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28
ENE
2017

La magia de los libros y el imán de la historia

Permítaseme que haga de esta nota una digresión casi personal. Un par de libros -“Fouché” y “Hotel Florida”- han reavivado súbitamente en mí el placer de leer y no puedo resistirme a comentarlos.

La lectura de la historia es uno de los placeres de la vida. Es instructiva, útil, orientadora respecto de la realidad… y una  magnífica vacuna contra la tendencia a una  apreciación demasiado fácil y apresurada de las cosas. Es un enorme vivero de experiencias que debería dejar un depósito de sabiduría en quien recorre sus páginas, alejándolo de las soluciones simplistas y del reduccionismo fácil. Desde luego, se necesita vocación y también cierta constancia y voluntad para superar las en ocasiones no muy elevadas dotes literarias de algunos autores, capaces de secar, con descripciones anémicas o aproximaciones rígidamente académicas o sesgadas por una percepción mecánica y demasiado parcial de los sucesos, la enorme riqueza de las psicologías, las ideologías, las políticas, las contradicciones sociales y los choques de armas que recorren a los hechos; pero, incluso en esos casos, si el lector es un serio aficionado y un conocedor de la materia de un período dado de la historia, existe la posibilidad de que llegue a exprimir jugo hasta de esos áridos volúmenes.

Desde luego, los historiadores que son capaces de respirar el aire del tiempo que examinan y que tienen dotes para la expresión plástica son mucho más satisfactorios e infinitamente más enriquecedores que los compiladores de estadísticas o de episodios, de cuyo acopio a veces no extraen más que un pálido reflejo o una reflexión convencional.  En el primero de estos casos, incluso cuando no compartimos nada o muy poco el punto de vista del autor del libro que estamos leyendo, si este es coherente consigo mismo y consigue insuflar vitalidad literaria a los contenidos que describe, es posible disfrutar –así sea rechinando los dientes o escribiendo rabiosas refutaciones al margen- del escenario de una realidad en movimiento.

Para ilustrar con un par de ejemplos de lo que digo me viene a la memoria el libro de Paul Johnson “Tiempos modernos”[i], o las monumentales y valiosas, pero parciales memorias de Winston Churchill sobre las dos guerras mundiales, cuya retórica y dinámica narrativa son atrapantes, pero a las hay que leer como se deben leer las autobiografías de los grandes protagonistas: con guantes y entrelíneas.

Los grandes historiadores –un Braudel, un Hauser en el rubro del arte; un Trevelyan, un Hobsbawm, un Fest, un Hallet Carr o un Deutscher, para nombrar algunos- por lo general disponen del talento y hasta del genio narrativo para hacer vívidos a la vez que objetivamente veraces los períodos y episodios cuya narración asumen. Pero convengamos en que no son demasiados los historiadores que revisten esta talla.

En un escalón inmediatamente inferior, aunque a veces desdeñados por la academia, se instalan los autores que no provienen necesariamente de sus rangos: sociólogos, politólogos, periodistas, literatos… En ellos es más frecuente encontrar esa alianza entre el examen de la historia y la capacidad para hacerla desfilar como una dimensión viva y reconocible. Pienso en Bárbara Tuchman, por ejemplo.[ii]

Estas reflexiones vienen a cuento de un par de libros que he tenido oportunidad de leer en estos días. Uno es reciente y el otro cuenta ya con 87 años de edad. Se trata de “Hotel Florida”[iii], de Amanda Veill, y de “Fouché”[iv], la maravillosa biografía del ministro de Policía de Napoleón escrita por el novelista, comediógrafo, ensayista y memorialista Stefan Zweig en 1929.

“Fouché”

Zweig, que molesta a cierta crítica moderna por su apego a un modelo de vida anclado a la Europa burguesa de fines del siglo XIX y principios del XX, fue un testigo lúcido y desesperanzado de su tiempo. Judío austríaco opuesto al sionismo, europeo por antonomasia, hubo de peregrinar en los últimos años de su vida entre Europa y  América, terminando sus días en Petrópolis, en Brasil, donde se suicidó junto a su mujer en 1942, al día siguiente de terminar “El mundo de ayer” -una elegía por el mundo barrido por la primera guerra mundial-,  en protesta por la expansión del nazismo y la brutalidad y la degradación cultural que percibía no sólo en ese fenómeno político sino en la materia misma de nuestro tiempo.

“Fouché, retrato de un hombre político”, es una joya por donde se lo mire. Es el perfil de un intrigante, de un ser consumido por la pasión fría del poder entre bambalinas, de un elusivo y serpenteante oportunista cuyo oficio es la traición, pero al mismo tiempo el servicio al Estado. Está  dotado de una inteligencia superior, capaz de medirse con Robespierre y Napoleón, y de sobrevivir al poder de ambos. Y asimismo, este manipulador, este cínico afanado en procurarse rentas, honores y palacios en medio del terremoto europeo, es un administrador formidable que, cuando se presenta la ocasión, se demuestra capaz de ejercer con resolución la conducción del estado en una situación de crisis. Como cuando, en 1809 -con Napoleón en una crítica situación en Austria después de sufrir una derrota táctica en la batalla de Aspern-Essling-, los ingleses realizaron un desembarco en los Países Bajos en la creencia de que llegarán a un París desguarnecido. En ese momento en Fouché se reanima su espíritu de viejo convencional y regicida, moviliza a la guardia nacional y organiza la resistencia, que culminará en la derrota de los británicos frente a Amberes y en el lastimoso reembarque de su expedición.[v]  Un Dunkerque “avant la lettre”, podría decirse...

En las páginas que Zweig dedica a los episodios que se enroscan en torno a esta peripecia, apreciamos la habilidad del autor para poner a la vista las capas que componían la compleja personalidad de Fouché. Este oportunista e intrigante personaje, despiadado cuando debe serlo para proteger su propia integridad física en el zoológico de fieras sedientas de sangre de la época del Terror; este traidor dispuesto a inferir contra sus amigos no bien está seguro de que la fortuna les ha vuelto la espalda, no es un sanguinario vocacional y, sobre todo, no es solamente un burócrata que se complace en tirar de los hilos: es también un político profundo, capaz de pensar por sí mismo y que tiene su ambición de poder represada por su no menos poderoso instinto de supervivencia. Sus procedimientos retorcidos le han procurado un lugar de privilegio en medio de difíciles circunstancias y su capacidad para acumular información reservada e incriminatoria le han dado un poder de extorsión y coerción que lo hacen temible. Pero por eso mismo infunde demasiada desconfianza en quienes utilizan sus servicios. Lo quieren lejos de las palancas del poder concreto, lejos de los “fierros” y de la capacidad para producir decretos. Y en el fondo Fouché añora precisamente el primer plano que siempre ha evitado, el reconocimiento no sólo de sus iguales sino del gran público, y la oportunidad para ejercer en campo abierto sus dotes de mando. Esto lo lleva a entrar en una sesgada colisión con Napoleón, que le teme y que no le perdona que, después de expulsar a los ingleses, prosiga con su leva de guardias nacionales. “¡Qué diablos se pretende con todo ese trajín, cuando no hay necesidad y haciéndose sin órdenes mías!", le escribe el emperador.

Después de esto Fouché va a ser alejado del Ministerio del Interior que ha ocupado provisoriamente durante la crisis y devuelto a la oscuridad del Ministerio de Policía, aunque su amo lo recompense con un ducado, el de Otranto, cuyo sonoro nombre asordinaría el mote  de “ametrallador de Lyon”, ganado por sus servicios durante el Terror, y adornado por un escudo de armas que “muestra en su centro una  columna dorada… adecuada para este apasionado amante del oro. Y en torno a esa columna dorada se enrosca también una serpiente… probablemente también una delicada alusión a la flexibilidad diplomática del nuevo duque.”

Esa flexibilidad se ilustraría por última vez en los Cien Días, cuando Napoleón vuelve a tomar a Fouché a su servicio. “Sabe que ese hombre le dejará caer como al cadáver de un gato muerto, lo abandonará en el momento más peligroso, igual que ha abandonado y traicionado a los girondinos, a los partidarios del Terror, a Robespierre y los termidoristas, a Barras su salvador, al Directorio, a la República, al Consulado. Pero le necesita o cree necesitarle…, igual que Napoleón fascina por su genio, Fouché fascina una y otra vez a Napoleón por su utilidad.”

Y efectivamente Fouché va a dejar en la estacada al emperador después de consumada la derrota de Waterloo, practicando de paso su desplazamiento hacia el servicio del rey Luis XIII, hermano de Luis XVI cuya muerte él ha votado. Pero esta vez la aventura tendrá patas cortas. Aunque su inteligencia y sus conexiones en toda Europa lo convierten en un buen mediador ante la Santa Alianza, va a ser Talleyrand, un cura renegado y ex republicano como él, pero aristócrata de cuna y tan diestro político como Fouché, el que va a tomar las riendas de la diplomacia francesa en vez del policía, quien será corrido por la corte de mediocres que rodean al Borbón y en especial por la duquesa de Angulema, hija de Luis XVI y de María Antonieta, la única de la familia real que escapó a la masacre. “Hay una cosa que este refinado conocedor del género humano no ha  aprendido y nadie puede enseñárselo: a luchar con fantasmas”, dice Zweig. Acorralado, firma su renuncia y asume un cargo honorífico e irrelevante como embajador en Sajonia, del cual es expulsado a los pocos días por un decreto de la Asamblea. “Tarde, pero con intereses de usura, Fouché tendrá que pagar ahora su culpa de no haber servido jamás a una idea, a una pasión moral de la Humanidad, sino siempre y únicamente al favor perecedero del momento y de los hombres.”

¿Hasta qué punto el cinismo de que hacía gala Fouché no es superado mil y una veces por el de nuestros hombres de poder contemporáneos, con la salvedad de que estos están casi siempre desprovistos de la inteligencia y el realismo que fueron el fuerte del convencional y regicida?

“Hotel Florida”

La guerra civil española ha proporcionado gran cantidad de material al mito. Su realidad fue mucho más prosaica que la leyenda, aunque no por ello fue menos relevante como experiencia histórica. Al revés de John Ford, entre la realidad y el mito nosotros elegimos la realidad. Es verdad que en el carozo de la leyenda pueden encontrarse no pocos datos que pueden servir para establecer la realidad contrario sensu, pero el culto del mito en sí es demasiado peligroso en todas las épocas. Hay que esforzarse en ver más allá de la imaginería heroica –por mucho que esta nos conmueva- para entender que el heroísmo necesario pasa por la decisión de servir a los bienes últimos,  más que por el gesto sacrificial, y sobre todo más que por la fanfarronada vacía, la propaganda facciosa o el compromiso grandilocuente, que no toma en cuenta los datos de una coyuntura que está hecha de relaciones de poder, de variables que pueden alterarlas continuamente y que requiere de amplitud de miras, de integridad intelectual, de coherencia y de constancia en el análisis para poder ser aprehendida en su meollo. Esto es esencial para captar lo esencial de la lección que en la  historia se oculta. Y por esto me ha gustado tanto el libro que reseño aquí.

Algunos de los personajes que circulan en el libro de Amanda Veill fueron fundacionales para la leyenda heroica de la revolución española. Pero lo que muestra el libro y lo que constituye a mi ver su principal mérito, es la capacidad de la autora para discernir entre la leyenda y la realidad, y para poner en palabras una sucinta pero ilustrativa biografía de tres parejas que se reunieron al calor del conflicto y que suministraron a su vez unos relatos e imágenes de este que se han vuelto indelebles para quienes los han leído o las han mirado. Veill, periodista y autora de ensayos y biografías muy apreciados por la prensa anglosajona, realiza un fresco de la guerra civil tomando como punto focal del escenario el Hotel Florida, un ya desaparecido establecimiento situado en el centro de Madrid, donde se daban cita corresponsales, escritores, miembros de las brigadas internacionales, agentes de Moscú y algunos españoles. Esto permite a la autora establecer un vínculo entre los principales personajes del relato y el abigarrado mundo de intelectuales  y militantes políticos que los rodeaba y que tanto contribuyó a dibujar (o a desdibujar) los contornos de esa guerra que, si había comenzado como una salvaje colisión entre la revolución y la contrarrevolución, entre los pobres y los ricos, terminó siendo el preludio y el laboratorio de la segunda guerra mundial.

En ese trámite la pasión pura de los comienzos se desdibujó y se convirtió en un conflicto ideológico que, en el fondo, no era otra cosa que la tapadera de la “realpolitik” de las grandes potencias. Muchas ilusiones se quebraron allí. El libro de Amanda Veill no intenta describir con  rigor científico este proceso, pero a través de la aventura de los personajes por los cuales circula la historia, nos enseña mucho acerca de esa peripecia. Como dice la autora, su libro “es una narración, y no un estudio académico…” Pero es una narración perfectamente hilada y confiable: “Se trata de una reconstrucción basada en cartas, diarios y memorias personales –publicadas o inéditas-, documentos oficiales, bobinas de películas recuperadas, biografías fidedignas, historias y noticias de la época”.

Las parejas tomadas en consideración por la autora son las de Ernest Hemingway y Martha Gellhorn, Robert Capa y Gerda Taro, y Arturo Barea e Ilsa Kúlcsar. No hay, a mi entender, figuras dominantes en este recuento, aunque desde luego el relumbrón y la fama de Hemingway lo convierta en un especial polo de interés. Confieso que el libro de Veill me confirma en una cierta antipatía instintiva que siempre sentí por Hemingway: más aún que en el caso de Jack London, el a veces enorme placer que me produce su lectura no consigue disipar cierto rechazo que deviene de la bravuconería que rezuma a veces a lo largo de sus páginas. El retrato de Hemingway por Veill, bien que comprensivo, no disimula este rasgo y le añade un dato menos difundido y más grave. Aunque pueda atribuírselo a una infatuación o a un extravío momentáneo, el despectivo rechazo que Hemingway dio a la petición de John Dos Passos para que lo ayudara a interceder por la suerte  de su traductor y amigo José Robles Pazos –desaparecido por la policía política republicana o por algún servicio de inteligencia controlado por los soviéticos-, no es perdonable. Como no lo fue su argumento en el sentido de que no era posible pararse en detalles cuando se estaba librando una contienda mayor; argumento tras el cual se ocultaba, verosímilmente, el hecho de que las inquisiciones de Dos Passos podían entorpecer las  relaciones con el gobierno republicano, para el cual Hemingway estaba rodando, junto al cineasta holandés Joris Ivens, un documental de propaganda apadrinado por el estalinismo.[vi]

Sobre el final de la guerra, habiendo salido ya de España, Hemingway escribió una de sus mejores novelas, “Por quién doblan las campanas”, dedicada al conflicto español. Curiosamente, en esta obra Hemingway sobrevuela apenas los problemas éticos, psicológicos y tácticos que lo habían ocupado durante su estadía en Madrid y se centra en la aventura física y romántica de su héroe Robert Jordan, encargado de volar un puente en la retaguardia de los nacionales. Puesto frente a la última instancia de su vida, cuando, herido y agazapado detrás de una ametralladora, Robert trata de encontrar un motivo para su lucha y su sacrificio, no puede hallarlo en ninguna Causa ni en Madrid, la ciudad sitiada que está defendiendo; sólo puede encontrarlo en el humilde servicio que rinde a sus compañeros y sobre todo a su amada María, al regalarles su agonía para cubrirles la retirada.

Otra pareja retratada en el libro de Veill es la de Robert Capa y Gerda Taro, dos reporteros  gráficos. Judíos, jóvenes, arrojados a un mundo en llamas donde crecía la sombra del nazismo, capaces de divertirse en un mundo sobre el que se cernía la tormenta, bohemios en un París bohemio y provistos de un coraje que pronto perdió su ingenuidad original para transformarse en una templada valentía, se erigieron en un símbolo trágico y sin embargo de algún modo optimista de una juventud que sonreía frente a la tempestad. Capa, tras convertirse en uno de los más grandes fotógrafos de guerra de nuestro tiempo, encontró su fin al pisar una mina durante la campaña de Indochina…, 17 años después de que su novia Gerda tuviera un final atroz al ser aplastada por un tanque durante la caótica retirada de Brunete. 

Pero junto a estas duplas pintorescas, geniales o trágicas, la pareja que conformaron Arturo Barea e Ilsa Kúlcsar es de alguna manera la que para mí concita la mayor simpatía. Tal vez porque Barea es el autor de “La forja de un rebelde”, la autobiografía novelada que a mi entender es uno de los libros que mejor han reflejado la realidad de los estratos bajos y medios de España en la primera mitad del siglo XX, y cuyo lenguaje concreto y seco es un ejemplo de prosa popular castellana que me resulta infinitamente grato. Sus avatares familiares, su vinculación a la familia y el desgarro que supuso su vinculación con Ilsa, una comunista húngara en proceso de ruptura con el partido, y la tarea que realizaron ambos en el bombardeado edificio de la Telefónica en la Gran Vía, como censores de la información que la prensa extranjera despachaba desde Madrid, son la materia de parte del libro de Veill. Esta se ha valido largamente del relato del tercer tomo de la trilogía de Barea -compuesta por “La forja”, “La ruta” y “La llama”- para brindar un retrato de dos personajes asociados por la mutua comprensión y el amor a la gente, más que por las proposiciones abstractas, y cuya fragilidad contrasta con la bombástica in-seguridad de Hemingway-Gellhorn o con el arrojo deportivo que distinguía a Capa-Taro.

Sería bueno que el libro de Barea fuese reeditado. Escrito y publicado entre 1941-1944, en Londres, fue lanzado a principios de los años 50 por la editorial Losada, en Buenos Aires.  Entre las muchas extrañezas que tiene la  carrera de la trilogía “La forja de un rebelde” no es la menor el hecho de que el libro haya  sido traducido al inglés y publicado por primera vez durante la guerra en Londres, donde la pareja Barea-Kúlcsar había ido a parar después de salir de España en 1938 y pasar por no pocas penalidades. La traducción la hizo Ilsa Kúlcsar, que era una reconocida políglota, pero posteriormente el original se perdió, lo que hizo necesario retraducirlo al español. Lo cual establece un curioso récord. Pues, sin dejar de ser de Barea, el vívido español en el que finalmente se lo publicó fue trasvasado de un texto inglés fundado en un original castellano…

El libro de Barea es una pieza que no ceso de recomendar como una obra clave en la narrativa de la guerra civil. En España se han publicado numerosas reediciones. Incluso hay una versión gratis en pdf. Sería bueno encontrar una librería que se ocupase de importar alguna de las ediciones disponibles en España.

Despertar el interés en los libros de Barea y Hemingway, y en la vida y el arte de Gerda Taro y  Robert Capa, así como en el tumultuoso mundo que vivieron y donde se concentraron todas las tensiones que desembocarían en la segunda guerra mundial, es un gran mérito que debe reconocérsele al libro de Amanda Veill. Pero sólo su habilidad, su íntima comprensión del mundo y los personajes que describe, y su límpido estilo, son los factores que le otorgan  vigencia y eficacia como mensaje.

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[i] Javier Vergara editor, 1988.

[ii] Entre los nuestros me animaría a citar a Manuel Gálvez, novelista  y biógrafo; y especialmente a Jorge Abelardo Ramos, provisto del genio de la síntesis, el sarcasmo y la metáfora, cuyos libros “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina” e “Historia de la Nación Latinoamericana” -en su edición de 1968 no expurgada-, son piedras miliares para la comprensión de nuestra historia.

[iii] “Hotel Florida. Verdad, amor y muerte en la guerra civil”, de Amanda Veill,  Turner Noema, México, 2014.

[iv] “Fouché, retrato de un hombre político”, de Stefan Zweig, Acantilado, Barcelona, 2016.

[v] Fue una época poco propicia para las aventuras anfibias de los ingleses: su fracaso en Walcheren vino a continuación de las derrotas y desastres de sus dos expediciones al Río de la Plata, en 1806 y 1807.

[vi] “Tierra de España”. 

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