plan, de la que el ex presidente Alberto Fernández llegó a enorgullecerse, implica la carencia de un propósito. Hasta aquí, ni siquiera se observa la proclamación de consensos mínimos en torno a los cuales trabajar y fijar las iniciativas. El temor a quedar desfasado respecto a la realidad inmediata, a ofender a los mandamases de la prensa, a escandalizar a Estados Unidos, a perder los réditos de la política pequeña (cargos, sinecuras, negocios, votos), han operado como freno. Uno se pregunta si esta pasividad podrá ser alterada si se desata un vendaval. De la posibilidad de ser capaces de “montar en la tormenta y guiar la tempestad” depende que esta sea purificadora o simplemente arrasadora.

Malvinas

Mañana se cumple el 42 aniversario de la recuperación de nuestras islas del Atlántico Sur. Ya hemos opinado muchas veces sobre el tema de esa épica, dolorosa y sin embargo valiosa aventura. No vamos a hacerlo nuevamente aquí. Baste decir que queremos rendir homenaje a los soldados, marinos y aviadores que lucharon y se sacrificaron en esa batalla desigual que enfrentó a nuestro país con toda la potencia de la OTAN. Los actuales desarrollos de la política internacional demuestran que esa lucha tuvo un sentido. Malvinas se perfila como una de las llaves de la geoestrategia global, con su proyección sobre el control del paso bioceánico, su condición de acceso a la Antártida y su valor como custodio de la riqueza ictícola y energética del Mar Argentino.

También queremos recordar con gratitud la adhesión que la batalla concitó en el pueblo, que supo diferenciar muy bien entre la naturaleza del régimen dictatorial que asumió de manera hesitante una empresa que lo superaba, y la naturaleza del conflicto mismo y el coraje y la resiliencia de quienes lo enfrentaron sobre el terreno.

A los combatientes de Malvinas, ¡Salud!

                                                                                         

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