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24
ENE
2009

Antes (y después) de Gaza

El martillo de la guerra sigue abatiéndose sobre el Medio Oriente
El martillo de la guerra sigue abatiéndose sobre el Medio Oriente
La situación en el Medio Oriente está definiendo al área cada vez más como los Balcanes de la actualidad. Es decir como el barril de pólvora cuyo incendio puede propagarse al mundo.

El proverbio que afirma que los árboles pueden tapar el bosque siempre encuentra una oportunidad para demostrar su vigencia. Los horribles sucesos que se han verificado por estos días en la franja de Gaza sólo pueden ser comprendidos si los vemos en perspectiva, en el cuadro del desarrollo histórico que afecta al Medio Oriente.

Con frecuencia, cuando se analiza la realidad de estos tiempos, se tiende a dar por sobreentendidos los parámetros que la condicionan. Esto puede llevar, a quienes no disponen de conocimientos históricos o no están predispuestos a adquirirlos, a perderse en el laberinto de los hechos que se suceden cotidianamente, sin percibir el hilo rojo que los ata a un desarrollo global al cual confluyen factores determinantes para la confección de la realidad en el mundo. Es el caso de la mayoría del público, hoy. La fragmentación de la información mediática, el velo que tienden las palabras pronunciadas por los “anchors” de la televisión o impresas en los diarios y que se enhebran en una cadena de adjetivos que califican a los hechos y protagonistas sin tomarse el trabajo de explicar el por qué de esa evaluación, inducen a las apreciaciones ligeras y, sobre todo, a una confusión que paraliza al espectador y le impide formarse una imagen de conjunto. Para la prensa en general, el terrorismo es “islámico”, los israelíes tienen derecho a “defenderse”, el carácter racista de su Estado no es tomado en cuenta y Occidente debe cubrirse de la amenaza que suponen las células fanáticas que pululan en el mundo musulmán: fieras, irracionales y animadas por el espíritu de la Jihad.

Esta cantinela, que se nos sirve día a día casi sin derecho a réplica, obliga a recapitular los datos que han configurado al Medio Oriente como un auténtico barril de pólvora, condenando a muchos de quienes ahí viven (a los palestinos en particular) a una existencia miserable, frustrada, llena de rencor y apta para generar siempre más violencia.

Es necesario comprender que, aunque el conflicto entre Israel y el pueblo palestino sea el factor más evidente de las tensiones que existen en la zona, y que aunque el proyecto sionista se proyecte como el dato que hace explotar una y otra vez una situación suscitada por la permanente humillación y castigo de que son víctimas los palestinos, el problema es mucho más amplio e implica a un complejo tramado de razones estratégicas y de manipulación de trasfondos psicológicos, manipulación que abreva en la traslación de la culpa de Occidente respecto del Holocausto judío a los árabes, (que nada tuvieron que ver con él), y de la supervivencia del mito de “la carga del hombre blanco”.

Si la frase de Rudyard Kipling ha tenido tanta fortuna es porque penetra a su vez en un subconsciente predispuesto para recibirla. Y si muchos hombres de estado de Occidente hoy se cuidarían mucho de repetirla porque no es políticamente correcta, en la intimidad no dejan de creer en ella; o, más bien, de sentirse en disposición para servirse de forma subliminal de la frase para manipular a su público. El único político que se atrevió retomarla con franqueza fue el ingenuo de Silvio Berlusconi, quien, con la torpeza que le es característica, se animó a expresar lo que muchos de sus colegas creen pero se guardan mucho de enunciar.

“La misión civilizadora”

La permanencia de esta concepción arraiga en la vigencia del modelo capitalista tal y como se ha venido desarrollando desde los albores de la sociedad moderna. La “misión civilizadora” de Occidente ha revestido diversos disfraces, desde la Cruzada a la “expansión del espíritu de la democracia”, pasando por la libertad de comercio. Con estas fórmulas se han etiquetado el exterminio o la reducción a la servidumbre de las poblaciones autóctonas, el tráfico de esclavos o la guerra del opio. Esta brutal toma de posesión del mundo por parte de los países técnicamente avanzados de Occidente, que arranca a fines del siglo XV, en muchos casos estuvo imbuida de una especie de convicción religiosa entre los encargados de llevarla a cabo, lo que no significa que se pueda omitir el motor que propulsaba a esa experiencia: la codicia. Como tampoco cabe obviar que este proceso generó también una modificación acelerada e irreversible del planeta, que lo tecnificó y propulsó a Occidente a un nivel desarrollo que no hubiera sido posible sin la explotación del trabajo esclavo y la superexplotación de las colonias y semicolonias. Asimismo no se puede ignorar que este proceso devastador de antiguas culturas -o de culturas primitivas en muchos lugares de África-, forzó el ingreso a la historia de cientos de millones de personas, contagiándolas, quieras que no, de la dinámica de la sociedad moderna. Y también hay que consignar que esta dinámica sólo pudo afirmarse en esos lugares a través de la oposición que el modelo de explotación imperialista suscitaba entre esas gentes arrancadas a la andadura gradual o estancada de los conglomerados de los que formaban parte. Pero la comprensión de estos procesos dialécticos no excusa de elaborar un juicio crítico sobre ellos. Por el contrario, lo hace obligatorio.

El caso mesoriental

En el caso del Medio Oriente el proceso engarza con el relieve geopolítico que tiene la región, que la ha convertido en una encrucijada de culturas y en el centro de un inacabable vaivén histórico. Su permanente significación estratégica como puente que une a Europa con el Extremo Oriente, multiplicada a partir de la apertura del canal de Suez, y en especial de la importancia que cobró a partir del descubrimiento del valor del petróleo como agente energético básico para movilizar a la industria y la economía, la convirtieron en el botín codiciado por las potencias que han contendido o contienden por la hegemonía mundial.

En su forma actual, el Medio Oriente comenzó a ser modelado durante la primera guerra mundial por Inglaterra y Francia. Gran Bretaña fogoneó la insurrección árabe contra los turcos, por entonces aliados de Alemania, y la traicionó en un solo y mismo acto, al suscribir con Francia, en secreto, el tratado Sykes-Picot, que reemplazaba el dominio del imperio otomano en esa zona por el de los aliados occidentales, poniéndola bajo el control directo o indirecto de París y sobre todo Londres. Se frustraba así, de un plumazo, el sueño de una nación árabe que se encontraba en la base del compromiso implícito que los británicos habían suscrito con el emir Feisal, compromiso avalado por el legendario T. E. Lawrence, quien más tarde deploraría amargamente el papel que le tocó desempeñar en esa intriga.

Simultáneamente, en noviembre de 1917, el secretario de Relaciones Exteriores de Gran Bretaña lanzaba la declaración que lleva su nombre, la declaración Balfour, en la cual el gobierno británico se declaraba favorable a la creación de un Hogar Judío en Palestina, meta a la que aspiraba el movimiento sionista surgido en Europa oriental a fines del siglo XIX. El objetivo de esta declaración era, por un lado, satisfacer las demandas del lobby judío en Gran Bretaña y Estados Unidos a fin de atraer el apoyo de la poderosa comunidad hebrea norteamericana en favor de los aliados, lo cual fortalecería el compromiso de Washington en la lucha contra Alemania. Pero, al mismo tiempo, el favorecer la instalación formal de una comunidad judía en un territorio para el cual no tenía otro título de posesión que el mítico emanado de la Biblia, implicaba clavar una espina en el costado del ascendente nacionalismo árabe, distrayéndolo de su lucha contra la ocupación europea al plantarle un factor que obstaculizaría la concentración de sus miras y lo complicaría en una lucha marginal. Pues aunque es verdad que las contradictorias disposiciones británicas resultaban hasta cierto punto de situaciones coyunturales creadas por la guerra y que su tenor iba variando de acuerdo a cómo evolucionaba el desarrollo de la contienda, también es cierto que el Foreign Office no da una puntada sin hilo y que la vieja práctica de dividir para reinar ha sido el principio elemental de toda política imperialista a lo largo de los tiempos.

Pero no fue hasta después de la segunda guerra mundial que el problema del Medio Oriente se explayó en toda su magnitud. Hasta ahí, a pesar de los choques entre árabes y judíos, entre árabes y británicos o entre judíos e ingleses, la cuestión había transitado por caminos que en definitiva tenían a las grandes potencias como protagonistas. Pero el Afrika Korps no había logrado llegar al canal de Suez, y hacia 1943 tanto los alemanes como los italianos habían quedado fuera del juego dirigido a lograr el dominio de la zona. Inglaterra y Francia se afirmaban en su rol de amos en la región, pero su posición era cada vez más precaria, amenazada como estaba por el hervor del nacionalismo árabe y por la preeminencia que en el bando aliado había logrado Estados Unidos, interesado en desplazarlas en el usufructo del potencial energético del Medio Oriente. Al mismo tiempo la campaña de exterminio perpetrada por los nazis contra la población judía en Europa había inducido a los sobrevivientes de ella a escapar de ese suelo, inflando las velas del movimiento sionista, que hasta entonces no había sido una opción seria para el grueso de la judería europea.

De esta confluencia de factores nace el Estado de Israel, con el respaldo de Estados Unidos y de la Unión Soviética, ambos interesados en atraerlo a su bando, al diseñarse ya los contornos de la guerra fría. La dirigencia israelí se decantó con rapidez a favor de la primera opción, que le daba un rol decisivo en la definición de los asuntos del Medio Oriente y parecía asegurarle la creación de un Gran Israel que abarcase una superficie suficiente para alojar a todos los judíos de la Diáspora y arraigarlos allí de acuerdo a los criterios decimonónicos de la superioridad del hombre blanco. Pues, por absurdo que parezca, esa concepción que entiende que a las poblaciones autóctonas se las puede anular o expulsar, estuvo y está, de forma casi explícita, en los presupuestos de la política israelí. Y si no, ¿cómo se explica la constante política de asentamientos de colonos hebreos en Cisjordania, pese a las continuas reclamaciones de las Naciones Unidas, y su erección como posiciones fortificadas ligadas entre sí por cadenas de carreteras que llevan a Israel y se encuentran bajo la protección del ejército?

La URSS tanto por su composición social e ideológica como por el rol objetivo que cumplía como rival de Occidente, iba a propender en cambio a respaldar los movimientos de liberación árabes, naturales enemigos de los enemigos de la URSS y del proyecto sionista, mientras que la coalición occidental liderada por USA sólo enfrentando a esos movimientos de liberación podía asegurar su posición. Así se fue configurando el escenario que nos condujo a este catastrófico presente. Israel fungió, a sabiendas, como punta de lanza del imperialismo occidental. En sucesivos conflictos ayudó a desarticular las pretensiones revolucionarias de los movimientos que, como el nasserismo, se proponían una modificación a fondo de las coordenadas sociales del Medio Oriente, y ha rehuido hasta ahora las posibilidades de un entendimiento con los palestinos, con el pretexto de que estos practican un terrorismo indistinto y que sus células resistentes agreden con salvajismo a la población civil israelí.

Esto último es cierto, pero, ¿de dónde proviene esa locura? ¿Es genética? ¿Deriva de una fatalidad biológica? ¿Es el fruto de una intransigencia religiosa que hace a los profesantes del Islam irreductibles a una ética racional?

La capacidad de convivencia del islamismo con otros credos ha quedado demostrada por la historia. En este sentido, ha sido mucho más flexible que el cristianismo, por ejemplo. O que el judaísmo, siempre encapsulado dentro de sí mismo. La explicación del terrorismo palestino, por lo tanto, cabe hallarla con toda evidencia en la desesperación, la cerrazón existencial y la carencia de medios efectivos de defensa en que se encuentran millones de seres desde hace más de medio siglo. Las víctimas del terrorismo de Estado y de la opresión nacional reaccionan con los elementos que tienen a mano. ¿O acaso la banda Stern y el Irgun no lucharon contra los ingleses apelando a la misma metodología? Es posible que si las organizaciones de resistencia palestinas dispusiesen de un armamento equiparable al del ejército israelí acudirían a él, en vez de apelar al recurso de los kamikazes que se hacen volar, por ejemplo, en un ómnibus lleno de pasajeros. Si se hace un simple balance de la cantidad de víctimas originadas por la actividad hostil entre israelíes y palestinos se establece de inmediato que hay una desproporción abisal entre las provocadas por el fuego israelí y las causadas por los atentados aislados con que los segundos responden al castigo del cual han sido víctimas una y otra vez de parte de fuerzas abrumadoramente superiores. Mídanse las estadísticas de Gaza, en el último mes: tres civiles y diez soldados israelíes muertos contra más de mil muertos palestinos, en su mayor parte civiles, de los cuales una altísima proporción fueron niños.

En algún momento, la cantidad se transforma en calidad, y el carácter desproporcionado de la respuesta de los israelíes a cuanta actividad hostil se ha producido en su contra demuestra que el terrorismo, en el Medio Oriente, tiene un responsable principal y casi exclusivo, y que este no es el que los titulares de los periódicos bautizan invariablemente como tal.

El factor iraní

La situación en Medio Oriente experimentó un vuelco muy importante cuando se produjo el estallido de la Unión Soviética. La URSS había ido perdiendo su capacidad de influencia a lo largo de los años, paralelamente a su creciente parálisis interior, y su derrumbe posterior a la caída del Muro de Berlín liberó a la zona de su presencia. Esto permitió a Estados Unidos tomar una ingerencia política y militar mucho más directa que la que había tenido hasta entonces. A partir de ahí se verificaron la primera y la segunda guerra del Golfo, dirigidas a eliminar uno de los pocos estados laicos con veleidades de independencia que subsistían en la zona. Antes había usado a ese mismo país para contener a la revolución fundamentalista iraní, pero cuando Saddam Hussein decidió proceder por su cuenta y erigirse en un factor de poder independiente, Estados Unidos lo castigó en forma inclemente, hasta hacerse de los recursos petroleros de Irak, destruir sus fuerzas armadas, su infraestructura industrial y ahorcar al dictador.

En la mecánica de los acontecimientos, hoy, los factores determinantes de la situación residen en la ambición norteamericana y la arrogancia, mezclada de temor, de Israel. E Irán es el núcleo por el que pasan todas las tensiones. Su régimen teocrático suministra una respuesta original (aunque discutible) a la capacidad de corrupción de Occidente, a la que sucumbieron, después de varias derrotas, los regímenes inspirados en el nacionalismo y el socialismo importados de Europa, y al mismo tiempo ha sabido montar una infraestructura militar temible, sobre una base nacional amplia y en general homogénea, provista movilidad social y para nada refractaria a la tecnología. Su presunta pretensión de hacerse con armas nucleares genera protesta y escándalo de parte de Occidente, pudiendo convertirse en cualquier momento en el pretexto de otra de las “guerras preventivas”, cuya doctrina sistematizó George W. Bush después del ataque a las Torres Gemelas.

Es probable que ni Tel Aviv ni Washington, ni Occidente en general teman a Irán en sí mismo, o teman un ataque nuclear procedente de él, ni ahora ni más adelante; pero sí temen la capacidad de disuasión que ese recurso podría significar para el formidable arsenal nuclear israelí. Si Irán rompe el monopolio nuclear que detenta Israel en la zona, los países árabes que le son vecinos podrían actuar más libremente, dado que se encontrarían bajo el paraguas nuclear iraní, forzando de esta manera una definición de los problemas pendientes que resulte mucho más equilibrada: sea en la mesa de negociaciones, sea en el campo de batalla.

Esto pone a las cosas en una perspectiva inquietante para los próximos meses o años. Estados Unidos e Israel necesitan a un Irán neutralizado. Para lograrlo, sin embargo, si no acceden a tratar con él en términos de igualdad, deberán apelar al recurso bélico. Y esta es una tentación que ha estado dando vueltas durante bastante tiempo el año pasado. No hay que descartar una hipótesis de guerra mayor en la zona, por lo tanto.
Pero si eso se verifica la mecánica de los respaldos y las alianzas pueden jugar de manera bastante diferente a la cual han estando girando en el período subsiguiente a la implosión de la URSS. Irán está muy próximo al grupo de Shangai. No hay en el planeta un grupo militar, geoestratégico y económico similar a este. Está conformado por Rusia y China, en primer lugar, y Kirguizistán, Kazakistán, Tayikistán y Uzbekistán, mientras que Irán, Pakistán, India y Mongolia figuran como observadores.

Un ataque a Irán sería asumido como una ofensa grave contra todo el grupo. Los desarrollos que podrían producirse a partir de allí son impredecibles. Si bien tal vez no quepa esperar que precipiten una conflagración generalizada, uno u otro de los miembros podría ser arrastrado a prestar apoyo a los iraníes en una forma que superase la mera declaración de intenciones. De hecho Rusia ya está proveyendo ayuda militar y técnica al régimen iraní desde hace tiempo, y también desde hace tiempo ha dejado ser la marioneta de Occidente en que casi la habían convertido Boris Yeltsin y sus asociados, para convertirse en un factor militar y económico para tomar muy en cuenta.

La situación está amenazando también a los estados árabes que expresan de manera manifiesta su dependencia de Estados Unidos: Egipto, Jordania y Arabia Saudita. Este terceto expresa lo que hay de menos apreciable en Medio Oriente. Sometidos a regímenes dictatoriales, corruptos o despóticos, fruto de la ligazón servil de los jefes de tribu que prosperaron al amparo británico (como el rey Abdullah de Jordania y del príncipe Abdel El Azis Al Saud en Arabia Saudita) o expresión degradada de los valores modernistas del viejo nacionalismo árabe (como en el caso de Hosni Mubarak, presidente de Egipto), sus personeros han temido siempre la expansión de los factores que califican a la revolución islámica y que están bien expresados por Mahmoud Adhmadinejad. Esto es, la intransigencia ética y el radicalismo político. Para combatirlos han apelado al confesionalismo sectario: algunos dirigentes los sunníes y en especial su rama wahabita simulan temer que el shiísmo amenaza la preponderancia que los sunníes ejercieron en la zona durante 1.400 años. Pero estas maniobras no pueden ocultar su carácter diversionista. Lo que temen en realidad es la capacidad demostrada por los líderes de Teherán en el sentido de salir en defensa de los palestinos, por primera vez en muchos años, mientras los gobiernos de los principales países árabes cooperan, de manera sorda o abierta, para mantener el estatu quo y no obligarse a tomar partido de otra manera que no sea la de la protesta verbal. Tras décadas de elusión, inacción o rivalidades entre los estados árabes, Irán ha puesto bajo su tutela a la causa palestina y ha fortificado los dos movimientos que de veras están en disposición de combatir contra Israel: Hizbollah y Hamás. Esto puede hacer pendular a las masas árabes contra sus actuales mandantes y enviarlos al infierno.

En síntesis, que el damero mesoriental está cada vez más complicado y que no hay esperanza alguna de que se arregle si sigue transitando las vías que ha recorrido hasta ahora.

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