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06
AGO
2022
Nancy Pelosi.
Nancy Pelosi.
La realidad se teje en un laberinto de contradicciones, conspiraciones, discursos explícitos y motivaciones inexplícitas. La política exterior norteamericana es un jeroglífico que puede ser descifrado, a pesar de todo, con el socorro de la historia.

Por momentos es casi imposible no pensar que el establishment de la superpotencia norteamericana está buscando, deliberadamente, una guerra en gran escala que le permita (cualquiera sea el costo) frenar la decadencia que la afecta desde hace par de décadas. La irrupción de China como potencia industrial, tecnológica y militar, la recuperación de Rusia después del tsunami neoliberal inducido por Boris Yeltsin con posterioridad a la caída de la URSS; el fortalecimiento de Irán, la India, Pakistán y Turquía, y los fiascos militares en Irak, Siria y Afganistán, no han disuadido al Imperio de su pretensión hegemónica. Esta se ha transformado, en realidad, en el billete de supervivencia del sistema, pues sólo ejerciendo la fuerza bruta y la disuasión por el terror podrá mantener a sus socios europeos en fila para que secunden sus objetivos. En consecuencia se impone una fuga hacia adelante cada vez más precipitada y agresiva, de la que dan muestra los múltiples conflictos que fomenta y en los que directa o indirectamente se inmiscuye.

 El presupuesto militar de Estados Unidos es de 840.000 millones de dólares, cifra que más que duplica al de sus otras dos grandes potencias adversarias. Este es un dato conclusivo. Es cierto que esa enorme inversión funciona también como anabólico para el empleo y el desarrollo tecnológico, y por supuesto para generar gigantescas ganancias al complejo  militar-industrial; pero su finalidad prioritaria está fuera de duda: se trata de disponer de un puño de acero presto a descargarse en cualquier lugar del mundo, cosa posible si se dispone de las bases y facilidades que EE.UU. tiene dispersas alrededor del planeta.

¿Cuál es la contracara de esta situación? Pues que sólo es factible mantenerla en el tiempo si la estructura económica no rechina, si el dólar sigue siendo la moneda de intercambio y si la cohesión interna del país no se resquebraja con motivo de las guerras y del deterioro que se deriva de la propia mecánica del sistema, que privilegia el gasto militar y se desentiende del gasto social, y que así como fabrica una panoplia bélica de proporciones desconocidas en la historia, procede a una concentración de la riqueza cuya insolencia hiere la vista.

Esa cohesión interna ya estaba muy dañada por el racismo ínsito en los orígenes de la nación norteamericana que, incluso sin salir fuera de sus actuales fronteras, se configuró con el robo a México de la mitad de su territorio y con una marcha hacia el Oeste que constituyó la épica de la nación y que se fundó en el exterminio antes que en la integración de las poblaciones indígenas. Las masas de inmigrantes que se sumaron al pueblo norteamericano y que desarrollaron un fuerte sentido de lealtad a su nuevo país, tampoco se confundieron rápidamente con los anglo-escoceses que habían conformado el tejido social primigenio: todavía poseen una identidad que las autoridades se encargan o se encargaban hasta no hace mucho, de señalar en algunos  documentos: hispano, latino, italiano, caucásico, afroamericano, “colored”…

Señalo estos datos no con el propósito de demonizar a Estados Unidos, sino como referencias que pueden servir para explicar la agresividad y la inquietud con que ese país gestiona su propia crisis, crisis que, proviniendo de un gigante de semejantes proporciones y de un tan desaforado poderío, no puede menos que resultar riesgosa para la humanidad en su conjunto.

Visita

El desembarco de Nancy Pelosi en Taiwán ha representado una provocación monumental y está en orden a los hechos que señalamos. La presidente de la Cámara de Representantes se dirigió a Taipei tras una serie de indicaciones contradictorias. Frente a las duras prevenciones chinas respecto a los riesgos que suscitaba ese viaje y a la afrenta que iba a significar como una injerencia en los asuntos internos de la gran potencia asiática, el gobierno norteamericano pareció por un momento echarse prudentemente atrás, al no incluir a Taiwán en el itinerario oficial que había de seguir Pelosi. Sin embargo esta aterrizó por sorpresa en la isla, a bordo de un avión militar de su país, como primer destino de su gira. Inmediatamente se echó a correr el rumor de que había sido una decisión personal de la presidenta de la cámara, como si semejante paso, cargado de significado y vehementemente recusado por China, pudiera darse sin la anuencia de la Casa Blanca y el Departamento de Estado.    

Los servicios de inteligencia norteamericanos y, a decir verdad, toda la parafernalia mediática y política que se adscribe a la línea general marcada por el establishment en materia de política exterior, son expertos en provocaciones. Desde la voladura del “Maine” en 1898 al incidente del golfo de Tonkín, pasando por Pearl Harbor[i], esta maquinaria de relojería ha manejado a la perfección el juego de las tensiones, las verdades a medias y las mentiras completas para hacer pasar a su país por el impoluto defensor de la libertad frente a unos enemigos externos que condenados a representar el papel del malo de la película.

En estos momentos la agresividad que Washington despliega contra Rusia y China se funda en el deseo de fomentar contra ellas una guerra de desgaste -psicológica, económica y no en última instancia militar indirecta- que consuma sus energías, las desorganice y eventualmente las lance a aventuras que no podrán dominar. El mecanismo funcionó en otras ocasiones, pero no necesariamente tiene que hacerlo esta vez. En efecto, atraer a Rusia a un conflicto en Ucrania sólo ha funcionado a medias, pues el Kremlin hasta aquí se está limitando a actuar en los territorios rusófonos de Ucrania, la adhesión de cuyos pobladores puede darse por descontada, mientras fortalece sus lazos con China y se asocia o intenta asociarse con sus vecinos sureños, Irán y Turquía. Respecto a las sanciones económicas no sólo las está sorteando bien, sino que ha devuelto a Europa la oración por pasiva: el “chantaje” gasífero (según denomina la UE a las graduales restricciones rusas en el suministro de gas a occidente) está preparando una crisis energética monumental de la cual seguramente Estados Unidos saldrá ganando al suplantar las provisiones rusas con sus propias exportaciones, pero cuyo costo resultará abrumador para los europeos. ¿Cómo reaccionarán estos? ¿Sus gobiernos se decidirán a seguir jugando el papel de idiotas útiles del amo trasatlántico y se arriesgarán a servirle de carne de cañón –en sentido figurado o real- en una colisión con el Este? ¿Los alemanes, franceses, italianos, etcétera, aceptarán jugar ese papel? ¿O habrá una ola de fondo que removerá el sistema neoliberal y socialdemócrata, abriendo el paso a nuevas fuerzas que podrán o no parecer de extrema derecha o de extrema izquierda, pero que barrerán las piezas que están en el tablero y replantearán una realidad distinta? No puede saberse, pero convengamos en que los interrogantes son fascinantes. La crisis energética derivada del choque entre oriente y occidente no producirá sólo un problema con el termóstato. Se tiene la sensación de que los tiempos de la democracia calefaccionada en el norte desarrollado están tocando a su fin.

En cuanto al extremo oriente… Hay un viejo proverbio chino que dice: “Siéntate a la vera del río y verás pasar el cadáver de tu enemigo”. No creo que esta sea la filosofía ni de las autoridades ni del pueblo chino. El prodigioso activismo revolucionario que arranca a principios del siglo pasado da muestra de lo contrario. Pero hay una disposición a la templanza y a saber aguardar el momento propicio que deviene de una historia milenaria y que ha estado permanentemente activo en la política exterior de la República Popular. Algún tipo de reacción concreta es posible que se verifique, pero no es muy probable que vaya a brindarle a Estados Unidos la ocasión para desatar un ataque que desestabilice a China. Washington también debe especular acerca de los riesgos que para su flota supondría aventurarse en las aguas próximas a la China continental.

Los riesgos, sin embargo, siguen siendo grandes, sobre todo por la determinación norteamericana de seguir nadando contra la corriente de las cosas, que orienta hacia una racionalización de las relaciones internacionales a través de la organización de un mundo multipolar. No en vano el secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, enfatizó que la humanidad nunca como ahora se encuentra a merced de un error humano o de una falla tecnológica que le abra las puertas del infierno.

Curiosa, pero terrible paradoja a 30 años del “fin de la historia”, que pronosticaba Francis Fukuyama al día siguiente del derrumbe de la URSS.

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[i] La voladura del crucero acorazado “Maine” durante una visita a Cuba, en 1898, fue consecuencia de un accidente que Washington, con el inapreciable apoyo del magnate de la prensa William Randolph Hearst, prefirió evaluar como un atentado, aprovechándolo como casus belli para terminar con los restos del imperio español en el Caribe y el Océano Pacífico e iniciar así su propia expansión a escala global. El incidente del golfo de Tonkín, en 1964, fueron dos ataques, el primero inducido y el segundo inventado, de lanchas torpederas norvietnamitas contra unidades navales de Estados Unidos, que aprovechó el episodio para invocar otro pretexto bélico y proceder a invadir el territorio de Vietnam del Sur. En cuanto a Pearl Harbor es sabido que fue el acto final de una provocación en gran escala que buscó promover una agresión japonesa contra Estados Unidos para así superar la renuencia del pueblo norteamericano a participar de la segunda guerra mundial, un paso absolutamente necesario si EE.UU. quería gravitar en la definición de la balanza del poder global durante el segundo conflicto mundial.

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