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10
MAY
2017
Uno de los factores desencadenantes de Armagedón es el miedo. El temor a que el enemigo obtenga una ventaja irreversible suele provocar acciones preventivas que derivan en choques que podrían evitarse o posponerse.

Desde el comienzo de la era atómica el mundo viene viviendo un día a día sobre el cual pende la sombra de la aniquilación total. Pero no siempre se cayó en la cuenta de ese dato: después del choque inicial provocado por Hiroshima y Nagasaki, el mundo se habituó a vivir en una difusa angustia donde poco a poco fue arraigándose la idea de que esa eventualidad era posible, pero improbable. La sigla MAD (Mutual Assured Destruction, que por extensión puede significar locura en inglés) de alguna manera suministró un reaseguro en el sentido de que no se llegaría a ese punto puesto que nadie podría desear la aniquilación del otro si esta incluyera la de uno mismo y su descendencia. Stanley Kubrick puso en duda esa seguridad cuando filmó su película “Dr. Insólito, o de cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la Bomba”, pero en cierto modo seguía subsistiendo el hecho de que el equilibrio de poder se presumía cancelaba, mientras durase, la posibilidad de que esa atrocidad se consumara.

Después de la implosión de la URSS el temor a un choque nuclear mayor pareció disiparse. Ya no habría posibilidad de que las potencias mayores se enfrentasen en una guerra total pues se suponía que no habría razones ideológicas que hicieran irreductibles a los adversarios e indujesen a uno u otro contrincante a oprimir el botón nuclear. Aunque creció la inestabilidad global, y la posibilidad de una utilización táctica o en menor escala del armamento nuclear se vio incrementada, hubo un alivio respecto al peligro de la extinción de la especie. Fue una ilusión. Pues de unos años a esta parte el temor a un apocalipsis ha vuelto a crecer, como consecuencia del expansionismo de Estados Unidos y su intento de ganar ventaja en el campo de la tecnología y del posicionamiento geográfico de los sistemas de armas ligados a la panoplia nuclear. Con miras a establecer una pax americana que muchos empiezan a temer que no sea otra cosa que la paz de los sepulcros, el dinamismo expansivo de Washington se ha multiplicado.

El establishment norteamericano y la configuración neocapitalista con epicentro en Londres y Nueva York, que aspiran a una globalización asimétrica en la cual la voz mandante sea la de Washington, han pasado por encima de todos los cálculos de prudencia. Prometieron que si la URSS renunciaba a su tutela de los países del pacto de Varsovia y este caducaba, la OTAN y la Unión Europea no extenderían su membrecía a esos estados que había formado parte del glacis soviético; aseguraron que una corriente de inversiones y negocios se desplazaría hacia una renacida Rusia liberada de sus obligaciones hacia sus países vasallos; prometieron que se haría cada vez más amplio el desarme…

Y bien, ninguna de esas promesas se concretó. Las inversiones brillaron por su ausencia aunque los negocios, por el contrario, florecieron entre la financistas occidentales y la oligarquía y neoburguesía mafiosa que surgió en Rusia. El proceso capitaneado por Boris Yeltsin en diez años desarticuló la estructura económica y social de Rusia que, aunque herrumbrada y necesitada de reformas, seguía funcionando; el desarme se limitó al desguace de los misiles más obsoletos y a una reducción en el número de los más eficientes que dejó sin embargo en pie la cantidad suficiente de ellos como para reducir el mundo a cenizas. Mientras tanto la investigación en la tecnología y el lanzamiento de nuevos sistemas de armas siguió sin parar en Estados Unidos, replicado, una vez concluida la era Yeltsin y llegado Vladimir Putin al poder, por un proceso igual e incluso probablemente más afinado de parte rusa.

En cuanto al respeto de las áreas de influencia, que estaba implícito en las conversaciones entre Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov, quedó en agua de borrajas. La Unión Europea incorporó a la mayor parte de los estados de Europa central, la OTAN se asomó a las orillas del Vístula, se fogoneó la inestabilidad en los países del Cáucaso, estimulando los particularismos por vía del fundamentalismo musulmán más retrógrado; y se terminó fomentando el “Euromaidán” en Ucrania, un golpe planificado y alimentado por la CIA, que destituyó a un gobernante electo legítimamente, Víktor Yanukóvich -que tendía a sostener una relación estrecha con Rusia-, para reemplazarlo con Piotr Poroschénko, que aspiraba a cerrar lazos con la Unión Europea y si era factible con la OTAN. Tras él se alinearon los sectores más reaccionarios de la sociedad ucraniana, descendientes de los que se sumaron al ocupante nazi durante la segunda guerra mundial y participaron de buena gana en el Holocausto. Procesos parecidos se vieron en los países bálticos exsoviéticos –Estonia, Letonia, Lituania- mientras que en Polonia, Checoslovaquia y Rumania los radares y las baterías de misiles destinados a la detección e intercepción temprana de cualquier lanzamiento ruso, inhiben a Moscú -o lo harán a breve plazo- la posibilidad de reaccionar a tiempo a un eventual ataque con misiles balísticos de gran alcance proveniente de occidente. Se trata de una estrategia que, una vez concluidos sus preparativos, pondría de rodillas al enemigo sin disparar un tiro.

Por otra parte la política imperialista, que multiplicó su dinamismo después de la caída de la URSS, no se ha limitado a acosar a Rusia con el progresivo cerco a sus fronteras, con sanciones económicas y con un dumping en los precios del petróleo que la tienen como objetivo, junto a Venezuela. La apuesta va mucho más allá. En el oriente y en el extremo oriente se juega una partida que si bien la llegada de Trump al poder ha tornado vidriosa, porque vidriosa es la personalidad del nuevo presidente norteamericano, conserva la orientación general impresa por el “Deep State”, que no es otra que la determinada por un antagonismo insalvable con Rusia y con China, la superpotencia emergente. Según informa la BBC, esta potencia se siente directamente amenazada por el cerco insidioso instaurado por el Pentágono. La aparición de los misiles Thaad (sistema terminal de alta altitud de defensa, por su sigla en inglés) en Corea del Sur, aparte de pretender proteger a este país de la peligrosa intemperancia del mandatario norteño Kim Jon Un, apunta a neutralizar la capacidad del armamento chino, al detectar el lanzamiento de sus misiles y alimentar los datos de los sistemas defensivos que Estados Unidos tiene en el Pacífico. China ha reaccionado enérgicamente contra el proyecto. El portavoz de su gobierno anunció en marzo pasado que su gobierno "tomaría las medidas necesarias para defender nuestros intereses de seguridad." 

En el medio oriente, zona nunca caracterizada por la tranquilidad, la política exterior norteamericana, por su propia cuenta o trámite sus aliados de la OTAN e Israel, sumió a la región en un caos que ha costado… ¿cuántas vidas? ¿Un millón, dos millones? Precio al que hay que agregar un estropicio infraestructural espantoso y una oleada de refugiados que se desperdigan en las inmediaciones de los países en conflicto o que se derraman incluso en Europa, llevando consigo su desamparo, su desesperación y, por qué no, las larvas de un terrorismo que no perdona. Retengamos estos nombres: Irak, Afganistán, Libia, Siria; pronto quizá Irán y Corea del Norte: todos eslabones de una misma cadena que pretende atar al mundo en un sistema asimétrico, patrocinado desde arriba y sostenido por una abrumadora fuerza militar.

Pero lo más grave es que esta distopía voluntarista se ha reconfigurado como una doctrina que, aunque no cuenta con un “Mein Kampf” para articularse como discurso propagandístico, dispone de evaluaciones teóricas y librescas en apariencia más refinadas aunque tan grotescas y espantosas como las del discurso hitleriano. Su premisa básica y peligrosísima parecería ser la de que se puede ganar un conflicto atómico si se dispone de los recursos para reducir previamente al adversario a la impotencia. Esto quizá haría posible incluso prescindir de la apuesta a una “all out war” pues el enemigo no se atreverá a reaccionar ante las amenazas o los ultimátum de los que puede ser objeto. Pero para llegar a este punto es necesario recorrer un camino de cornisa desde el cual el mínimo error puede despeñar al mundo en la catástrofe. Lo que abre un campo de especulaciones del cual lo menos que se puede decir es que resulta pavoroso.

En efecto, en el caso de que los gobiernos de Rusia o China o ambos a la vez se sientan en peligro de perder su capacidad de reacción –y esta es la situación a la que estamos aproximándonos-, ¿cómo han de actuar? ¿Se someterán o intentarán adelantarse a la amenaza con una guerra preventiva, sea esta de carácter limitado o no? ¿Estimarán que deben sacrificar su soberanía en aras de la supervivencia de la especie? ¿O decidirán que esa misma supervivencia debe ser preservada acabando con la fuerza enferma que amenaza a todos, antes de que sea demasiado tarde?

El nivel de determinación y de locura que hay en el núcleo de la civilización norteamericana es muy alto. Y, llegado a cierto punto, el riesgo de contagio también.

 

 

 

 

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