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16
JUN
2020
Se está produciendo una paradójica inversión de sentido en torno al tema de la “corrección política”. De la moderación artificial se está pasando a una restricción autoritaria del pensamiento libre.

Desde hace décadas la denominada “corrección política” se ha convertido en una especie de catecismo de las buenas maneras en el tratamiento de la cosa pública. En realidad nunca se trató de otra cosa que de un barniz llamado a disimular el sentido profundo de las enemistades o los resentimientos de fondo que están en el núcleo de todo devenir histórico. Tras la victoria de las potencias anglosajonas en la segunda guerra mundial, de la derrota del nazifascismo y del estancamiento del comunismo en la mediocridad del “socialismo real”, el capitalismo llamado liberal o neoliberal fue creando una serie de categorías que habrían de fungir como un acolchado para disimular el juego de intereses que se dirime en su seno y atenuar los golpes que podían venir de fuera. Esta modosidad se expresaba –y se expresa- por un lado en la defensa de la democracia formal en forma unívoca, excluyendo todo tipo de análisis de sus componentes sociológicos en los países que se toman en cuenta; y, por otro, en la condena, a veces de labios para afuera, del  racismo. Es decir, en una defensa creciente de la identidad de las minorías (sin distinguir a veces de qué minoría se trata), de condena al racismo y de apoyo a las reivindicaciones del movimiento negro en Estados Unidos, donde habita la minoría más activa del movimiento de las gentes de color.

Esta ponderada repulsa a la injusticia que suponen los racismos, por supuesto estuvo y está asentada sobre las reivindicaciones cada vez más vehementes de las minorías postergadas por su color o por su situación de clase (dos categorías que generalmente van hermanadas). El movimiento se está haciendo cada día más fuerte y temible para los estamentos poseedores, razón por la cual su aparato mediático impulsa, junto a las reivindicaciones más ciertas y necesarias, el discurso abstracto de los sectores progresistas cuya sensibilidad es más susceptible que otras a engancharse a los grandes gestos y a las protestas sensacionalistas, por lo común teñidas de un espíritu “trasgresor” que tiende a velar, con su ruido y su furia, las razones concretas del reclamo social. La política “de género”, erigida sin confesarlo casi como principio dinámico del movimiento histórico; la atrocidad idiomática del “lenguaje inclusivo”, que desmerece la comprensión de cualquier discurso crítico y hace rechinar los dientes o aleja al lector de cualquier escrito redactado en ese galimatías; y el esnobismo que se descuenta entre los sectores ilustrados de la clase media -clientes ideales de esas prácticas-, son los elementos que más activamente soplan en las velas de este movimiento.

Se produce así una inversión de sentido en torno al tema de la “corrección política”. De la moderación pasamos a la exaltación, y muchos se convierten en campeones implacables de un nuevo puritanismo que consiste paradójicamente en sacralizar la trasgresión. Pues si por un lado se condena, en buena hora, a los abusadores al estilo de Harvey Weinstein, y por supuesto se combate contra crímenes policiales como el cometido contra George Floyd, por otro se producen episodios como el vandalismo contra las estatuas de Cristóbal Colón –erigido en un paradigma del racismo sin tomar en cuenta la sensibilidad de su época ni el carácter mucho más trascendente de su aportación como explorador y descubridor-; se remueven las estatuas de los prohombres del Sur esclavista en la guerra civil y se difunde una especie de policía del pensamiento en el plano del séptimo arte, donde HBO acaba de sacar de su plataforma de “streaming” a “Lo que el viento se llevó” por las protestas dirigidas contra sus contenidos explícita o subliminalmente racistas.

Todos los movimientos que se proclaman revolucionarios tienen una etapa iconoclasta. Es corriente que en su etapa inicial se pongan a derrumbar los monumentos o las estatuas que representan algo que odian. O a cambiar el nombre de las ciudades. Con el riesgo de que, a la vuelta de unos pocos años, esos monumentos vuelvan a erigirse donde estaban y las ciudades sean nuevamente redesignadas. La revolución francesa y la rusa abundaron en ejemplos de esta laya. Aquí, por ahora, la progresía se la ha tomado con el monumento al general Roca, lo que resulta señaladamente injusto toda vez que se agrede a la memoria de quien salvó la unidad del país al asegurar su frontera del desierto y al acabar con el secesionismo de Buenos Aires. Cosa esta última que es quizás lo que no se le perdona y que es lo que pone su estatua en peligro, mientras que los monumentos a Mitre y a Sarmiento siguen incólumes. No es que quiera yo que estas últimas obras sean atacadas, como también me horrorizaría si a algún desubicado se le ocurriera atentar contra el monumento al general Alvear, homenajeado por una magnífica estatua ecuestre de Bourdelle. Lo que quiero decir es que, llegado un momento, los monumentos y la propiedad inmobiliaria de valor estético o histórico adquieren un valor propio, se integran al paisaje ciudadano, son parte de su patrimonio y se incorporan a las vivencias personales. Si se odia lo que esos personajes simbolizan, más que en destruirlos habría que pensar en crear otros monumentos nuevos que reflejen la nueva convicción y que se sumen al espíritu de síntesis con que en definitiva será posible realizar la catarsis con nuestra propia historia.

El caso de “Lo que el viento se llevó”

En el caso de la suspensión de “Lo que el viento se llevó” de la plataforma de HBO, que mencionamos antes, me parece que no hay que rasgarse mucho las vestiduras. Si la supresión fuera definitiva, naturalmente me opondría. Pero, tal como se perfila la cosa, de lo que se trata es suspender provisoriamente su inclusión en el listado del material disponible, mientras se provee a la película de una introducción o complemento que explique los contenidos y el contexto que tuvo la película basada en el “best seller” de Margaret Mitchell. Le hace falta, obviamente, dado el carácter velado o directamente racista de muchos pasajes. Pero de ninguna manera hay que caer en la policía del pensamiento y suprimir la pieza. Que no es, por otra parte, un ejemplo de refinamiento estético, de síntesis dramática ni de facundia creadora, sino de un caótico mecanismo de factura industrial y de difusión comercial y, por lo tanto, un testimonio muy valioso de una época de la industria cultural y de una era no muy recomendable de la cultura de masas en EE.UU. Tres hábiles directores se alternaron en el rodaje del filme, George Cukor, Sam Wood y Victor Fleming; tres guionistas asumieron en diversas ocasiones la redacción del script, a los que se sumó el productor David O. Selznick, quien afirmó haber escrito él solo el 90 % del guión; hubo dos directores de fotografía, y todos, por una razón  u otra, entraron en conflicto entre sí. El resultado fue un filme sobredimensionado, redundante a veces, con algunas estupendas interpretaciones, algunos pasajes de gran efecto, algún personaje dramática y psicológicamente creíble -el de Scarlett O'Hara- y una visión edulcorada pero con gancho del Sur esclavista y de su tragedia en la guerra de Secesión.

Por qué este mazacote redundó en una película de tanto éxito[i] es un misterio que habla de los recovecos no precisamente fáciles de airear que existen en el seno de la cultura de masas. Y, por eso mismo, estos derivados del arte industrial siguen siendo materiales de gran valor que vale la pena atesorar. Y estudiar, si se da el caso.

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[i] En términos relativos “Lo que el viento se llevó” sigue siendo la película más taquillera de la historia del cine.

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