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07
JUN
2020
Patrullero en llamas en N.Y.
Patrullero en llamas en N.Y.
El problema racial sigue complicando a la sociedad norteamericana. El fenómeno está lejos de ser atribuible a los solos Estados Unidos, pero allí se configura de una manera especialmente compleja.

La brutalidad policíaca no es una novedad en ninguna parte. Responde en buena medida al deterioro de unas condiciones sociales que degradan al entorno humano y exasperan las causas que aumentan la delincuencia y, en respuesta, la intemperancia y la contundencia de la represión con la que se la intenta sofocar. Este círculo vicioso, por supuesto, adquiere particulares maneras de expresarse según los antecedentes históricos y la configuración psicológica de las sociedades en los que se manifiesta. En Estados Unidos esa herencia del pasado es particularmente pesada, debido tanto al hecho de la esclavitud, que tan importante papel representó en su proceso histórico, así como por la existencia de un quiste racista fuertemente impregnado de nacionalismo biológico. Este rechazo racial no sólo afectó a los negros; también tocó, bien que de forma menos agresiva, a los pertenecientes a otras minorías inmigrantes, como los irlandeses, los italianos y los judíos, y se ejerció también bajo la forma de un difuso desprecio hacia los remanentes de la población mexicana que habían quedado en territorio estadounidense después de la apropiación del 50 por ciento del territorio de su país por los gobiernos de Washington. Sólo gradualmente y ante la irrupción de masas cada vez más grandes de negros e hispanos en la vida social, esta predisposición, que a nivel consciente o semiconsciente era mayoritaria, comenzó a modificarse. Pero ese sentimiento está lejos de borrarse todavía, y se complica con el problema de la violencia que se suscita en urbes sobrepobladas y en los guetos donde la droga circula más profusamente.

Esa sensación de inseguridad es parte del capital de Donald Trump, un” tiempista” político que se está revelando muy ducho para sobrenadar en las aguas de un mar agitado por la crisis y por el tsunami del corona virus. Mucho se discute en USA acerca de si la crisis actual achica o agranda las posibilidades de Trump de renovar su mandato en las elecciones de este fin de año. En apariencia muchas de sus observaciones y raptos de humor deberían estar conspirando contra sus aspiraciones, pero, curiosamente (o no tanto), esas ocurrencias de pronto sintonizan con el humor de la “mayoría silenciosa”, que sabe o presiente que el derrumbe del empleo producido en los últimos meses no es fruto de la política de presidente sino de la pandemia, y que, como el primer mandatario, no simpatiza en absoluto con las revueltas urbanas y el desorden que estas traen aparejado. Por otra parte la entidad de los recientes disturbios originados por el asesinato de George Floyd como consecuencia de la brutalidad de un procedimiento policial corriente pero muy duro, aunque sea magnificada por el New York Times y otros órganos de la prensa llamada “liberal”, no tiene nada que ver con las devastaciones, saqueos y motines que puntearon la década de los 60, contemporáneamente a la guerra de Vietnam y al asesinato de Martin Luther King. A esto hay que añadir el repunte en la actividad económica luego del primer impacto del Covid 19: según Ámbito Financiero, Wall Street trepó el jueves hasta el 3,1 por ciento tras de que se conociera una merma en la desocupación hasta el 13,3 por ciento, cuando se esperaba que rondase el 20 por ciento.

Todo esto no beneficia al candidato demócrata, Joe Biden, que en un principio pudo creerse favorecido por el estallido. En cuanto a Biden en sí mismo no hay que hacerse ilusiones: fue vicepresidente de Barack Obama, lo que lo dice todo. Esto es, que pertenece a los cuadros del establishment de su partido, más preocupado por bloquear la candidatura presidencial de Bernie Sanders que por ganar las elecciones. Ahora bien, ¿permanecerá el decurso norteamericano inexorablemente ligado a la repartición del poder entre las dos alas derechas que se han dividido el gobierno a lo largo de su historia, el ala republicana y el ala demócrata?

Nada es seguro. El problema racial es sin embargo en la Unión un obstáculo que interfiere en el desarrollo de las luchas populares. Siempre ha sido posible a la oligarquía explotar los resentimientos y las sospechas para mover a unos sectores contra otros y neutralizar así los envites populares. Las fuertes autonomías estaduales ayudan a dividir y lentificar los esfuerzos -cuando estos existen- del poder central para imponer reglas más igualitarias y allanar el camino hacia una democracia más equitativa. En este único sentido países como el nuestro han sacado cierta ventaja respecto al coloso del norte. Una ventaja relativa, convengamos, y sujeta a revisión toda vez que la grima contra los connacionales de piel más oscura y para con los inmigrantes de países vecinos está activa en gran parte de la población urbanita, en especial en sectores de clase media. Pero al menos se nos ha ahorrado que las protestas populares contra el sistema oligárquico hayan caído en el auto-canibalismo, con sectores que a la vez que se levantan contra el estado de cosas se devoran entre sí o aprovechan la ocasión para desahogar antipatías y furores que abrevan en una cuestión de piel contra otros sectores, tanto o más oprimidos que ellos. Un ejemplo de este espantoso tipo de confusión lo brinda la historia norteamericana en uno de los capítulos del fenómeno fundante de grandeza, la guerra civil. En 1863 el presidente Abraham Lincoln se vio obligado a decretar el servicio militar obligatorio para suplir al voluntariado que había disminuido después de las matanzas de los primeros dos años de conflicto. Los ricos podían eximirse del servicio pagando 300 dólares, pero los blancos pobres iban de cabeza al frente. Estallaron disturbios en muchas ciudades, pero en Nueva York adquirieron características feroces. Sobre todo entre los inmigrantes irlandeses, que eran carne de cañón y nutrían un violento resentimiento contra los negros, pues estos competían con ellos para obtener trabajo como estibadores, criados domésticos, barberos o simple mano de obra no cualificada, y solían ser utilizados como rompehuelgas por los patrones cuando se suscitaba algún paro. La ola de rabia contra el gobierno se bifurcó entre los trabajadores blancos, que durante días arremetieron contra los edificios públicos y las líneas de tranvías, incendiaron comercios y residencias particulares, y asesinaron a negros, a los que mataban a tiros o ahorcaban cuando los encontraban en las calles. Dice Howard Zinn que “los alborotos tenían una tipología compleja: tenían componentes de sentimiento antinegro, antirrico y antirrepublicano”.[i] El ejército y la marina de Estados Unidos reprimieron finalmente el alzamiento, que terminó costando un millar de víctimas fatales.

El racismo ha significado una pesada mochila para la democratización efectiva del país al que suele considerarse como madre de todas las democracias. Este falso lugar común, aunque muy desgastado ya, no termina de recorrer su camino, especialmente en gran parte de la población norteamericana. El hecho de que la magnitud de los desórdenes producidos con motivo del asesinato de George Floyd se haya mantenido hasta ahora dentro de márgenes dominables, no deja de advertir sobre las redomas del furor que bullen en lo profundo de esa sociedad. Y esos vapores malignos pueden explotar con furor algún día.

 

[i] Howard Zinn: “La otra historia de los Estados Unidos”, págs. 175-176, Siglo XXI Editores , 2002, México. Hay una impresionante reconstrucción cinematográfica de este episodio en la película de Martin Scorsese “Pandillas de Nueva York”, de 2002, donde el director usa al momento de la revuelta para ambientar el clímax de la película: el choque entre los “gangs” de Nueva York, los “Native American” y los “Conejos Muertos” (“Dead Rabbits”), que reúne a los inmigrantes irlandeses.

 

 

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