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05
FEB
2009

Crisis y xenofobia

La reacción de los obreros británicos que pretenden que el empleo inglés sea sólo para los ingleses, expresa un desconcierto que dice mucho sobre la degradación del pensamiento político y sobre la necesidad de recuperar su anterior audacia.

La crisis económica se está llevando por delante muchos de los supuestos arrogantes que informaron al mundo occidental durante las últimas décadas. Aunque no ha hecho sino empezar, las exteriorizaciones que manifiesta a todos los niveles son inquietantes… y aleccionadoras. En España, por ejemplo, los Bancos, cuando el gobierno les pidió que incentivaran el crédito a partir de la ayuda que este les presta, decidieron culpar a la economía real por la crisis. No se entiende bien la ecuación, pues ha sido la economía financiera inflada por el desmanejo especulativo y dirigida a desmontar las estructuras del Estado de Bienestar, más la concentración monopólica del capital especulativo, lo que está en la base del problema. Semejante estimación, aunque insolente y carente de apoyatura real, es de alguna manera confirmada por la lamentable conducta de los gobiernos de los países metropolitanos que, en vez de devolver al Estado la función que le compete como elemento orientador y controlador de la economía, prefieren volcar en ayuda a los Bancos ingentes cantidades de reservas, a la vez que ruegan a estos que las reviertan en créditos para movilizar el mercado e incentivar la producción. Tanto da esto como pedirle a un ladrón que reintegre parte de lo que ha robado, cosa de que pueda volver a seguir robando tranquilamente. Conociendo el talante de los dueños del sistema y la naturaleza irrevocablemente codiciosa del capital, esperar esto se encuentra un tanto demasiado próximo al reino de la utopía.

Pero la crisis está empezando a tener otra clase de exteriorizaciones que auguran mal para todo el mundo y que nos retrotraen a fantasmas que creíamos olvidados. La xenofobia –siempre latente- se expande en Europa y encuentra expresión en gestos y manifestaciones que rompen de manera clamorosa el cuadro de lo “políticamente correcto” y nos proyectan a escenarios problemáticos. Inglaterra fue testigo, días pasados, de grandes manifestaciones de trabajadores exigiendo que los puestos de trabajo ingleses vayan a los obreros ingleses e, implícita o explícitamente, que la mano de obra extranjera sea expulsada del Reino Unido o reducida a las tareas más ínfimas. Es la característica pelea de pobres contra quienes son más pobres, a los que se visualiza como competidores en el mercado de trabajo en vez de verlos como eventuales aliados en una acción concentrada contra el capital.

El dato tiene el mérito de sincerar las contradicciones sociales del mundo metropolitano, hasta hace poco muy orondo del grado de la convivencia civilizada entre las clases que había logrado y poco propenso a recordar que hasta hace poco más de medio siglo vivió desgarrado por esos mismos y todavía más atroces contrastes. Pero también marca las vertientes de una batalla aun por venir, cuyos contornos son difíciles de precisar pero que desde ya augura tempestades de grueso calibre.

La globalización asimétrica que propone el capitalismo actual es intolerable. En las condiciones de hoy, con una crisis económica mundial en marcha, la dureza del contraste se torna más marcada. Desde una periferia hambreada o que al menos no alcanza a subvenir las necesidades de la mayoría de sus habitantes, oleadas de emigrantes avanzan sobre las sociedades desarrolladas, en la esperanza de encontrar allí nuevas oportunidades. Pero este mundo privilegiado comienza a cerrarse. En la medida que allí una demografía en baja se sumó el disfrute de excedentes económicos y que existía cierto desinterés de la población en ocuparse de menesteres serviles, pudo dar cabida a esos inmigrantes. Pero la integración de estos no fue completa y vino acompañada de roces y choques. Así se ha dibujado el mapa de sociedades sectorizadas, donde las periferias urbanas reproducen, a escala de laboratorio, la fractura del planeta entre quienes tienen y no tienen. De alguna manera esto ha implicado la “guetización” de vastos sectores de la población británica, francesa, italiana, etcétera, donde lo único que cambia es la denominación de los alógenos: en Inglaterra son los provenientes de las Indias occidentales y orientales, en Francia los de las antiguas colonias africanas, en España los oriundos de Iberoamérica y el norte de Africa, en Italia los provenientes de Rumania y otros países de Europa oriental y así sucesivamente.

En este mapa social ya complicado viene ahora a impactar la crisis.

La xenofobia crece, entonces. Y encuentra su justificación teórica en libros como los del recientemente fallecido Samuel Huntigton o en los de otros autores que, de forma sutil, recogen los viejos puntos de vista que hacen hincapié en la superioridad de Occidente respecto de las razas oscuras, o en el carácter irreductible de sus diferencias. La percepción popular de esos mismos datos se expresa en el éxito de las historietas y películas de Frank Miller como, por ejemplo, 300 o Sin city.

Los obreros europeos en paro o que temen por sus puestos de trabajo, representan la punta del iceberg de contradicciones que circula por el mundo. Por debajo de la superficie subsiste la gran incógnita: ¿puede el mundo actual tener como exclusivo regente de su desarrollo al sistema capitalista? El fracaso de la URSS en gestionar el paso al comunismo, el apagamiento de la revolución colonial, cuyos líderes históricos fueron suplantados por mediocres autocracias laicas que se esfuerzan en mantenerse contra la voluntad de sus pueblos gracias al apoyo norteamericano, quitaron autoridad a la pretensión de arribar a un cambio fundado en la razón y la revolución, y han generado una cerrazón en la cual las vertientes irracionales de la acción directa están tomando el relevo de los antiguos próceres revolucionarios, en los países sometidos al neocolonialismo; y ensuciando las perspectivas de los proletariados urbanos en las metrópolis. Alguno de estos, como lo prueba lo sucedido en Inglaterra, parecen estar evolucionando, si no hacia una especie de reviviscencia de la experiencia nazifascista, sí hacia un antagonismo que hace de las diferencias epidérmicas –el color de la piel, en primer término-, el núcleo de una agitación que no toma en cuenta los motivos reales de la crisis por la que se está pasando.

El evidente retroceso ideológico producido desde el momento de auge de la esperanza socialista a principios del siglo XX, no debe sin embargo inducir a pensar que tal cosa sea un fenómeno irreversible. De hecho, no se trata de un fenómeno nuevo: la arrogancia de las aristocracias obreras de Occidente respecto de los pueblos sometidos por el imperialismo las configuraron siempre como cómplices semiconscientes de ese proceso de explotación. Y su participación subordinada en las ganancias del sistema tuvo no poco que ver con el aislamiento en que se dejó a la revolución rusa. Pero en el mundo de hoy no caben ya estas granjerías, este tipo de utilidades suntuarias. Por un lado el capital sigue acelerando su proceso de concentración y deja cada vez más de lado a los sectores menos favorecidos, y al mismo tiempo los más desfavorecidos de todos, los pueblos de las franjas menos desarrolladas del tercer mundo, aumentan su presión sobre el limes, sobre la frontera que los separa del mundo avanzado. Esa presión es también el rebote del dinamismo agresivo de este, que busca en esos países no sólo ganancias sino ventajas estratégicas que lo posicionen frente a los problemas que se avizoran respecto de las potencias emergentes en el tema del balance mundial de poder y del control de unas reservas naturales cada día más escasas debido al derroche indebido que se hace de ellas.

El fenómeno inmigratorio no se va a detener, por lo tanto, sino que se va a profundizar y, en la medida en que se pretenda suprimirlo o acotarlo desmedidamente, se va a convertir en un polvorín listo a explotar a la menor provocación. La recuperación de las líneas maestras del discurso del materialismo histórico, en consecuencia, es una operación indispensable. Por supuesto que se tratará de una adaptación de esos principios a la magnitud de la experiencia acumulada, tanto la positiva como la negativa, y deberá ser el resultado de un esfuerzo de inserción en la realidad que defina lo que se quiere hacer, cómo cabe gestar un mundo mejor y más justo, y cómo se puede poner en marcha una convergencia de fuerzas sociales que se aparte de la retórica de las ONG sobre los derechos humanos y de sus protestas de alzado tono moral, para proponer las respuestas políticas prácticas que son necesarias para enderezar el curso que han tomado las cosas.

Una evaluación de este tipo deberá comprender la naturaleza de la rebelión de apariencia anárquica que recorre al mundo subdesarrollado y entender que el futuro no se conquista con discursos, sino con el accionar de los pueblos en la calle.

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