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01
AGO
2022
Sergio Massa, superministro.
Sergio Massa, superministro.
La aparición de un superministro en Argentina y las tensiones globales parecen no tener nada que ver, pero sin embargo están, o pueden estar, íntimamente relacionadas.

Los subibaja de la política argentina son muy frecuentes, pero el que resulta de la reciente reconfiguración del gabinete de Alberto Fernández parece ser el último que este gobierno puede permitirse. La aparición de Sergio Massa en el rol de un superministro de Economía era una perspectiva que se avizoraba desde la crisis precipitada por la renuncia de Martín Guzmán, pero a poco más de un año de la fecha de las próximas elecciones presidenciales y en el estado de confusión e impotencia a que quedó reducido el gobierno por la ofensiva del lobby agro-financiero y su presión devaluatoria, parecería ser que este experimento es el único que le queda para recuperar algo de la confianza pública y poder así presentar un frente unido y creíble en los próximos comicios. Parecería ser “la bala de plata”, el único expediente que queda para matar (o apenas frenar) al vampiro neoliberal salido de las páginas de una novela gótica.

Si se yerra el disparo, medrados estamos.

Uno tiende a ser escéptico respecto a la puntería del tirador, en especial porque conoce su prosapia y sus antecedentes, así como las de los muchos políticos del que suele denominarse el campo popular, pero la naturaleza del enemigo que tenemos al frente no deja espacio para grandes  dudas: hay que esforzarse para que este experimento salga bien y rogar para que se proceda con tino y tratando de conformar una herramienta política que responda al título con el cual se ha investido a sí mismo: Frente de Todos. Pese a todos los renuncios e insuficiencias del FdT, al incontenible gusto por los  la propensión a  los juegos de masacre entre sus propios miembros y a la propensión a “hablarse encima” (Jorge Asís dixit), este núcleo representa una frágil barrera entre la conservación de unos atisbos de soberanía y el festival entreguista del núcleo oligárquico que ejerce el verdadero poder en Juntos por el Cambio. Y que en los cuatro años de la gestión anterior se las arregló para dañar gravemente la infraestructura industrial y dejarnos con el fardo de una deuda imposible de levantar, que nos aherroja a los organismos internacionales de crédito. A menos que nos rebelemos. Pero para esto último hace falta una disposición popular que no se percibe claramente, quizá porque nunca se la ha invocado. También es necesaria una coyuntura que reacomode las relaciones internacionales. Esto es justamente lo que está ocurriendo y lo que abre expectativas insospechadas para los próximos años, para las cuales será necesario prepararse.

Tiempo tormentoso

En este plano de consideraciones, la semana que acaba de pasar ha multiplicado los signos en el sentido de que las relaciones internacionales entre los bloques de poder se tensan cada vez más. Y que lo hacen con argumentos que son ya de carácter desembozadamente bélico. La OTAN funge desde hace tiempo como punta de lanza dirigida contra Rusia y el área mediterránea y el Medio Oriente; y el AUKUS cumple igual misión en la región del Indo-Pacífico, en lo referido a China.

Se sabía que la paciencia rusa, que hubo de tragarse la asimilación del glacis defensivo de que había dotado en Europa oriental para oponerse a la alianza atlántica, se agotaría si occidente pretendía sumar a Ucrania a este dispositivo. La hora de la verdad llegó en febrero pasado y desde entonces Moscú está ocupando todas las regiones rusófonas de Ucrania mientras recupera  gradualmente su control de la ribera norte del Mar Negro. Los planificadores estratégicos del Pentágono tal vez se ilusionen todavía con la posibilidad de cumplir su propósito original: conseguir que Rusia se enrede en una guerra inacabable en esa región, lo que podría determinar la quiebra del gobierno Putin y el definitivo debilitamiento de la gran potencia euroasiática. Pero es de presumir que se engañan; si ese era el propósito, no parece que los rusos vayan a pisar el palito. Desde el momento en que percibieron la injerencia de occidente y que el sostén –militar, económico, diplomático y mediático- que la OTAN prodigaba a Volodomir Zelensky y a la banda que usa al cómico como mascarón de proa endurecía la posibilidad de resistencia de su gobierno, se cuidaron muy bien de jugar el todo por el todo en batallas que hubieran comportado una catástrofe que les habría alienado a la población local, rompiendo los lazos centenarios que unen y dividen a la vez a los cristianos uniatas y a los cristianos ortodoxos. Se han limitado por lo tanto a avanzar sobre territorios cuya población se identifica con Rusia y a cubrir sus necesidades estratégicas en el Mar Negro. Sin dejar de estar alertas y alentar, seguramente, a los desarrollos internos en el oeste de Ucrania que puedan botar a Zelensky y a quienes lo manipulan del sitial que ocupan.

Esto tiene su correlato en actos de represalia que atañen a las relaciones con Europa y que responden al incremento de las sanciones económicas y  las presiones militares de la UE contra Rusia, incluida la incorporación de Suecia y Finlandia a la OTAN. Son actos de retaliación que no dicen su nombre pero que tienen una orientación muy clara y un efecto inmediato. Como es la reducción de la provisión de gas ruso a Alemania y a Letonia (en este caso se trató de una suspensión total) y que tienen como pretexto la existencia de problemas técnicos o el “incumplimiento de las condiciones de la retirada del gas” y a problemas con el funcionamiento de las turbinas de la compañía alemana Siemens.[i]  Estos inconvenientes funcionan a modo de señales de alerta para toda Europa occidental antes de la llegada del invierno boreal.

Con mayor nitidez todavía la postura rusa fue delineada ayer por Putin al firmar los decretos que estatuyen la nueva doctrina naval rusa, tal como la había adelantado en la ceremonia destinada a festejar el Día de la Armada. La nueva doctrina identifica como la principal amenaza para la seguridad de Rusia:

"El rumbo de Estados Unidos hacia el dominio de los océanos del mundo y el crecimiento de la actividad de la OTAN".

Reafirma asimismo el aumento de la actividad de la Marina Rusa en el Mar de Bering, en las islas Spitzbergen y Wrangel, la Tierra de Francisco José y el archipiélago de Nueva Zembla o Zemlia, lo cual indica la posibilidad de favorecer la creación de un nexo entre el Atlántico y el Pacífico libre de hielos, que empieza a hacerse posible debido al cambio climático.

Remarca también que  la falta del número adecuado de bases para buques de guerra fuera de Rusia es uno de los riesgos para sus actividades marítimas. Por lo tanto se indica la necesidad de “formar puntos de apoyo logístico naval en los Estados de Asia-Pacífico”.

Por último define  los límites y las zonas de los intereses nacionales del país euroasiático. "Hemos trazado abiertamente los límites y las zonas de los intereses nacionales de Rusia, tanto económicos como vitales y estratégicos”, dijo Putin en su discurso. “En primer lugar, se trata de nuestras aguas árticas, las aguas de los mares Negro, de Ojotsk y de Bering, el Báltico y los estrechos de las Kuriles. Los protegeremos con firmeza y por todos los medios".[ii] Cuando estas afirmaciones van acompañadas de hechos concretos como son las “operaciones especiales” rusas en Ucrania el ruido de sables que hacen resonar estas palabras cobra una significación que es imposible desatender.

El dragón chino

Algo similar está ocurriendo en el Extremo Oriente, donde, en la semana que acaba de transcurrir las pésimas relaciones que existen entre China y el AUKUS –es decir, entre China y el embrión “otanesco” de la región Asia-Pacífico: Australia, Reino Unido, Estados Unidos- volvieron a espesarse con la rumoreada noticia de la visita de la presidente de la Cámara de Representantes norteamericana, Nancy Pelosi, a Taiwán.

Taiwán es un pseudoestado que ha resultado de los avatares de la historia del siglo XX e incluso de un poco antes. Isla escindida de China e incorporada a Japón tras la paz de Shimonosheki que puso fin a la guerra chino-japonesa entre el Sol Naciente y el Celeste Imperio en 1898, volvió a China después de la segunda guerra mundial, pero poco después, al ser derrotado el Kuomintang por los comunistas en 1949, se convirtió en el refugio del generalísimo Chiang Kai Shek, quien lo proclamó como República de China y pretendió ejercer desde allí, teóricamente, el gobierno de toda China. La evolución de la guerra fría colocó a ese pseudoestado bajo el paraguas protector de Estados Unidos, que hasta ahora ha impedido la recuperación de ese territorio por la República Popular. Su estatus es ambiguo y su reconocimiento internacional es mínimo. Estados Unidos mismo se abstiene de tener relaciones oficiales con Taiwán, aunque sea desde luego el único elemento que hasta aquí ha impedido su absorción por el régimen que  comanda la China continental.

Con el aumento del encono norteamericano contra Pekín, sin embargo, el factor taiwanés ha recuperado su importancia y Washington ha empezado a dar pasos que parecen preanunciar el reconocimiento diplomático. Hace tres años inauguró una “embajada de facto” en Taipei, denominada como Instituto Americano en Taiwán, y hace unos días se echaron a correr las noticias que anticipaban que Nancy Pelosi visitaría la isla en el marco de su gira por la región del Indo-Pacífico. Esto determinó no solo que China protestara enérgicamente sino que montara unas maniobras aeronavales en gran escala en el estrecho Taiwán y en el Mar de China del Sur, con fuego real. El portavoz del ministerio ministro de Defensa chino afirmó el viernes que si “Estados Unidos se enfrenta a nuestra línea roja (otra vez la expresión de Putin respecto a los intereses rusos en Europa oriental) se enfrentará a contramedidas decisivas”, expresiones que vinieron a reforzar las del presidente Xi Jin Ping en su conversación telefónica con su homólogo norteamericano Joe Biden el día anterior: lo previno contra toda “interferencia externa” en las relaciones de Pekín con Taipei y le advirtió “que quienes quieren jugar con fuego sólo lograrán prenderse fuego a sí mismos”.

Son palabras fuertes en cualquier circunstancia, pero mucho más en las actuales. Y parecen haber tenido efecto. Pelosi no incluyó finalmente a Taiwán en su itinerario oficial. La voz de la prudencia parece haberse insinuado en esta ocasión en el seno del establishment. Es que complicarse en una disputa con China torno a Taiwán pondría en la línea de fuego directamente a los aviones, los barcos y los soldados de Estados Unidos. Al revés de lo que ocurre en Europa, donde por el momento los todavía sumisos socios se atrincheran frente a las incomodidades que les anuncia el invierno y a las cosas mucho peores que podrían suceder, en el escenario Indo-Pacífico el compromiso militar estadounidense sería inmediato y en gran escala.

Cosas novedosas están pasando en el mundo a partir del momento en que Rusia inició su reacción. Se está entrando en una nueva etapa. Seguir y evaluar su evolución es básico para calibrar la política de las naciones periféricas como la nuestra. Quizá se comprenda así que la rebelión frente al estado de cosas es posible y que el conformismo respecto a lo que existe no es irrevocable. Sergio Massa está definido como un hombre del sistema. Pero integra un frente que en su meollo se revuelve contra este. Ojalá pueda, sepa y quiera integrar esa doble identidad para articular una salida que a él mismo puede reportarle una importante ventaja. Pronto lo sabremos.

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[i] Russia To Day, 30.07.22

 

[ii] RT, 31.07.22.

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