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18
SEP
2021
Alberto y Cristina.
Alberto y Cristina.
Pasaron las PASO y dejaron un tendal de heridos en el partido gobernante. La nula elegancia con que vivió su derrota no contribuyó a mejorar su imagen. El futuro debe ser enfrentado con una disposición que dé respuesta al cansancio popular y lo galvanice.

Las elecciones primarias del pasado domingo hicieron visible un doble fracaso. Uno, el del gobierno para gestionar una crisis de arrastre complicada por el estallido de la pandemia; y, otro, el de la incapacidad del peronismo para gestionarse a sí mismo. Es decir, para resolver sus diferencias internas de forma medianamente ordenada; falla esta última que le ha valido históricamente el rechazo de un grueso sector de la clase media, más allá incluso de lo sensible  que pueda ser este a la propaganda del establishment y de su oligopolio mediático.

Es evidente que el gobierno de Alberto Fernández no supo comunicar a la opinión pública, con eficacia, los problemas que debe afrontar por el peso de factores que escapan a su responsabilidad. La catastrófica gestión del gobierno Macri dejó al país desindustrializado, en paro, con una pobreza creciente, endeudado hasta el cuello, desvinculado de la región y entregado a una “apertura al mundo” que sólo buscaba una relación subordinada con el capital transnacional que favorece al sistema controlado por la burguesía “compradora” e ignora al grueso de la población del país. El triunfo del binomio Fernández-Fernández en las elecciones de 2019 fue una respuesta a esa crisis y pese al carácter complejo de esta abrió una esperanza de recuperación a través de la aplicación de los instrumentos de lo que se esperaba sería una prudente intervención estatal en la economía.  La irrupción de la pandemia aventó esas expectativas obligando al nuevo gobierno a abocarse a la atención de otra urgencia de carácter taxativo, que además lo forzó a aplicar medidas de aislamiento que ahogaron aún más a la economía. A pesar de estar comenzando a producirse un gradual, muy gradual, recupero de los negocios cuando arribaron las PASO, ese indicio no fue suficiente para estimular a una opinión agobiada por el impacto de la pobreza, la inseguridad  y la inflación, y además privada de un mensaje,  verificado con actos, en el sentido de que el país estaba siendo dirigido con solvencia y con una orientación precisa en materia económica, judicial y sanitaria.

El gobierno perdió por paliza. Las tensiones internas que existían en el Frente de Todos entre peronistas raigales y peronistas setentistas, entre tradicionalistas y progresistas, y entre una figura presidencial que había sido cooptada por el segundo titular de la fórmula, la vicepresidenta, de pronto se pusieron de manifiesto con una rudeza desproporcionada. Pese a las afirmaciones oficiales en contrario, era evidente desde hacía tiempo que las diferencias entre los dos titulares de la fórmula no eran totalmente una mentira de la oposición: el bando contemporizador y prudente –demasiado prudente- representado por Alberto no terminaba de acordarse con el sector más dinámico y aparentemente detentor del mayor caudal electoral, que hacía de Cristina el referente exclusivo de su fervor. La irresolución del Ejecutivo para impulsar la reforma judicial, su equivocada –según el kirchnerismo- política de ajuste fiscal, su conducta errática en el caso Visentín, la tendencia a desaprovechar la oportunidad que da la caducidad de la concesión de la Hidrovía para nacionalizar su explotación y la propensión de volver a conceder esa vía vital por donde circula el grueso de la exportación de granos a transnacionales como Cargill, eran y son elementos que inflan la bronca. En el último caso hay que decir que el  75 % de las exportaciones argentinas circulan por esas aguas; ¿vamos a dejar nuevamente el contralor y los dividendos de su operación en manos extranjeras?

Ahora bien, pese al carácter parcialmente controvertible de su gestión, el presidente Alberto Fernández es el representante legítimo del pueblo argentino hasta que las urnas digan lo contrario. Y en un país presidencialista como este inviste una autoridad que no debe menoscabarse a la ligera. Aquí explota el defecto básico que afecta al peronismo (y al carácter nacional, en cierta medida): la incapacidad de mantener el debate interno entre comulgantes de una misma causa en un ámbito ordenado y más o menos respetuoso, pero por sobre todo discreto. Se podrá decir lo que se quiera, dar vueltas a las palabras y negar su propósito, pero lo que ocurrió y se ventiló después de las primarias fue bochornoso. Es posible que el presidente no haya contestado los llamados o las solicitudes de la vice con la prontitud deseada, pero eso no es una razón para justificar la catarata de agresiones que arrancó con la “filtración” de un audio de la diputada kirchnerista Fernanda Vallejos que calificaba a Alberto Fernández de “mequetrefe” y “okupa” que se sentaba en el sillón de Rivadavia sin ningún mérito propio, que tenía que allanarse a lo que dijera Cristina porque ella era la voz del pueblo argentino y que ”él –Alberto- no tiene votos, no tiene legitimidad, no lo quiere nadie”.

Que no me cuenten que esta filtración fue involuntaria ni que no haya sido autorizada o al menos alentada por alguien. En este país y  por estos años las operaciones de este tipo han sido legión. A eso siguió la catarata de renuncias de ministros kirchneristas –empezando por la de Wado de Pedro, ministro del Interior e incondicional de Cristina- con las que el presidente se encontró al día siguiente en la mesa de su despacho. Se trató, a mi parecer, de un procedimiento de carácter extorsivo, al que el presidente contestó con una reafirmación de su autoridad que fue a su vez respondida por la carta de la vicepresidente en la cual exponía, en buenos términos pero sin conceder nada, una crítica a los errores y falencias del ejecutivo, y además apuntaba a la hostilidad –más vale decir a la conspiración- que el secretario de prensa, uno de los funcionarios más allegados al presidente, llevaba en su contra en forma de filtraciones tóxicas, mientras permanecía apático y silencioso en todo lo referido a la divulgación de los no pocos logros de la administración para reordenar la vida de un país desquiciado por la gestión Macri y por la pandemia.

Enroque

El partido acaba de saldarse –provisoriamente- con la victoria de Cristina. La reorganización del gabinete  anunciada el sábado por la noche deja en su lugar a Wado de Pedro, cuya renuncia había inaugurado el rosario de las puestas a disposición del presidente por las figuras más señaladas del ala kirchnerista del gabinete. Permanece el ministro de economía Martín Guzmán, albertista, si cabe el término; y sale el jefe del gabinete Santiago Cafiero, cuya cabeza reclamaba el kirchnerismo. Cafiero es desplazado al área de Relaciones Exteriores como canciller de la república: área de la que presumiblemente no entiende nada, pero como su antecesor Felipe Solá tampoco parecía saber mucho, el cambio no será notable. Por otra parte vuelve Aníbal Fernández;  va a Seguridad, un puesto que le cuadra y desde donde podrá arreglar las malas relaciones que la ex de seguridad Sabina Frederic tenía con Sergio Berni, su homólogo en la provincia de Buenos Aires. El puesto le va bien a Aníbal porque implica una relación continua con la prensa y el ex ministro del Interior en la época del mandato de Cristina es un expositor fluido, agudo y provisto tanto de rudeza como de sentido del humor. El caso del nuevo jefe del gabinete de ministros, el tucumano Juan Manzur, hasta aquí gobernador de esa provincia, es complicado porque  su asunción podría implicar dejarle abierto un frente en su propio territorio a causa de su interna con el vicegobernador Osvaldo Jaldo, pero el problema se arreglaría con el traspaso de Jaldo a algún puesto de relevancia nacional. El resto de los cambios confirma la tendencia a profundizar el matiz “camporista” en el seno del gabinete. La única ficha que puede atribuirse el presidente es la permanencia del equipo económico. Lo que no sería poco, si no fuera porque imaginar un cambio en este rubro en pleno curso de las negociaciones con el FMI por el tema de la deuda supone imaginar un salto al vacío. Habrá que ver qué pasa después de que esas negociaciones culminen y de que las reales elecciones de medio término a realizarse en noviembre hayan dado un veredicto verdadero.

Todo queda abierto, pues. Lo más grave es la combinación de indiscreción, fogosidad y malas maneras con que se han dirimido las culpas por el revés electoral de parte del partido de gobierno, con la apatía y el desencanto de fondo que ha expresado no sólo el resultado de la votación sino la escasa concurrencia a sufragar que se manifestó de parte del electorado. Es verdad que las PASO no son otra cosa que una encuesta glorificada y que mucha gente puede reflexionar después de percibir cómo se alza nuevamente el monstruo neoliberal entre bastidores y concurrir a votar, pero la ausencia de un compromiso ideológico claro, la inexistencia de un plan concreto para superar la coyuntura y la tendencia a la rabieta más que al debate crítico, minan la credibilidad del Frente de Todos. En lo inmediato es necesario reaccionar a esto incitando al equilibrio (psicológico, nos animaríamos a decir) en el movimiento. Pues hay que entender que, de momento, no existe otra alternativa a mano para resistir el retorno de Drácula. Pero hay que comprender también que, como instrumento histórico, el peronismo no basta.

Hace falta algo inspirador que se abra paso entre tanta mendacidad política y tanto automatismo discursivo que desgastan la voluntad de cambio. Aunque no pueda ofrecer resultados de un día para el otro, es necesaria la aparición de un movimiento provisto de una ideología que interprete la realidad desde una perspectiva nacional y de un método para aplicarla que tenga en cuenta sus matices. De lo contrario se estará abandonando el campo al bando oligárquico y a su expresión última y más extrema: el “libertarismo” a lo Javier Milei, un personaje que de ridículo se está transformando en un payaso peligroso, pronto a convertirse en un recolector de votos juveniles desclasados, desconcertados y rebeldes con motivo pero sin causa, listos para dirigir su bronca ciega contra el estado y contra la sociedad que a través de él se organiza.

 

 

 

 

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