A un siglo del estallido de la primera guerra mundial

02
AGO
2014
En 1917 un hecho dramático irrumpió en la guerra. El estallido de la Revolución Rusa significó un fenómeno que impactaría mucho más allá del escenario en el que se produjo y que se transformaría en un modelo –admirado o execrado- para el resto del mundo.

La caída de la Unión Soviética y la oleada de radicalismo neoconservador que la ha seguido, han opacado el recuerdo de la Revolución Rusa. Proliferaron los analistas e historiadores que se dedicaron a mirar con un gesto despectivo a aquel magno acontecimiento. Los terribles sufrimientos que acarreó fueron adjudicados a la cuenta del dogmatismo y del utopismo marxistas. Estos detractores a posteriori de uno de los episodios más complejos y grandiosos del siglo XX, lo recortaron del contexto en el que había surgido y de las contradicciones globales que hubo de afrontar, y se dedicaron a desdeñarlo, llevando ese desdén incluso a los episodios revolucionarios que históricamente la habían precedido, como la Revolución Francesa y el encadenamiento de episodios que se suscitaron en la estela de esta.

Nosotros no vamos a seguir este punto de vista. Por el contrario, reconociendo la suma de errores, desviaciones, crímenes y limitaciones –que a la postre contribuirían al fracaso del experimento comunista-, vamos a destacar su ímpetu y su generosidad iniciales, y el carácter necesario que tuvo el estallido de la revolución para el avance de las relaciones sociales en el mundo entero.

En el cuadro de la guerra que estamos evocando, la revolución rusa fue la Némesis del inmoderado orgullo, la soberbia y el apetito de las potencias imperiales. La codicia y los intereses de las clases y los gobiernos que empujaban a enormes masas humanas al matadero encontraron un brusco correctivo con el estallido de la revolución en el imperio de los zares. Las razones de por qué el estallido se produjo allí y la manera en que este alzamiento tomó finalmente forma, son de enorme valor para comprender no sólo los avatares del siglo XX sino incluso los de la época en que estamos viviendo.

La Rusia que entró a la guerra en 1914 estaba calificada por un enorme atraso aunado a un crecimiento capitalista de niveles excepcionales y que estaba produciendo grandes remolinos en el seno de esa sociedad todavía campesina en su inmensa mayoría. Se daban allí los rasgos del “desarrollo combinado”, como León Trotsky definió al acople de una situación de atraso estructural con el dinamismo de un capitalismo propulsado por el estado o por el surgimiento de estratos dinámicos en el seno de una sociedad.

“Obligado a seguir a los países avanzados, el país atrasado no se ajusta en su desarrollo a la concatenación de las etapas sucesivas. El privilegio de los países históricamente rezagados… está en poder asimilarse las cosas, o mejor dicho, en obligarles a asimilárselas antes del plazo previsto, saltando por alto toda una serie de etapas intermedias. Los salvajes pasan bruscamente de la flecha al fusil, sin recorrer la senda que separa en el pasado esas dos armas… Si Alemania y Estados Unidos pudieron dejar atrás económicamente a Inglaterra fue porque ambos países venían rezagados en la marcha del capitalismo.” [i]

Este mismo concepto es válido para el desarrollo de Japón, que en pocos años “pasó del sable del samurai al torpedo y a la ametralladora Maxim”, como escribió Winston Churchill.[ii]

De las masas campesinas rusas, analfabetas en gran parte, a fines del siglo XIX empezaron a desprenderse grupos cada vez más grandes que iban a trabajar a las ciudades, atraídos por las posibilidades de empleo que se daban en la industria. Eran un público ignaro en cuestiones políticas, pero que aprendería rápido. Expulsados del campo por la semireforma agraria del zar Alejandro II, que intentó echar las bases de un desarrollo capitalista en el agro sin lograr otra cosa que agravar las tensiones entre terratenientes, campesinos “ricos” (kulaks) y campesinos pobres, esas masas trabajadoras se agrupaban densamente en grandes complejos industriales en los alrededores de las grandes ciudades, complejos concebidos a la escala predeterminada por la concentración capitalista moderna. Se constituían así en un factor que podía llegar a tener un peso económico y político desproporcionado en relación a su magnitud dentro de la totalidad de los pobladores de Rusia. Sería esta minoría compacta la que proveería de su formidable dinamismo a la revolución, cuando las circunstancias de la guerra convocaron a una inmensa cantidad de campesinos descontentos a las filas del ejército. Esa masa obrera los dotó de un núcleo disciplinado y activo, a las órdenes un partido que en buena medida se organizaba militarmente, el bolchevique.

La articulación política de la sociedad rusa prerrevolucionaria estaba agobiada por la lacra de una monarquía semifeudal, por una corte que agravaba la pesadez y rigidez de movimientos de la corona, y por una burguesía que era demasiado tímida para insurreccionar con vehemencia contra el estado de cosas. Las lecciones de la revolución francesa de junio de 1848 y de la Comuna en 1870, saturaban la percepción política del estrato burgués y le imposibilitaban encabezar con audacia las reivindicaciones de las masas. Esto iba a dejar el paso libre a los sectores más radicales de la “intelligentsia”, desclasados, que no se sentían atados a la conservación de bienes que no poseían o habían elegido no poseer, y que estaban impregnados por la esperanza en un cambio universal que diese al mundo un orden nuevo.

Salvo en el caso de la ofensiva de Brusilov, desde el principio de la guerra los ejércitos zaristas no habían acumulado sino reveses. La prodigalidad de los mandos en mandar a sus hombres al matadero no era muy diferente a la que se percibía en los ejércitos inglés, francés o italiano  Pero en el caso ruso esa estupidez se agravaba por el hecho de la inexistencia de un estrato de suboficiales educado, alfabeto, capaz de encuadrar a las tropas y darles consistencia. Había una distancia entre la oficialidad y la masa de las tropas que hacía para estas cada vez más azarosos e incomprensibles los motivos por los que se las enviaba a la masacre. La dureza disciplinaria puede  funcionar asociada a la incompetencia durante una cierta cantidad de tiempo, pero al final generará una ira terrible, capaz de destruir a mandantes y mandados en un solo estallido arrasador. En especial si esa tropa proviene de estamentos sociales postergados e impregnados de resentimiento y rencor.

A principios de 1917 los ejércitos rusos estaban bien municionados y contaban con una poderosa artillería, proveniente de sus propias fábricas o de las de sus aliados, que finalmente habían organizado el transporte de material de guerra hacia los puertos de Murmansk y Arkangelsk. Pero el estado de las tropas era pésimo. Había una crisis en el suministro de productos alimenticios, se esparcían el tifus y el escorbuto, las comunicaciones con la retaguardia estaban desorganizadas y, lo que es peor, la desconfianza, el rencor y el cansancio se expandían entre unas tropas que habían pasado una y otra vez por la experiencia de las derrotas catastróficas, de las retiradas caóticas y  de los ataques inútiles y mortíferos a los que eran conducidas. La deserción era endémica. La indignidad de la dirigencia del país la vivían en su propio cuerpo y cuando en febrero resonaron en Petrogrado[iii] los primeros gritos de la insurgencia civil ante la penuria de alimentos, el contagio prendió de inmediato entre las tropas del frente.

Notas

[i] León Trotsky, “Historia de la Revolución Rusa”, Editorial Tilcara, 1962.

[ii] Churchill, “La Gran Alianza”, tercer tomo de sus memorias sobre la segunda guerra mundial. Peuser, 1952.

[iii] El topónimo Petrogrado había reemplazado al de San Petersburgo al comenzar la guerra, para des-germanizar el vocablo que designaba a la ciudad. Esta se llamaría después Leningrado y, a partir del derrumbe del comunismo, ha vuelto a tomar su antiguo nombre. 

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