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27
OCT
2020
Artillero armenio dispara contra posición azerí en Ngorno Karabaj.
Artillero armenio dispara contra posición azerí en Ngorno Karabaj.
El estado natural del capitalismo es la crisis permanente. Con la caída del comunismo se creyó por un momento que era posible una estabilidad duradera, pero pronto se supo que el dinamismo que lo mueve lo empuja siempre a jugarse el todo por el todo.

El pasado 2 de setiembre se cumplió el 75 aniversario de la rendición de Japón, hecho que marcó el final de la segunda guerra mundial. La fecha originó no pocas reflexiones periodísticas acerca de la excepcionalidad del período de paz que siguió a la firma del acta de la capitulación nipona. Algunos lo han comparado al lapso de un siglo que siguió a la batalla de Waterloo, denominado la “pax britannica”, durante el cual no hubo choques generalizados entre las grandes potencias. La guerra de Crimea, las luchas del Risorgimento italiano, la guerra franco-prusiana o la guerra civil americana no rebasaron unos límites bastante circunscritos y no supusieron conmoción global alguna. El único fenómeno planetario fueron las empresas de expansión imperialista, que acarrearon muchos conflictos locales (entre los cuales uno de los peores fue nuestra guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay), pero ninguno de ellos supuso una amenaza de desestabilización a nivel global mientras hubo mercados para repartirse entre las potencias.

Entre 1904 y 1905 la guerra ruso-japonesa y la primera revolución rusa suministraron el síntoma de que esos tiempos se estaban acabando. La lucha por los mercados y la subversión social auguraban un estallido generalizado a corto plazo, cosa que se verificó en 1914, verdadera apertura a los tiempos modernos y a las grandes disputas inter-imperialistas por el poder global que sólo acabarían en 1945, cuando la derrota del Eje en la segunda guerra mundial dio lugar a un nuevo equilibrio: el inestable equilibrio bipolar de la guerra fría, que terminaría en 1992 con la victoria aparente de Estados Unidos, a la que sucedería el intento de este de aprovecharla al máximo para imponer el proyecto de la élite neocapitalista que privilegia la economía especulativa sobre la productiva. Empresa que está conduciendo hoy al mundo nuevamente al borde de un desastre generalizado.

Huelga decir que la “paz” a la que se alude al describir la fase del equilibrio bipolar caracterizado por la guerra fría, y la comparación que se hace de este con la larga estancia del mundo en la llamada “pax britannica”, es en gran medida una simplificación grosera de la realidad. El período 1945-1992 fue cualquier cosa menos tranquilo a nivel planetario. La guerra fría fue una tercera guerra mundial en sordina, con una inacabable cadena de conflictos en los que el papel fundamental lo jugó Estados Unidos, protagonizando, fomentando o manipulando la intervención en muchos países que no se apegaban a su orientación anticomunista. Orientación que a su vez solía no ser, a menudo, más que la tapadera de los intereses norteamericanos y europeo-occidentales en la explotación y el aprovechamiento de algún bien o de alguna privilegiada ubicación estratégica. El costo en vidas humanas y en destrucción económica provocado por esa presión fue desmesurado.

Caído el bloque socialista, estragado por su anquilosamiento interno y por la imposibilidad de resistir, en esas condiciones, el costo de una competencia militar y una carrera armamentista para él ruinosa, caducó el pretexto de la defensa contra una “ideología perversa y supresora de las libertades individuales”. Por un tiempo el principio rector de Estados Unidos, al que se atribuían mágicas virtudes curativas, fue “el consenso de Washington”. Consistía en la aplicación de políticas neoliberales o “libertarias”[i] en los países en vías de desarrollo, cuyo objetivo era la aplicación de normas de “austeridad” que recaían –y recaen, siempre que hay oportunidad para aplicarlas- sobre las clases menos afortunadas, que quedan a la espera de que la redistribución hacia arriba de la riqueza, en algún momento genere un “derrame” que las favorezca secundariamente. Momento que nunca llega.

Esta política no ha caído en desuso hasta hoy, aunque haya perdido credibilidad. La reacción popular contra el daño que provocaba fue determinante en la emergencia de los quince años de gobiernos progresistas en América latina, provisoriamente forzados a replegarse hoy por la oleada neoconservadora empujada conjuntamente por la presión norteamericana y por un giro a la derecha en grandes sectores de la opinión, determinado por la presión mediática, el “lawfare” y una despolitización masiva derivada del fracaso de los movimientos nacionales en el tercer mundo para coordinar y consolidar sus esfuerzos.[ii] El aplacamiento o más bien la dispersión y conversión de ese propósito en iniciativas desconectadas, anárquicas, fáciles víctimas de las intrigas del imperio y propensas a convertirse en agentes inconscientes de este, en parte responde a ese accionar y en parte es fruto de la inmadurez, agravada por el impacto de una revolución tecnológica que está disolviendo los grandes conglomerados productivos y dispersando la mano de obra, que gradualmente evoluciona desde el proletariado hacia el “cognitariado”. Es decir, el empleo a destajo, aunque calificado, que se puede ejercer incluso desde casa y que relega a una parte importante de las masas obreras del pasado a la marginación o la precarización.

La vuelta al viejo imperialismo y la resistencia que suscita

Esta evolución no se da de igual manera en todas partes, pero es una constante en el occidente capitalista. En las sociedades del este, los remanentes del comunismo y del maoísmo parecen haber dejado un sedimento de solidaridad colectiva que podría cohesionarlas a pesar del paso de esas sociedades del socialismo al capitalismo: sin duda la tradición autoritaria derivada de ese pasado incrementa el poder del estado y limita, en especial en el caso de China, los flujos especulativos y el oportunismo financiero de las grandes fortunas. Pero es la geopolítica y la voluntad de supervivencia frente a la siempre vigente actitud imperialista que el occidente ha ejercido no sólo hacia China sino para con el Asia en su conjunto, lo que influye la determinación china y rusa a practicar una defensa flexible pero firme frente a lo que sólo puede definirse como una reviviscencia del imperialismo viejo estilo, del tipo que en el siglo XIX se practicó en todo el mundo que no se encontraba en el nivel de desarrollo material y tecnológico que caracterizaba a los países atlánticos del hemisferio norte.

En efecto, la ilusión del mundo unipolar que hubiera traído justicia y equilibrio al planeta después de 1992 se hizo añicos con la expansión agresiva de la OTAN hacia el este y con la captación de los países de la periferia exsoviética en el Cáucaso; con la guerra de Afganistán y en especial con la de Irak, que sembró el caos en todo el medio oriente; y con la crisis financiera del 2008. Estos hechos deslegitimaron la pretensión estadounidense de erigirse en figura de proa del nuevo orden mundial. El invento de terrorismo islámico, fomentado y alimentado por los servicios de inteligencia norteamericanos, británicos, israelíes, franceses, turcos y de las monarquías petroleras de la península arábiga para usarlo como arma de doble filo en el derrocamiento de líderes connotados por una filiación progresista en Irak, Libia o Siria[iii] tuvo una carrera de pavoroso éxito, culminada en el Isis o Califato Islámico de Siria e Irak. La trayectoria de esta creación encontró un freno sólo cuando se produjo la intervención rusa, solicitada por el gobierno legítimo de Siria. Contrariamente a las operaciones indecisas o indefinidas que Estados Unidos estaba llevando por su parte contra una agrupación terrorista a la que combatía con una mano y amparaba con la otra, el ingreso ruso fue directo, fulmíneo y eficaz. La actividad del Isis quedó restringida a una zona del país y es ahora combatida por fuerzas no sólo sirias y rusas sino también iraníes y libanesas a través del Hizbollah.

Este hecho señaló de manera rotunda lo que venía haciéndose evidente desde varios años atrás: el retorno de Rusia como gran potencia. Con las intervenciones militares en Georgia (2008), Crimea (2014), Siria (2015) y en cierto grado en Libia (2019), Moscú ha restablecido su estatus. Está lejos de igualar a Estados Unidos, pero su alianza cada vez más estrecha con China presupone el surgimiento de un bloque de poder capaz de desafiar en los próximos años la preeminencia norteamericana y de erigirse, incluso, en un polo atractivo de negociaciones para sus aliados de la Unión Europea.

La rivalidad mayor se establece entre China y Estados Unidos. Aunque la agresividad de Washington hacia Rusia es más ostensible, verificándose en conflictos armados en Ucrania y en el Cáucaso, y en despliegues de misiles norteamericanos y maniobras de la OTAN en los países que formaran parte del fenecido Pacto de Varsovia, la tensión entre Washington y Pekín discurre por una doble vía en la cual el aspecto más grave es el menos evidente. Si bien para el discurso de los medios la rivalidad es sobre todo económica y tecnológica, la verdad es que incluye aspectos militares y geopolíticos. La Ruta de la Seda y la amplia concepción estratégica del intercambio de bienes y mercancías que ella incluye, las cuestiones que se suscitan en torno a los accesos al Mar de China del Sur, la realización de operaciones norteamericanas dirigidas a probar la realidad de la libertad de navegación en sus aguas –libertad que implica la libertad de la flota estadounidense de  moverse sin oposición en aguas que los chinos estiman les son propias-; el rechazo a la construcción por China de islas artificiales en esa zona, que seguramente servirán tanto como puestos de observación como de portaaviones fijos capaces de neutralizar las actividades de una flota enemiga, representan potenciales casus belli cuya importancia no puede ser infravalorada.

Así las cosas, los “75 años de paz” revelan ser muy poco pacíficos. Y el dinamismo de la política imperialista es tan fuerte que ni siquiera el Vaticano puede quedar al margen. En días recientes el secretario de Estado Mike Pompeo se permitió una licencia muy poco diplomática al advertir al Papa que la renovación del acuerdo firmado hace dos años con Pekín a propósito de la designación de obispos en ese país “pone en peligro su autoridad moral” y que el Vaticano no debería renovarlo. Esta salida de tono tuvo como respuesta una negativa de Francisco a recibir al funcionario norteamericano, disimulada con el elegante pretexto de que el Sumo Pontífice no da audiencia a ningún político de relieve si este se encuentra sumido en una importante campaña electoral.

Si el cada vez más pesado dinamismo del imperialismo norteamericano lo mueve a destratar a una potencia espiritual que no lo afecta en lo más mínimo en el plano del poder concreto, ¿qué puede esperarse respecto de su conducta en el área de las contradicciones fácticas con fuerzas provistas de poderes tan deletéreos como los que él mismo inviste?

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[i] En una curiosa inversión del término “libertario”, acuñado por los anarquistas de fines del siglo XIX para significar la sublevación popular contra todo lo instituido.

 

[ii] En Latinoamérica, sin embargo, se perciben signos de que este repliegue está frenándose: la victoria del MAS en Bolivia, la renovación de las protestas populares en Chile, la presencia de un gobierno tibiamente nacionalista en Argentina, pueden estar indicando el resurgimiento de propuestas reivindicatorias de un trato más justo para las mayorías y el reverdecimiento de las tendencias a la unidad regional que se pusieron de manifiesto con la creación del Mercosur, la CELAC y UNASUR.

 

[iii] Nótese que utilizamos aquí la palabra progresista en un sentido muy amplio. Es obvio que un Saddam Hussein no podía ser ni un Robespierre ni un Lenin, y mucho menos un Abraham Lincoln o un demócrata de corte occidental; pero tanto él como Gadafi o los Assad intentaban poner bases modernas a estados llenos de contradicciones confesionales o étnicas, y arreglarlos conforme a normativas tomadas de occidente.

 

 

 

 

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