nota completa

17
JUL
2019

Cuidado con el desarme ideológico

Alberto Fernández y un difícil equilibrio.
Alberto Fernández y un difícil equilibrio.
Avanza la campaña electoral y se agudiza el delicado problema opositor de cómo abordarla. El temperamento negociador de Alberto Fernández no debe arrastrarlo al conciliacionismo, aunque hay que reconocer debe caminar por una cornisa muy estrecha.

Los otros días el presidente de la Nación afirmó que en Argentina reina la libertad informativa, como lo demostraría la existencia de “muchos” medios opositores a su gobierno. No hay nada que pueda corroborar esa afirmación. Pasando revista a los medios de comunicación salta a la vista la disparidad que existe entre la potencia de fuego de los que responden al oficialismo y los poquísimos que se perfilan en una línea opositora o al menos abierta a un mínimo de crítica respecto de los desaguisados del gobierno de Cambiemos. Incluso estaríamos tentados a decir que más que unos poquísimos, existe tan sólo uno -cuyos propietarios están encarcelados sin proceso ni causa alguna que lo justifique- que exprese una línea política resueltamente perfilada junto al principal bloque opositor. Pero incluso allí no se puede presumir demasiado. C5N es un canal de cable. Es decir, no tiene el alcance de uno de los de aire, ni la audiencia popular que estos pueden obtener porque trabajan el campo del entretenimiento además del informativo y están más al alcance de segmentos de población que no disponen de posibles como para pagarse una emisión por fibra óptica. En cuanto a Página 12, el único medio impreso  que cumple el mismo rol, está lamentablemente demasiado filiado al progresismo militante y a sus fijaciones temáticas  como para resultar atractivo o provisto de gancho respecto a los sectores populares.

Estas son referencias importantes para evaluar las posibilidades con las que cuenta el oficialismo para perpetuarse en el poder. En otras circunstancias podría suponerse que esa ventaja podría ser aventada por el ímpetu de la protesta popular. Pero, de momento, no se percibe que el difuso y profundo descontento que causa la actual situación esté listo para transformarse en tormenta. Los responsables de la campaña del Frente para Todos (FdT) deberían estar alertas a estos signos “meteorológicos”. ¿Cuáles son las estrategias que deben adoptar para optimizar los escasos recursos de que disponen? En el mundo posmoderno en que estamos metidos, los viejos criterios de propaganda basados en plataformas ideológicas y en proposiciones concretas, han cedido su lugar a las técnicas de marketing, al juego de la seducción y a los mecanismos de la publicidad. Esto no sería tan importante, insistimos, si no fuera porque en estos momentos en nuestro país la sociedad acumula capas sucesivas de desencanto que aparentan haber generado una gran apatía en materia política.

Una doble ecuación está devastando la percepción de la política y la historia en esta etapa del desarrollo contemporáneo. En países como el nuestro, provistos de un estrato medio que vive en condiciones confortables, la privatización de la vida incentiva el egoísmo consumista y torna a la política en algo irrelevante, a la que solo cabe prestar atención en la medida en que afecta favorable o desfavorablemente a los intereses personales. La concentración de la familia en torno al televisor, a los aparatajes cibernéticos y al esparcimiento en áreas cerradas y en zonas privilegiadas, y el consumo lúdico de entretenimientos por lo general superficiales, alienan de la realidad a grandes cantidades de gente, buena proporción de la cual está compuesta por jóvenes; es decir, por los que en otras circunstancias solían ser los portadores del anticonformismo y la rebeldía.

Por otra parte, una masa de asalariados que viven de un empleo precario o que son periféricos al sistema, padecen una inestabilidad física y psicológica que se ve fuertemente agravada por la desaparición o la fragmentación de los grandes partidos, también ellos entregados al juego pequeño de las ambiciones personales, en el marco del retroceso global marcado por la llamada crisis de las ideologías. Esto retrae al elemento popular de la participación activa en la vida pública y el debate ideológico. Pero este apartamiento no proviene sólo de la falta de tonicidad global que tiene el período, sino sobre todo de la acumulación de derrotas y de la desconfianza que genera una clase política que, salvo excepciones, suele estar absorta en sí misma y en su propio juego.

La Argentina ha acumulado demasiados fracasos en muchos años. Invirtiendo el aserto de Macri en sentido de que el país padece de 75 años de retrocesos –filiando así la fecha de la decadencia con el surgimiento de peronismo- nos resulta evidente que ese momento de quiebre se produjo en la contrarrevolución del 55, cuando la clase oligárquica, sostenida por amplios sectores de la clase media, dio el golpe de setiembre, que se proponía devolver al país al modelo exportador de productos primarios sobre el que se había constituido la república del Centenario. Era un proyecto absurdo, semejante a querer vestir a un mozo de 20 años con la ropa que  usaba cuando tenía diez; pero lo más grave es que ese propósito sigue vigente ante un país que ha doblado esa edad y al que debería ser imposible volver a encorsetar en ese esquema. Sin embargo, eso es lo que sucede hoy, y el motivo por el cual ese proyecto antihistórico y antisocial parece todavía poder imponerse es porque a lo largo de todo el lapso transcurrido desde entonces el bando nacional y popular ha sido incapaz de romperle el espinazo a la conjunción reaccionaria que combina la colonización cultural con las finanzas tóxicas y la primarización de la producción.

Desbalances

La batalla electoral que se avecina debe ser asumida con la máxima responsabilidad y compromiso. No estamos seguros de que las cabezas encargadas de diseñar la campaña tengan en claro cómo deben actuar frente a lo que el oficialismo ya está armando como una ofensiva virulenta, provocadora y plagada de “posverdades” engañosas. Es cierto que no es fácil encontrar el método para responderla. El Frente de Todos  no dispone de la plétora de dinero y de los medios de comunicación que tiene el gobierno, no cuenta con esa fuente esencial de aprovisionamiento que es el FMI, que le financia la campaña a través de préstamos que le permiten mantener calmo el precio del dólar; ni dispone de los estrategos a lo Durán Barba que se queman las cejas realizando estudios de campo y analizando la política de acuerdo a los principios  de la mercadotecnia. Esto último, después de todo, podría constituir una ventaja. Pero una cosa es evidente: que en el esfuerzo por “no pisar el palito” no se puede descuidar el valor del ataque como mejor defensa. Es evidente que el oficialismo se dedicará –se está dedicando, se ha dedicado siempre- a ensuciar la cancha, a multiplicar las ofensivas “judiciales” y las “fake news”, a agitar la bandera de la moralina remitiéndose a presuntas corrupciones del pasado mientras se cuida mucho de mencionar las bien concretas y manifiestas del presente, a las que se añaden las posibles que se diseñan para el futuro inmediato, con los sistemas electrónicos de votación o de registro de votos que inspiran ya una fuerte desconfianza.

Es necesario no tener miedo al terrorismo psicológico e ideológico que se está derramando desde las usinas del gobierno. Hay que hacer que esas “lanzas se le tornen cañas”. El ataque a Axel Kiciloff  tachándolo de “marxista”, debería servir para tornarle la oración por pasiva al oficialismo. ¿Desde cuándo ser marxista o estar informado por ciertas premisas básicas del marxismo que impregnan al conocimiento social en todo el mundo moderno, debería representar un delito o una mala nota para alguien? Es una enormidad propia de los años de la dictadura y el que se la reproduzca otorgándole peso político es expresivo del nivel cavernícola de los detractores del Frente de Todos, que parecen salidos de la era McCarthy. Y lo mismo cabe señalar respecto a las ataques a los jefes sindicales más combativos, como Hugo Moyano o Sergio Palazzo. Pero lo esencial es rebatir los pseudo argumentos de Cambiemos con la verdad histórica y con la descripción del presente. Lejos de negarse a hablar del pasado para remitirse a una prédica que aluda –genéricamente- a la necesidad de unidad de los argentinos, es preciso referirse al carácter de clase de los diferendos que recorren nuestra historia y a la concepción renunciataria  y entreguista de la coalición conservadora que una y otra vez ha vuelto la situación a fojas cero después de cada intento de liberación. No hay que exagerar la nota conciliadora limitándose a desmontar los ataques llueven desde el sistema, sino recordarle al electorado la naturaleza de este, su historial de traiciones y su corruptela presente. ¿Cómo se puede no hablar de los problemas pendientes que rodean al presidente de la República y a su entorno con la causa del Correo y el soterramiento del Sarmiento; cómo ignorar los nexos entre los Ceos de las grandes empresas de energía y de las finanzas y su instalación en los más altos cargos del gabinete nacional, y los salvajes aumentos de tarifas en beneficio de las entidades a que pertenecían? ¿Cómo no recordar la contradicción entre las promesas de campaña y las realidades promovidas por la gestión del actual gobierno: desaparición serial de Pymes, centenares de miles de puestos de trabajo perdidos, reducción de las prestaciones sociales; hambre, pobreza e inseguridad; inflación imparable; reducción de la política exterior a un mecánico seguidismo de la de Estados Unidos, virtual abandono del tema Malvinas, donde los británicos operan a su antojo sin tener que enfrentar una oposición diplomática medianamente enérgica; nuevos intentos para orientar a unas desastradas fuerzas armadas a tareas de seguridad interior; contracción superflua de una descomunal deuda externa que, fuera de servir a la timba financiera de los amigos del gobierno y para enjugar los intereses de los préstamos contraídos, ata al país y a su gente al pago de los intereses que ella genera y que, si no son renegociados, condenarán a la Argentina al subdesarrollo perpetuo. Por ejemplo, la fuga de cerebros determinada por la reducción del presupuesto consagrado a la investigación científica, se convertiría en una sangría permanente. La paralización de Atucha III y del plan nuclear, y la anulación de la construcción del Arsat 3, que comporta la puesta en riesgo de los derechos de uso de la banda orbital que le había sido asignada y el eclipse u ocaso del Plan Satelital Geoestacionario Argentino, que estaba diagramado hasta el 2035, serían también inevitables si se han de cumplir las estipulaciones del Fondo Monetario Internacional para el reintegro de la deuda.

Nada de todo esto es casual. Forma parte de una política mundial que se llama globalización asimétrica y que querría reproponer el esquema colonial del siglo XIX en moldes tecnológicamente actualizados. Es el viejo tema del vino viejo en odres nuevos. Pero lo notable en nuestro caso es que, mientras en el resto del mundo se reacciona duramente contra esa política, aquí como en la mayor parte de América latina, el modelo se expande. Este es un tema que hemos analizado en otras ocasiones, pero al que hay que tener siempre presente.

Pero quizá esta perspectiva no sea percibida por todos en su naturaleza profundamente destructiva. Hay que recordar, a los votantes que no son proclives a las visiones de conjunto, no se preocupan de historia y se dejaron llevar por la retórica de la campaña de Cambiemos en 2015, las consecuencias concretas que tuvo su decisión y que golpean su estatus y su destino y, asimismo, la dirección que ostenta la política del presidente Macri, que en esta ocasión no disimula, como lo hiciera la primera vez, los ejes sobre los que se movilizará su quehacer: la reforma previsional, que demolerá a futuro el sistema jubilatorio, devolviéndonos al sistema de las AFJP, y la laboral, que tenderá a satisfacer los deseos del empresariado más mezquino, favoreciendo el despido sin causa y, en la medida en que se pueda, sin indemnizaciones, en aras de la flexibilización, señuelo para las inversiones tan anheladas y nunca concretadas…

Estamos a menos de un mes de las PASO. Aunque técnicamente es una primaria que no determina nada, psicológicamente puede condicionar al electorado lo suficiente como para orientar el voto de la primera vuelta para  que esta sea la definitiva, ahorrándonos el balotaje y apresurando el abordaje de unos problemas que no admiten dilación. Y no olvidemos que de las elecciones de este año depende algo más que un período de gobierno: sentarán el espacio en el cual este país se sumirá indefinidamente en el atraso, o tendrá la oportunidad de reaccionar una vez más para levantarse como lo que debe ser.

  

Nota leída 1634 veces

comentarios