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15
AGO
2016

EE.UU: El camino a noviembre

Clinton asciende en las encuestas.
Clinton asciende en las encuestas.
La aparente preponderancia que Hillary Clinton está teniendo en los pronósticos de la elección presidencial norteamericana, no es cosa que deba tranquilizar a nadie.

Faltan tres meses para las elecciones presidenciales en Estados Unidos y las encuestas se inclinan a favor de Hillary Clinton. Como se sabe, en USA las elecciones no las gana el candidato que consigue más votos en las urnas, sino quien suma más estados. Cada uno de estos gravita con un peso distinto: el estado más poblado, California, tiene 55 votos electorales; el menos habitado, Wyoming, 3. Gana el candidato que suma 279 votos electorales sobre 538. Los sondeos asignan hasta ahora a Clinton 256 votos electorales, y a Trump 154, restando 128 pertenecientes a estados igualados o en disputa. A Clinton le bastaría con sumar 14 de esos votos para ser presidenta. Aun admitiendo el carácter falible de las encuestas, no parece probable que Trump pueda revertir la corriente: los analistas conceden un 87 ,1 por ciento de probabilidad de ganar a Hillary y un 12,8 a Trump.[i] Salvo un imprevisto, como un atentado de magnitud 7 en la escala de Richter…

El candidato republicano parece estar pagando el precio de su estilo improvisado y explosivo, muy bien aprovechado por los medios, que en su inmensa mayoría se pliegan a las opciones que contentan al establishment. Y a este no le agrada la imprevisibilidad de Trump y, por lo tanto, incluso dentro del mismo partido republicano, las resistencias que genera lo tornan en una rara avis a la que lo mejor es dejarla caer al suelo. O incluso derribarla de un escopetazo.

Las arengas anti inmigratorias, las afirmaciones acerca de repatriar capitales para incentivar las industrias fugadas por la globalización y las diatribas contra la inseguridad que generarían los inmigrantes, pueden funcionar en el ámbito donde se reclutan los más descontentos de la “mayoría silenciosa”; pero, llevadas al plano de la realidad muy compleja y compartimentada de la sociedad norteamericana, pueden resultar un tiro por la culata. Las muy considerables minorías negra e hispana se sienten rechazadas por un discurso al que la torpeza del orador –y la astucia de los medios que lo bombardean- dota de un intolerable tinte racista.

Esto ha suscitado una cierta desbandada dentro del GOP: 70 cargos del partido han pedido por carta que no se gasten recursos en respaldar al candidato y que en cambio se destinen esos fondos a sostener las campañas dedicadas a sostener los cargos legislativos que están en juego en las próximas elecciones. Y como en estas circunstancias las ratas abandonan el barco, algunos multimillonarios que sostenían a Trump, como Paul Singer, ya lo han hecho. Aunque en este caso cabría hablar más bien de buitres.

 Ahora bien, ¿hay algún motivo por el cual nosotros debiéramos alegrarnos del desinfle de Trump? Diríase que ninguno. La verdad es que para los latinoamericanos tanto uno como otro candidato no ofrecen ninguna ventaja. Viéndolo desde una perspectiva internacional, tal vez incluso podría ser interesante que ganara Trump; pese a su imprevisibilidad y precisamente a causa de esta, no dejaría de ser factible que el empresario buscase reorientar los aspectos más agresivos de la política exterior de su país. Sus puntos de vista respecto a Rusia, por ejemplo, se alejan de la tendencia agresiva que desarrollan tanto el gobierno demócrata como los capitostes del partido republicano. Su declaración en el sentido de que el derrocamiento de Saddam Hussein en Irak y de Muammar Gadafi en Libia han sido “errores” contradice de manera tajante la línea oficial de demócratas y republicanos.

Hillary Clinton, en cambio, representa a las tendencias del intervencionismo más agresivo y más vinculado al gobierno en las sombras que integran Wall Street, al complejo militar-industrial, los consorcios de los servicios de inteligencia y al menos una parte del Pentágono. Particularmente importante fue la participación de Hillary, en su calidad de Secretaria de Estado del presidente Barack Obama, en la escalada contra Muamar Gadafi en Libia y, posteriormente, su respaldo a cuanta injerencia norteamericana se ha producido en el mundo durante y después de su estadía en el cargo.

Es difícil juzgar a un personaje a partir de una sola actitud o rasgo de carácter, pero después de la reveladora ejecutoria de la ex primera dama y posible primera presidenta mujer de Estados Unidos, la risa con que saludó el linchamiento de Muammar Gadafi durante una entrevista televisiva tuvo algo de definitivamente obsceno. “Fuimos, vimos, él murió”, dijo Hillary con una carcajada espasmódica al comentársele que, justo al día siguiente de su llegada a Libia en una visita de estado, el fugitivo Gadafi quedó atrapado cuando escapaba de un bombardeo y asesinado viciosamente por la turba de milicianos que lo perseguía.

Es curioso, pero las mujeres que en los países imperiales han ascendido o están ascendiendo en la escala del poder político se caracterizan por tener puntos de vista de lo más retrógrados y agresivos. En su hora Margaret Thatcher se consagró por la puesta en práctica de un neoliberalismo inclemente: con Ronald Reagan se transformó en el adalid del ajuste, la desregulación y la demolición de los puntales del Estado de Bienestar. Sin hablar de su frialdad al ordenar el hundimiento del Belgrano y cerrar así toda posibilidad de arreglo negociado cuando el conflicto de Malvinas. Hoy la nueva primera ministra británica, Theresa May, se caracteriza por poseer la misma orientación económica que su antecesora en el cargo, a la que suma una dura política anti-inmigratoria que ejerció durante su gestión al frente del ministerio del interior y un carácter que, se afirma, es difícil que pueda ser categorizado como afable. Muchos la comparan a la canciller alemana Ángela Merkel, otro exponente del neoliberalismo o neoconservadurismo -ambas denominaciones válidas para describir a la corriente del pensamiento económico dominante en el planeta globalizado. Si a ellas sumamos a Hillary Clinton, Madeleine Albright, Margaret Thatcher, Condolezza Rice y Victoria Nuland habrá que convenir que el género no es lo que determina la política, sino que es más bien la necesidad de probar que son capaces de ser tan duras como sus colegas masculinos, lo que hace que estas mujeres fuercen la nota y se destaquen como emblemas de la brutalidad imperialista.  

Es una lástima que la larga lucha de las mujeres por conseguir la equiparación con los hombres en política termine en esto o esté pasando por una fase como esta. La comparación con las luchadoras por los derechos de la mujer de principios del siglo XX es desfavorable para los actuales prototipos de féminas encaramadas a la función pública en los países que se destacaron por haber sido pioneros en la lucha por los derechos de la mujer. ¿Para esto bregaron figuras como Charlotte Despard, Emily Hobhouse o Sylvia y Mabel Pankhurst, sufragistas, pacifistas y prisioneras del estado a principios del siglo XX?[ii] Sin olvidar a la más grande figura de todas, Rosa Luxemburgo. 

Para calibrar las dificultades que enfrenta la situación internacional en estos días basta observar entonces el perfil de la que probablemente será próxima presidente de Estados Unidos y el escenario convulso al que deberá dedicar su atención. En medio de todo, la franqueza brutal de Trump es más soportable que el cinismo y la hipocresía de Barack Obama y Hillary Clinton, aunque tal vez sea igualmente peligroso. Pero si, como puntualizó el asesor de política exterior de la candidata[iii], la primera tarea de esta en caso de alcanzar la presidencia será relanzar la política que enfatiza la naturaleza asesina del régimen de Bashar Al Assad en Siria y propugna su expulsión (¿o supresión?) del escenario del medio oriente, podemos estar seguros de que el desorden, la violencia y el caos que caracterizan el presente no podrán sino agravarse en el futuro.

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[i] Fuente: El País, 13.08.16.

 

[ii] Véase el bello libro de Adam Hochschild “Para acabar con todas las guerras”, Ediciones Península, Barcelona, 2013.

 

[iii] Jeremy Bash, en una entrevista dada al Daily Telegraph y citada por Strategic Culture Foundation del 10.08.16. 

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