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28
JUN
2020
La reacción levanta la cabeza. La derecha más enconada embiste. Argentina no debe repetir la experiencia de anteriores fracasos populares.

Argentina vive días difíciles. La crisis que se cernía sobre el país como consecuencia del latrocinio y el desbarajuste significado por el gobierno de Mauricio Macri, ha acelerado sus tiempos como resultado de la brutal irrupción del Covid 19. La pandemia ha provocado un desastre en todo el planeta, a tal punto que de algo podemos estar ciertos: que las cosas no volverán a ser como eran en ninguna parte. Pero aquí, como consecuencia de la catástrofe heredada y de la permanencia del problema irresuelto que plantea una oligarquía agrario-financiera que controla las palancas del poder más allá de si dispone o no de los instrumentos del gobierno, la situación reviste visos de tal gravedad que se hace evidente que al país sólo le queda renovarse o zozobrar. O Argentina rompe con la fijación del sistema económico-mediático-judicial que la paraliza, o retrogradará hacia un largo período de desorden, anomia y expulsión a la periferia de la tercera parte o más de su población.

Sería un destino injusto, pues esta sociedad, de una manera confusa pero persistente, ha luchado a lo largo de toda su historia por liberarse del aparato constrictor de la casta dominante. En algunas ocasiones se ha acercado a definir su destino sacudiéndose ese yugo, pero una y otra vez, las fuerzas de la reacción consiguieron imponerse. Lo hicieron en base a la audacia, la crueldad, la mentira y la aplicación brutal de la fuerza, a pesar de que el bando popular a veces dispuso de los votos y también de los recursos legales y del poder de represión que el Estado puede ejercer legítimamente en su propia defensa. Pero su dirigencia renunció una y otra vez a hacerlo. Urquiza abandonó el campo de batalla de Pavón después de una lucha muy igualada tras la cual dominaba el terreno; Irigoyen (o el partido radical más bien) no se atrevió a movilizar al sector del ejército que era leal a la Constitución para sofocar la sublevación del 6 de septiembre 1930; Perón, en vez de poner a los terroristas que bombardearon la Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955 frente a una corte marcial, prefirió componer con una oposición que de inmediato le saltó a la yugular y fomentó el golpe del 16 de septiembre; Frondizi jugó a hacerse el astuto cediendo ante los militares setembrinos, creyendo que podía maniobrarlos, y terminó desposeído del gobierno; y el kirchnerismo fue incapaz de aplicar las normativas que él mismo había fijado legítimamente en el Congreso y naufragó sin abordar no sólo la cuestión fundamental de la reforma fiscal, sino sin siquiera poder poner en práctica la ley de medios: la maraña judicial y los dineros del sistema se constituyeron en un obstáculo laberíntico y pegajoso, que empantanó la iniciativa. Los errores de una campaña electoral puesta a la sombra de las rivalidades y pequeñeces personales terminaron sellando su destino en esa ocasión. Perdió por un margen estrechísimo, pero que fue suficiente para que los dueños del poder fáctico dieran marcha atrás con lo antes actuado y con total impavidez hicieran pedazos las finanzas del estado y a la industria mediana e implantaran una regresión tecnológica, científica y social que dejó al país por los suelos.

Ahora, cuatro años después, una nueva oportunidad se ha abierto, pero los sectores retrógrados que ejercen el poder real ya están desestabilizando al nuevo gobierno apoyándose en los sectores de clase media más visceralmente antiperonistas, movilizados por los oligopolios de prensa y por la pandilla de grandes agroexportadores que tienen la desvergüenza de invocar para sí el patrimonio del patriotismo y su presunto carácter de fundadores de la nación. Y así, no sólo se envuelven en la bandera argentina para abordar sus lujosas cuatro por cuatro y protestar contra la “infectadura” sino que, subrepticiamente y a través de voceros anónimos que circulan por las redes, convocan a la “gente del campo” a armarse y a tirar contra las bandas (inexistentes) de depredadores que rajarían los silos bolsa y romperían las alambradas. Mentiras y más mentiras, que se enganchan a una campaña de desprestigio que se agarra de nada, como no sea de la predisposición histérica de algunos sectores de clase media y de la que esperan sea la desesperación los más pobres ante un eventual quiebre de la asistencia social, precipitada por el quíntuple engranaje que aprieta al país: crisis derivada de la devastación del empleo causada por el macrismo, por la impagable deuda que este dejó, por el impacto del corona virus y por la cuarentena que paraliza la actividad productiva; por lo inaccesible del mercado de capitales y, por fin,  por la imposibilidad de emitir indefinidamente sin caer en la híper. Creen que el caos los favorece, pues podría devolverlos al gobierno vía elección o trámite golpe de estado. En realidad estarían abriendo la Caja de Pandora, pero esa eventualidad no parece preocuparlos demasiado.

La malevolencia de los sectores duros del PRO y del complejo mediático agrupado por Clarín no tiene fondo. El ejemplo más patente de esta mala leche lo da la campaña orquestada en torno a la cuarentena y a su contraposición con la reactivación económica. ¿Hay que proteger la salud o salvar a la economía? Es un tema, convengamos, que requiere de debate y de esfuerzos concertados para compensar lo que puede ser compensado y para ir saliendo de esta contradicción aparentemente insoluble. Pero ambas cosas deben abordarse con honestidad intelectual y atendiendo al carácter colectivo de la emergencia que nos alcanza. En vez de esto la plana mayor de la oposición dura –Macri, Bullrich, la Sociedad Rural y los medios oligopólicos de prensa que le prestan voz- montan demostraciones políticas que despotrican contra el autoritarismo, denuncian que se nos quiere convertir en Cuba o Venezuela (!!) y acuñan términos como la ya mencionada “infectadura”. Se burlan por otra parte de las ordenanzas vigentes e incitan a los incautos para salir a la calle a manifestar, aumentando los riesgos de contagio de la pandemia.

No es cosa de broma. El problema gestado alrededor del caso Vicentín es un ejemplo de cómo el sistema se pone en pie de guerra cuando cree que van a tocar así sea una parte de sus intereses. Y bien, esto no es otra cosa que un anticipo de la reacción que el establishment lanzará frente a cualquier intento de reforma que intente actualizar al capitalismo argentino y lo haga corresponsable de los destinos del país. Porque obviamente no se trata de convertir a Argentina en Cuba o Venezuela, como mentirosamente vocea el establishment y repiten los tontos de turno, sino de adecuarla al estatus de nación moderna. Es decir, de poner parte de su riqueza en el desarrollo estructural del país pagando sus impuestos, y no fugando sus dineros a los paraísos fiscales en el exterior.

No voy a renegar de mi simpatía y apoyo a Cuba y a Venezuela, por cierto, pero visto el problema nacional desde la óptica que nos consiente la conformación de esta sociedad, no hay que alentar muchas esperanzas en la posibilidad de una revolución socialista en estas tierras, como tampoco era razonable suponerlo durante los años de plomo. El problema es que la necesaria transformación del esquema productivo de la república no se va a resolver si el gobierno, amén de lidiar como mejor pueda con los acreedores extranjeros, no se arma de la intransigencia y la dureza que son necesarias para luchar contra el pesado aparato de impedir y de agredir que se ha configurado a lo largo de nuestra historia en el segmento dominante de esta sociedad. La incapacidad para suprimir los intentos desestabilizadores imponiendo los correctivos necesarios y corriendo los riesgos que son inevitables a la hora de acudir a tales procedimientos, ha sido la causa de demasiados fracasos de los gobiernos populares del pasado. El actual presidente de la República es un hombre de derecho: se inclina por lo tanto a la negociación y a conformar sus procedimientos de acuerdo a la letra de la ley. Pero es bueno tener en cuenta que los sectores más enconados de la oposición no lo son y que el aparato judicial argentino ha sido ajustado, a lo largo de la historia, para bloquear los intentos reformadores surgidos de gobiernos que no compartían la idea del país factoría y procuraban romper ese molde.

Se trata ahora de lograr que la pseudo burguesía argentina, formada según el modelo de la “burguesía compradora”, se allane a un proyecto capitalista serio. ¿Es un desatino presumir esto como posible? A estar por los antecedentes que tenemos, semejante hipótesis parece improbable, por no decir ridícula. Pero hay que partir de allí. Una vez puesto en marcha un programa de estas características es cuestión de ir viendo y regulando la presión de acuerdo a las resistencias que se encuentren. El Estado dispone de elementos de coerción para manejarse. Desde la fuerza pública a los Decretos de Necesidad y Urgencia, tan frecuentemente utilizados por Menem y Macri contra los intereses soberanos de la Nación y que no se ve por qué razón no podrían ser usados ahora con el fin contrario. Es decir, para preservarlos.

La profundidad de la crisis global nos asoma nuevamente a una instancia de cambio. En el pasado fueron otras batallas mundiales las que rompieron el estatus quo y nos arrojaron a la renovación: las guerras napoleónicas, la crisis del 30, la segunda gran guerra, fueron choques que forzaron transformaciones cuasi revolucionarias. Ahora el Covid 19 –que viene a descalabrar el ya tambaleante tinglado de la globalización asimétrica- nos empuja a una nueva instancia de cambio. Ojalá esta vez sepamos hacer de la necesidad virtud y arrancar una victoria del corazón del caos.

 

  

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